Conciencia teológica en medio de la violencia contemporánea en Gaza y en el Líbano

paisaje devastado en gaza con figura humana de espaldas entre ruinas y destrucción urbana en contexto de conflicto y reflexión teológica

Hay momentos en la historia en los que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Vivimos uno de esos momentos. La realidad que atraviesa Gaza no puede ser reducida a categorías neutrales ni a discursos diplomáticos cuidadosamente equilibrados. Hay sufrimiento humano concreto, hay cuerpos vulnerados, hay una desproporción de poder que hiere la conciencia ética del mundo. Y, sin embargo, gran parte de la comunidad internacional responde con una mezcla de cautela, cálculo político y silencio.

Portada del libro

Teoría de la acción comunicativa

Teoría de la acción comunicativa, de Jürgen Habermas, es una obra monumental que redefine la racionalidad desde el diálogo, explorando las tensiones de una modernidad que puede volverse contra sí misma. Con rigor y ambición, ofrece una lectura profunda de la vida social y las paradojas del mundo contemporáneo.

Nombrar lo que ocurre no es un acto menor. El lenguaje configura la realidad moral. En el ámbito jurídico internacional, conceptos como el de genocidio —definido por las Naciones Unidas en 1948— requieren pruebas específicas de intencionalidad. Sin embargo, desde una perspectiva teológica, la pregunta no se agota en la tipificación legal. La tradición bíblica no esperó categorías técnicas para denunciar la injusticia. Los profetas hablaron cuando la sangre del inocente era derramada, cuando el poder se ejercía sin límite y cuando la religión se convertía en máscara de la violencia. En ese sentido, más allá del término jurídico, lo que interpela hoy es la evidencia de una devastación sostenida y de un sufrimiento que no encuentra eco proporcional en las estructuras de poder global.

El rol de Estados Unidos en este escenario ha sido ampliamente documentado por análisis académicos y periodísticos. El respaldo político, económico y militar a Israel condiciona significativamente las respuestas internacionales y limita la eficacia de organismos multilaterales. Como sostienen Mearsheimer y Walt (2011), la política exterior estadounidense en Medio Oriente no puede entenderse al margen de alianzas estratégicas profundamente arraigadas. Esta relación no solo tiene implicaciones geopolíticas, sino también éticas, pues plantea la pregunta sobre la responsabilidad compartida en contextos de violencia prolongada.

Europa, por su parte, parece atrapada en una tensión entre su discurso histórico de defensa de los derechos humanos y sus intereses políticos contemporáneos. La teoría de la acción comunicativa de Habermas (1989) ayuda a comprender esta paradoja: cuando el consenso político se prioriza sobre la verdad, el discurso público pierde su capacidad crítica. El resultado es un lenguaje diplomático que nombra sin confrontar, que describe sin denunciar y que, en última instancia, normaliza lo inaceptable.

En medio de este escenario, emergen voces que intentan romper el silencio, aunque muchas veces son desacreditadas o minimizadas. La figura de Greta Thunberg resulta paradigmática, no tanto por el contenido específico de cada una de sus intervenciones, sino por la reacción que suscita: incomodidad, polarización y, en no pocos casos, deslegitimación. Este patrón no es nuevo. La tradición bíblica está marcada por la incomodidad que generan las voces proféticas. Jeremías fue acusado de traidor, Amós fue expulsado y Jesús fue crucificado. La palabra que denuncia la injusticia rara vez es bienvenida, precisamente porque desestabiliza los relatos que sostienen el poder.

Sin embargo, quizá uno de los aspectos más preocupantes de la crisis actual no es solo la violencia en sí misma, sino la forma en que la religión es utilizada para legitimarla o encubrirla. En ciertos sectores del cristianismo evangélico en Estados Unidos, se ha construido una narrativa que presenta a líderes políticos como instrumentos providenciales. La asociación de Donald Trump con figuras bíblicas como el rey David ha sido documentada por estudios sociológicos y por centros de investigación como Pew Research Center. Este tipo de discursos no solo simplifica la complejidad bíblica, sino que transforma la fe en un recurso ideológico al servicio del poder. Karl Barth advirtió con claridad que, cuando la Iglesia identifica la voz de Dios con la voz del poder político, deja de ser fiel a su misión (Barth, 1932/2004).

Esta instrumentalización de la fe conecta, de manera inquietante, con la crítica clásica de Karl Marx sobre la religión como “opio del pueblo”. No porque toda religión sea necesariamente alienante, sino porque puede ser utilizada para adormecer la conciencia moral y justificar estructuras de dominación. No obstante, la misma tradición religiosa contiene una fuerza contraria: una capacidad de resistencia y de denuncia. La fe bíblica no es, en su núcleo, un mecanismo de evasión, sino una llamada a la justicia. Isaías, por ejemplo, rechaza una religiosidad desvinculada de la ética: “no me traigáis más vana ofrenda… aprended a hacer el bien; buscad la justicia” (Isaías 1:13, 17).

Desde esta perspectiva, resulta teológicamente insostenible pensar que Dios respalda proyectos de muerte. La Escritura es consistente en afirmar que la oración del injusto no es escuchada. Proverbios 28:9 lo expresa con crudeza: quien cierra su oído a la ley convierte su oración en algo abominable. Esta afirmación tiene implicaciones profundas para cualquier intento de justificar la violencia desde la fe. No basta invocar a Dios; es necesario encarnar su justicia.

