En el libro Hitler y la Iglesia (J. Aguilar y J. M. Asensi, 1973), se menciona que diversos eclesiásticos y líderes religiosos mantuvieron una relación de cercanía, colaboración y legitimación con el régimen nazi, argumentando afinidades ideológicas fundamentales. Dos ejemplos: el obispo protestante Ludwig Müller y el abad católico Albanus Schachleitner, quien visitaba con frecuencia a Hitler para discutir asuntos eclesiásticos. En la década de 1920, iglesias evangélicas se plegaron al nacionalismo alemán y, cuando el nazismo llegó al poder, constituyeron la llamada «Iglesia del Reich», en la que el nacionalsocialismo y el cristianismo aparecían como doctrinas hermanas.
Estas formas degeneradas de cristianismo se han visto en diversos momentos y países, bajo diversos modelos políticos-eclesiales: la Iglesia imperial constantiniana, la Iglesia de los príncipes, Iglesia y monarquismo, cristianismo e invasión colonial —católica y evangélica—, cristianismo y Destino Manifiesto, cristianismo y franquismo, cristianismo y pinochetismo, cristianismo y fujimorismo, cristianismo y somocismo, etc.
Siempre y en todos los casos se ha nombrado la paz, la justicia, el derecho del soberano y la moral para justificar y legitimar el poder establecido. Se leen Rom. 13, 1 Pedro 2, Jn. 19:11, etc., de manera ideológica y literal, no como un simple literalismo ingenuo, sino con una intención clara: legitimar al poder mundano.

La utilización política de la Biblia
La utilización política de la Bibliaa, de Rafael Aguirre, examina con rigor cómo los textos bíblicos han sido empleados con fines políticos en contextos tan distintos como Estados Unidos, Israel, Sudáfrica, América Latina y el Reino Unido. Es un estudio documentado y esclarecedor que muestra la vigencia, complejidad y usos contradictorios de la Biblia en la esfera pública.
En la exégesis bíblica, en la tradición teológica evangélica —no confesional, sino radicalmente sustentada en el Evangelio, es decir, en el proyecto de la JUSTICIA del reinado de Dios— y en la historia de la Iglesia latinoamericana existe claridad sobre los usos estratégicos de la Biblia en favor del poder de la Iglesia y del orden político mundano e injusto. Un texto reciente que aborda el tema con enorme claridad es el de Rafael Aguirre, La utilización política de la Biblia, en su edición actualizada de 2025, que hay que leer para adentrarse en lo que se viene exponiendo.
Dos grandes tendencias de interpretación de la Biblia han existido: la interpretación liberadora, basada en la JUSTICIA del reino de Dios desde la perspectiva de las comunidades cristianas, y la interpretación conservadora desde el poder de las élites sacerdotales —católicas y evangélicas—. El foco fundamental de sus interpretaciones bíblicas y doctrinales es ascendente/servicio y descendente/dominio, respectivamente. La primera tiene su fundamento en la communio —diaconía y koinonía—, comunidad de iguales por medio de la eucaristía-Cena del Señor, en la que todo y todos están al servicio de los más vulnerables, sin interpretaciones estratégicas de la fe, sino entendiendo que la lectura correcta de la fe es el amor, la justicia y la misericordia (Hech. 2; 1 Jn., etc.). El foco de la segunda es el orden centrado en la autoridad vertical y la obediencia.
Con esta distinción no se pretende integrar un nuevo maniqueísmo, ya que no se niega que haya sentimientos y valores evangélicos en la segunda postura —cristianismo-poder—, sino señalar que todo está supeditado y ordenado según una visión, interpretación y praxis del poder religioso acorde con las estructuras conservadoras del poder mundano.
