¿Dónde estabas cuando escuchaste la noticia del terremoto en Venezuela? Podías estar en casa, viendo el Mundial, celebrando un gol, mientras en otro lugar miles de personas perdían lo poco que tenían. Esa es una de las paradojas de nuestra época: vivimos conectados globalmente, pero aislados por dentro. Nos enteramos de todo, pero nos cuesta sentirnos parte del sufrimiento ajeno.
La Biblia enseña que la fe no es un asunto privado. Pablo lo expresó con claridad: “Un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,6). La fe cristiana no se encierra en cuatro paredes ni se limita a la intimidad de mi corazón. La fe es comunión, es koinonía, es la certeza de que no puedo vivir como si mi vida fuera solo mía.

Exclusión y acogida
EnExclusión y acogida, Miroslav Volf aborda la exclusión como una herida social y propone la reconciliación en Cristo como camino para acoger al diferente sin renunciar a la verdad, la justicia ni la paz; una obra teológica de gran vigencia sobre identidad, alteridad y el amor costoso de Dios frente a la violencia, la indiferencia y el rechazo.
El individualismo nos ha convencido de que podemos salvarnos solos, de que la espiritualidad es un asunto personal y de que basta con “mi relación con Dios”. Pero Hechos 2:42-47 muestra otra cosa: los primeros cristianos compartían sus bienes, comían juntos, se acompañaban en la oración y cuidaban de los más vulnerables. No era una fe encerrada: se hacía carne en la comunidad. Como señala Resane, esta comunión no fue simple compañerismo, sino una praxis concreta que transformó la vida social y económica de su entorno (Resane, 2024, pp. 174-176).
Ante un mundo fragmentado, conviene mirar qué hacemos con nuestra fe. ¿La guardas como un tesoro privado o la compartes como un don capaz de sanar heridas? ¿Tu espiritualidad te lleva a mirar al otro, al migrante que cruza por Monterrey, al vecino que perdió su empleo, al hermano que llora en silencio?
El pentecostalismo, con su énfasis en la experiencia del Espíritu, tiene un enorme potencial para responder a este desafío. Pero necesita redescubrir que la plenitud del Espíritu no se limita a los dones individuales, sino que se manifiesta en la creación de comunidades reconciliadas. Como afirma Kärkkäinen, la Iglesia es “una comunidad carismática al servicio de la misión de Dios” (Kärkkäinen, 2017, p. 236). Allí donde el Espíritu crea comunión, surge un pueblo que practica la justicia, la hospitalidad y la solidaridad.
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El terremoto en Venezuela muestra que la vida puede cambiar en un instante. El Mundial muestra que la humanidad puede reunirse en torno a una celebración común. Ambos acontecimientos nos ponen frente a una decisión: ¿seremos espectadores pasivos de un mundo que se rompe y celebra ante nuestros ojos, o formaremos parte de una comunidad que acompaña, comparte y se compromete?
La koinonía es la respuesta de Dios al individualismo. No es un concepto abstracto; es una forma de vida que nos llama a abrir la puerta, compartir la mesa, llorar con quienes lloran y celebrar con quienes celebran. Es el Espíritu creando un pueblo reconciliado, un signo visible de un Reino que abraza a todos.
La comunión toma entonces una forma personal: ¿qué significa para ti vivirla en tu barrio y en tu iglesia? Puede significar abrir tu casa para compartir un plato de comida, escuchar a quien nadie escucha o decidir que tu fe no se reduce a la intimidad, sino que se convierte en un gesto concreto de solidaridad. La comunión no se predica solamente; se practica.
Piensa en los migrantes que van de un lugar a otro buscando un futuro mejor. Piensa en las familias que lo han perdido todo por la violencia o la crisis económica. La koinonía se hace real cuando decides que esas historias no te son ajenas, sino que forman parte de tu propia fe. Cuando compartes tu tiempo, tu mesa y tu oración, encarnas el Reino de Dios aquí y ahora.
Lo decisivo no es afirmar que creemos en la comunión, sino estar dispuestos a encarnarla. El Reino de Dios no se anuncia solo con palabras, sino también mediante comunidades que se convierten en señales vivas de esperanza. Esa esperanza toma cuerpo en ti, en mí y en nosotros: un pueblo que decide vivir como si el dolor del otro fuera propio y su esperanza también nos perteneciera.
Referencias
Resane, Kelebogile. “Pentecostal missional ecclesiology based on Acts 2:42-47 contributes towards sustainable development in communities”. Missionalia, 52 (2024), 172-184.
Kärkkäinen, Veli-Matti. Pneumatology: The Holy Spirit in Ecumenical, International, and Contextual Perspective. Grand Rapids: Baker Academic, 2017.

