Textos de Marcos sobre la niñez: vulnerabilidad, vínculo y conversión
En el Evangelio de Marcos, la muerte “vergonzosa” de Jesús aparece como un tema central y una clave interpretativa. En ella se revela una forma de poder que no se sostiene en el autoritarismo ni en la violencia, sino en el amor, la lealtad a Dios y la humildad. Desde esta perspectiva, las historias de niñas y niños en el ministerio de Jesús adquieren una densidad particular. Iluminan la vida en el reino y permiten comprender cómo el poder de Dios se manifiesta en la vulnerabilidad.
De las tres historias de sanidad de menores que presenta Marcos, dos tienen como protagonistas a niñas y una, a un niño. Este dato no es menor. En contextos de injusticia y discriminación social, las niñas experimentaban formas aún más intensas de vulnerabilización y ocupaban los lugares más bajos y despreciados. En Marcos 5:22-24, 35-43, Jairo, jefe de la sinagoga, se expone públicamente al suplicar por su hija. Su gesto implica, por un lado, el despojo del prestigio social y, por otro, un replanteamiento de las creencias sobre la pureza que limitan su manera de actuar. Una nueva escena aparece en medio de la historia de Jairo y su hija: la de la mujer con flujo de sangre (Mr. 5:25-34). La presencia de este relato pone en escena a una mujer excluida social y religiosamente por el sistema que Jairo representaba. Sin embargo, la hija de este líder muere y, a pesar de ello, Jesús se ofrece a entrar en contacto con ella y devolverle la vida, quebrando las prácticas de pureza.
En Marcos 7:25-30, la mujer sirofenicia insiste en la sanidad de su hija. Su condición de extranjera y mujer la sitúa en un lugar de exclusión frente a la visión patriarcal y etnocéntrica judía. En esta escena puede verse la humillación injusta a la que una mujer llega a exponerse con tal de procurar el bienestar de quien sufre. Algo similar ocurre en Marcos 9:17-29, donde un padre reconoce públicamente su fragilidad al rogar por la sanidad de su hijo, sin sentirse preparado para cumplir lo que el sanador le pide. En los tres relatos, los adultos optan por una exposición que transforma su manera de relacionarse con los demás y con Dios.
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Estas escenas suelen leerse desde presupuestos que reducen su alcance. La apelación a un supuesto “instinto maternal” ha tendido a simplificar la acción de la madre. Algo semejante suele presuponerse en el caso de los padres. Sin embargo, lo que emerge en los textos es la densidad de un vínculo. No son respuestas innatas o naturales, sino relaciones en las que hijas e hijos inciden activamente. Las acciones de los adultos no pueden comprenderse sin considerar esa influencia.
Las niñas y los niños no aparecen como figuras pasivas. Aunque los relatos no siempre registran su voz, su presencia configura las decisiones, las palabras y las acciones de los adultos. Ellas y ellos participan en la trama relacional que hace posible el encuentro con Jesús. Su influencia se expresa en múltiples niveles: en el modo en que movilizan a sus padres, en las decisiones que estos toman y en la forma en que se exponen públicamente. En este sentido, las niñeces reciben, pero también actúan, orientan y enseñan.
Al mismo tiempo, su condición de vulnerabilidad se encuentra atravesada por la “vulnerabilización”. Aquellas niñas y niños son puestos en situaciones de abuso, exclusión y desprotección. Las diferencias sociales y de género, junto con la discriminación racial, profundizan estas desigualdades. Por ejemplo, la niña sirofenicia y su madre enfrentan condiciones más adversas que Jairo y su hija. En este contexto, la presencia de las niñas y los niños pone en cuestión estructuras culturales y sociopolíticas.
La escena de Marcos 9:33-37 profundiza esta dinámica. El abrazo de Jesús a la criatura representa una identificación con ella, con su condición de vida. El verbo “recibir” adquiere aquí un sentido particular: disponerse a ser alcanzado, a dejarse afectar, a aprender de la niña o del niño. En Marcos 10:13-16, la reacción de los discípulos frente a las niñas y los niños refleja las lógicas patriarcales de poder, estatus y prestigio. La tensión incluye a las niñas y los niños, pero también a quienes los llevan a Jesús. La reprimenda de Jesús reconfigura la escena: quienes buscan su bendición tienen acceso a Dios. Esto implica reconocer la necesidad de Dios y asumir la vulnerabilidad y la “vulnerabilización” en el sentido histórico, sociopolítico y religioso del término.
En este punto, la dirección del movimiento resulta decisiva. No son los adultos quienes evangelizan a las niñas y los niños en estos relatos. Son ellas y ellos quienes, en el entramado de vínculos, evangelizan a los adultos. Lo hacen, en primer lugar, mediante su influencia activa: sus opiniones, acciones y decisiones. La visión adultocéntrica suele ignorar el poder de la vulnerabilidad de las niñas y los niños, la riqueza de su ingenuidad —cuando esta existe— y la sabiduría de su percepción del mundo. Esta visión no siempre los ignora por completo; muchas veces dulcifica su condición, psicologiza y espiritualiza estos textos, y pasa por alto la diversidad de situaciones entre las niñeces. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se desconoce la particularidad de las niñas, de quienes viven en pobreza, de las personas extranjeras o esclavizadas, y de las niñas y los niños con problemas de salud mental o con discapacidad.
En segundo lugar, evangelizan desde una vulnerabilidad agravada por procesos de vulnerabilización. Esta condición convoca a los adultos a realizar acciones de justicia, amor y misericordia en favor de quienes se encuentran en mayor desventaja. En tercer lugar, lo hacen en relación con la palabra de Jesús que invita a ser “como ellos”. Las niñeces no funcionan aquí como un ideal abstracto, sino como una referencia histórica y material. En ellas se hace visible una forma de relación que abre al reino.
De este modo, las niñas y los niños pueden ser comprendidos como parábola de Dios. No en un sentido simbólico desligado de la realidad, sino porque encarnan, en sus vínculos y en su situación, una enseñanza sobre el poder, la dependencia y la apertura. En la relación con ellas y ellos, los adultos son llamados a revisar sus relaciones de poder, a crear vínculos desde el servicio y la disposición hacia el otro en la vulnerabilidad, y a reconfigurar sus ministerios e instituciones desde la fe en Jesucristo.
Las acciones de humillación y exposición que atraviesan estos relatos no aparecen como méritos que hacen posible el milagro, sino como reflejo de una apertura hacia nuevas comprensiones del servicio como vaciamiento y del poder en la debilidad. Jesús responde a esa necesidad y, en ese proceso, involucra a quienes interceden y a quienes son presentados. La vulnerabilidad compartida se convierte en lugar de encuentro y transformación.
Leer Marcos desde las niñeces implica abrirse a un vínculo evangelizador con las niñas y los niños, especialmente con quienes viven en condiciones de profunda vulnerabilización y abuso. Este vínculo va más allá de un acercamiento adultocéntrico dirigido a “ayudar” a los niños. Exige acciones de servicio “conversas”, aprendizaje humilde e interacción, que expresen cómo las niñeces atraviesan nuestra vida, nuestro pensamiento y sentir, y las estructuras de nuestras instituciones.