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La cuestión es doble:
- Comprender que el mensaje evangélico tiene su punto de origen en la fe de Jesucristo en un Dios de Justicia (Ex. 3; Amós; Luc. 4; Ap. 6:10: «¿Hasta cuándo, soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra y sin vengar nuestra muerte?»). En ocasiones, quienes deberían ser pastores transmutan en operadores políticos de regímenes mundanos, traicionando el Evangelio y la sangre de los mártires, cayendo de la Gracia. Jesús dejó claro algo: «No se puede servir a dos señores», porque cuando dos soberanías contienden, será hasta la aniquilación total. ¿Con cuál soberanía nos comprometeremos?
Cualquier soberanía —izquierda, derecha, capital, egoísmo, etc.— que le dispute la fidelidad al amor y la Justicia de Dios, ella y sus seguidores serán arrojados al lago de fuego; y, si se encuentran entre los creyentes, serán apóstatas. Porque he aquí el peligro: la idolatría. ¿Puede haber idolatría en quienes con su boca hablan de Dios? Los ejemplos aportados al inicio nos permiten responder afirmativamente (cf. Isa. 29:13).
- La cuestión de las fidelidades puede descomplejizarse, desde la perspectiva cristiana, con el siguiente versículo: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt. 6:21). No se trata de negar otras fidelidades, sino de que cualquier fidelidad sea evaluada a partir de la fidelidad al Evangelio: el amor y la justicia de Dios.
La cuestión de la laicidad: solamente diremos que no se trata de devolver a sus parroquias a los pastores ni de decirles a los creyentes que no sean ciudadanos con derechos y responsabilidades sociales, privatizando la fe. Más bien:
- La incidencia pública de los líderes religiosos no debe centrarse en la justificación y legitimación de un partido político, sino en auditar al poder vigente en favor de la convivencia social, principalmente en favor de los más necesitados.
- A las personas creyentes en general, si se sienten motivadas desde su fe a aportar al bien social, les corresponde cuidar de no caer en el polemos de la política pragmática, es decir, no reproducir el odio, las divisiones y las manipulaciones propias de los partidos políticos.
Porque llegará el momento en que no se sabrá distinguir entre la defensa de la fe y la defensa político-ideológica; entre el bien social y los intereses del status quo; entre la caridad cristiana —el fruto del Espíritu Santo: Gálatas 5:22-26; 1 Cor. 13— y el polemos.
El caso de líderes religiosos en Nicaragua que respaldan al gobierno Ortega-Murillo
El 20 de agosto de 2026 se realizó una asamblea de líderes religiosos en respaldo a las reformas constitucionales que el gobierno Ortega-Murillo impulsa, principalmente la referente a la exclusión de sectores de oposición de la sociedad nicaragüense de los procesos electorales. La participación y las declaraciones de los líderes religiosos comenzaron a circular ampliamente en redes sociales al día siguiente.
Tres posiciones he leído sobre la participación de religiosos en ese acto de legitimación:
- Se ha comentado en las redes sociales que su presencia se debe al miedo: a que les quiten la personalidad jurídica de sus organizaciones religiosas o a ser despatriados o encarcelados, como les ha ocurrido a muchos religiosos críticos. El miedo es un sentimiento muy humano que, usado por el poder político, puede convertirse en un arma muy efectiva de control y sumisión.
- Otros comentarios apuntan a que simplemente son aliados del régimen.
- Mi propia posición es más compleja. Se combina un sinnúmero de factores, entre ellos los mencionados en los puntos 1 y 2.
De primera mano conozco los sectores religiosos nicaragüenses y conozco algunos de los miedos que padecen, también los oportunismos. Asimismo, algunos llamados pastores son operadores políticos infiltrados en las filas pastorales con un mandato específico: influir y presionar a los liderazgos mediante interpretaciones bíblicas, seducciones materiales y reconocimientos políticos. Porque entre tales líderes religiosos hay que diferenciar entre evangélicos políticos y políticos evangélicos.
En 2025 fue publicado mi libro El más insignificante de todos. Religión y política en Nicaragua (el caso de los evangélicos), en el que se identifican diversos posicionamientos de líderes religiosos durante la crisis sociopolítica de 2018, desmintiendo la afirmación de que «los evangélicos son orteguistas». Se deja claro que la presencia de líderes evangélicos en actos oficialistas se debe a un sinnúmero de factores y que la familia evangélica es pluriideológica y pluripartidaria.
No existe un voto evangélico homogéneo; los evangélicos expresan sus propias identidades y afinidades políticas, de manera coherente con las tendencias electorales generales. También se identifica una tendencia histórica de sectores evangélicos a aspirar a contar con un «partido político evangélico» para sanear la política y gobernar con «valores bíblicos», junto con un anhelo de competencia, acaso de sustitución, frente a la Iglesia católica como principal actor religioso dialogante con el poder político. Este último elemento podría ser determinante para que evangélicos políticos brinden su respaldo al actual régimen nicaragüense ante la fractura con el sector crítico de la CEN.
Entre el Evangelio y los tronos
Esta breve reflexión deja ver las tentaciones de las clerecías religiosas ante el miedo o las mieles del poder. El llamado es a no transmutar a la Iglesia en una operadora política ni sucumbir al polemos partidario, sino a sostener una postura profética que audite e interpele críticamente a todo poder terrenal; a no confundir la esfera de las luchas políticas con la Iglesia, sino contener las aventuras dictatoriales con la fuerza del Evangelio profético.
En última instancia, la comunidad de fe está llamada a desentrañar sus verdaderas fidelidades (Mt. 6:21), sabiendo que no se puede servir a dos señores sin caer en la apostasía y que ninguna alianza con los tronos de este mundo puede sustituir la fidelidad al amor y la Justicia radical del Dios de la Vida.
Iniciamos estas reflexiones aludiendo a la «Iglesia del Tercer Reich». Cerramos trayendo el testimonio de la Iglesia Confesante.
En 1934 tomó forma la Iglesia Confesante, vinculada a teólogos y pastores como Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer y Martin Niemöller, entre muchas otras figuras de la resistencia eclesial al control nacionalsocialista. Su oposición teológica al sometimiento de la Iglesia al régimen quedó expresada de manera decisiva en la Declaración Teológica de Barmen (1934), que afirmó la soberanía de Jesucristo sobre la totalidad de la vida del creyente y de la Iglesia. Desde una hermenéutica cristocéntrica, Barmen rechazó que la Iglesia reconociera otros acontecimientos, poderes, figuras o verdades como fuentes de revelación paralelas a la Palabra de Dios, y rechazó también que el Estado pudiera convertirse en el orden único y total de la vida humana.
Así, la Iglesia Confesante sostuvo que el Estado tiene límites y que cualquier pretensión de la autoridad política de convertirse en poder absoluto o de instrumentalizar el Evangelio destruye la naturaleza misma de la Iglesia comunitaria y servidora.
En Nicaragua contamos con los testimonios de muchos cristianos que se opusieron a la dictadura somocista desde la convicción de que la fe en Jesucristo no permite neutralidades ni complicidades, dando incluso su vida en favor de la liberación. Hoy también existe un sector confesante del cristianismo nicaragüense, dentro y fuera del país, que se opone a la idolatría del poder y a su sacerdocio.
Porque no se trata de ser críticos solamente ante una forma de opresión o represión —imperialismo, capitalismo, patriarcalismo, consumismo, derechas, neonacionalismos, neoliberalismo, etc.—, sino ante todas las formas de injusticia que «obstruyan la verdad» (Rom. 1:18b) y anulen la dignidad humana, triturando la imagen de Dios en las criaturas.
En el caso nicaragüense, la Iglesia Confesante, fiel al Dios de la Vida y la Justicia, eleva su voz profética contra la dictadura Ortega-Murillo y contra su sacerdocio: una «Iglesia de Ortega-Murillo».

