“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lucas 10:27, NVI). La palabra “fuerzas” desplaza la fe del terreno de las ideas hacia el de la vida concreta. No basta con creer; la fe se mide también en lo que se hace con lo que se tiene.
El Nuevo Testamento lo dice sin rodeos: la fe que no toma forma en acciones se vacía. No por falta de sinceridad, sino porque no alcanza a tocar la realidad. Amar a Dios con las fuerzas implica comprometer el cuerpo, el tiempo, los recursos, las decisiones que se toman cuando nadie está mirando.
Ese movimiento no ocurre en abstracto. Se ubica en lugares específicos. Jesús, antes de ascender, no deja un mensaje difuso. Señala direcciones: Jerusalén, Judea, Samaria, los confines de la tierra. Espacios concretos, con rostros concretos.
Jerusalén es lo cercano: la familia, la comunidad de fe, los vínculos que se repiten cada semana. Ahí empieza todo, pero no termina ahí.
Judea amplía el círculo: vecinos, escuelas, hospitales, espacios donde la vida se organiza y se sostiene. Lugares donde la fe puede volverse visible o quedar reducida a discurso.
Samaria introduce tensión. No es solo distancia geográfica, es distancia emocional, cultural, histórica. Personas y contextos que no encajan fácilmente, que interrumpen lo que resulta familiar. Ahí también se juega el testimonio.
Y luego están los confines: lo lejano, lo que no se alcanza a abarcar del todo. Territorios que exigen salir de lo conocido, aprender de nuevo, asumir que no todo está bajo control.
Amar a Dios con todas las fuerzas implica moverse en esas direcciones sin fragmentar la vida. No separar lo espiritual de lo material, ni lo personal de lo público. La fe madura no elige entre oración y acción; las mantiene en tensión.
En ese recorrido, la realidad de las familias migrantes atraviesa cada espacio. Está en Jerusalén, en la cercanía cotidiana; en Judea, en las estructuras sociales; en Samaria, en los márgenes que preferiríamos evitar; y en los confines, en los trayectos largos y las geografías abiertas.
Responder a esa realidad no depende solo de convicciones internas. Requiere energía, disposición, constancia. Exige revisar cómo se usan los recursos, cómo se organizan los tiempos, qué lugar ocupa el otro en las prioridades.
También implica una forma de preparación. No como requisito previo, sino como camino. Trabajar en la propia vida, en lo personal y en lo social, abre espacio para sostener ese tipo de respuesta. No se trata de perfección, sino de coherencia en proceso.
Amar a Dios con todas las fuerzas no se agota en momentos puntuales. Se construye en decisiones repetidas, en gestos pequeños que se acumulan, en una manera de estar en el mundo que no separa la fe de la vida.
Esta cuarta semana de oración se sitúa ahí: en el punto donde creer y hacer dejan de ser dos cosas distintas. Donde la fe se vuelve visible en lo que sostiene, en lo que entrega, en lo que defiende.
Sigue orando por las familias inmigrantes y acompaña el plan de oración diaria en la cuenta de Instagram de El Blog de Bernabé: https://www.instagram.com/elblogdebernabe/. El recorrido continúa hasta el día de Pentecostés.