La teología latinoamericana, particularmente en autores como Jon Sobrino, ha insistido en que Dios se revela de manera privilegiada en las víctimas de la historia. No se trata de una romantización del sufrimiento, sino de una afirmación radical: el lugar teológico no es el poder, sino la vida vulnerada. En este sentido, la situación en Gaza interpela directamente a la conciencia cristiana global. No es posible permanecer neutral sin traicionar el núcleo del evangelio.

Así, la cuestión de fondo no es únicamente geopolítica, sino espiritual. ¿Qué tipo de humanidad estamos construyendo cuando normalizamos la muerte del otro? ¿Qué tipo de fe practicamos cuando justificamos la violencia o guardamos silencio ante ella? La indignación, en este contexto, no es un exceso emocional, sino una respuesta ética necesaria. Pero, para que sea verdaderamente transformadora, debe estar anclada en la verdad, en el discernimiento y en una profunda coherencia espiritual.

Recuperar la voz profética implica más que denunciar; implica también resistir la tentación de simplificar, de deshumanizar y de instrumentalizar. Implica afirmar, contra toda lógica de poder, que la vida del otro —incluso del enemigo— tiene un valor sagrado. Y, sobre todo, implica recordar que Dios no está del lado de quienes hacen la guerra, sino del lado de quienes sufren sus consecuencias.

Y, sin embargo, el silencio del mundo no ha sido inocuo. Cuando la injusticia no es confrontada, se expande; cuando la violencia no es detenida, se normaliza; cuando el dolor de unos es relativizado, se abre la puerta para que otros sufran el mismo destino. Irán lo ha vivido en estos últimos días: en contra de la normativa internacional, EE. UU. e Israel, con el silencio internacional, incursionaron en una nueva guerra. La historia reciente muestra cómo la falta de una respuesta ética firme ante la devastación en Gaza ha contribuido a una escalada regional que ahora alcanza también al Líbano, extendiendo una estela de muerte que amenaza con perpetuarse.

Desde una perspectiva crítica, el sionismo —entendido en sus expresiones políticas más radicalizadas y excluyentes como ideología nacionalista supremacista colonial— no puede quedar exento de discernimiento teológico. Ningún proyecto nacional, ninguna narrativa histórica, ninguna reivindicación identitaria puede justificar la negación de la dignidad del otro.

Resulta aún más doloroso constatar que parte de esta realidad ha sido sostenida, legitimada e incluso celebrada por sectores del fundamentalismo cristiano, particularmente en Estados Unidos, donde ciertas corrientes han convertido la geopolítica en escatología y la violencia en cumplimiento profético. En este marco, se ora por la victoria, pero no por las víctimas; se bendicen decisiones políticas y a quienes las toman, pero se olvida el juicio ético de Dios. Se invoca el nombre divino mientras se ignora que, bajo las bombas, no solo mueren “enemigos”, sino también hermanos y hermanas en la fe.

Esa es una verdad incómoda que la iglesia no puede evadir: en Gaza (Palestina) y en el Líbano también hay comunidades cristianas históricas, también hay rostros que oran al mismo Dios, también hay vidas que encarnan el evangelio en medio del sufrimiento. La violencia no distingue credos cuando cae desde el cielo. Y, sin embargo, demasiadas veces la solidaridad sí lo hace.

A esto se suman tensiones documentadas en distintos contextos dentro de Israel, donde comunidades cristianas han denunciado episodios de hostilidad y marginación por grupos religiosos israelíes. Estos hechos, aunque no definen por completo la complejidad de la sociedad israelí, sí revelan que la convivencia religiosa no está exenta de fracturas profundas, con cargas de xenofobia y superioridad nacionalista, e incluso espiritual.

Frente a todo esto, la fe cristiana no puede refugiarse en la neutralidad. El evangelio no permite una equidistancia cómoda entre la vida y la muerte, entre la justicia y la opresión. Callar, en este contexto, no es prudencia: es renuncia.

Por ello, la afirmación final no puede ser ambigua: toda teología que legitima la violencia, toda espiritualidad que bendice la muerte y todo silencio que encubre la injusticia se colocan fuera del corazón del Dios revelado en Jesucristo. El Dios de la vida no habita en los proyectos que destruyen, sino en la resistencia de quienes, aun en medio del dolor, siguen afirmando que la justicia y la misericordia son más fuertes que cualquier poder de este mundo.

Referencias

Barth, K. (2004). Dogmática eclesiástica (Vol. 1). Salamanca: Sígueme. (Obra original publicada en 1932).
Habermas, J. (1989). Teoría de la acción comunicativa. Madrid: Taurus.
Mearsheimer, J. J., & Walt, S. M. (2011). The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy. New York: Farrar, Straus and Giroux.
Sobrino, J. (1991). Jesucristo liberador. Madrid: Trotta.
Pew Research Center. (2020). Faith and political leadership in the United States.
The New York Times. (Cobertura sobre el conflicto en Gaza y política exterior de EE. UU.).
The Guardian. (Análisis sobre derecho internacional y conflicto en Gaza).
The Washington Post. (Religión y política en Estados Unidos).
Informes oficiales de las Naciones Unidas sobre la situación humanitaria en Gaza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar