Cada cierto tiempo conocemos denuncias que golpean a distintas iglesias evangélicas. A veces son conflictos económicos; otras veces, abusos de poder, divisiones internas o liderazgos cuestionados. Sin embargo, estos hechos suelen ser la expresión visible de un problema mucho más profundo. No estamos solamente frente a una crisis administrativa o institucional. Estamos frente a una crisis en la manera en que entendemos y vivimos la fe.
Buena parte del protestantismo que se expandió en América Latina lo hizo proclamando la libertad de conciencia, el acceso directo a las Escrituras y la convicción de que el Evangelio podía ser compartido por hombres y mujeres sencillos, trabajadores, campesinos y pobladores que encontraban en la Biblia una palabra de esperanza para sus vidas. Con el tiempo, en muchos espacios terminamos construyendo estructuras donde la opinión de unos pocos vale más que la voz de la comunidad. Se nos enseñó a obedecer antes que a discernir, a escuchar antes que a preguntar y, muchas veces, a guardar silencio frente a aquello que nos parecía injusto.

Cuando el abuso espiritual entra en la iglesia
Cuando el abuso espiritual entra en la iglesia, de Chuck DeGroat, ofrece una mirada compasiva y profunda sobre las dinámicas personales, pastorales y sistémicas que permiten el abuso espiritual en comunidades de fe. Con sabiduría clínica, sensibilidad teológica y cuidado pastoral, el libro no solo ayuda a reconocer el daño, sino también a iniciar caminos de sanación, responsabilidad y transformación.
Durante décadas importamos formas de entender el cristianismo desarrolladas en contextos muy distintos de nuestras realidades latinoamericanas. Pero no solo llegaron interpretaciones bíblicas. También llegaron prioridades políticas, guerras culturales y formas de comprender la relación entre la fe y el poder que nacieron en otros países y respondían a problemas muy distintos de los nuestros. Mientras nuestras iglesias crecían en poblaciones, campamentos y barrios obreros, y nuestras comunidades buscaban respuestas frente a la pobreza, la violencia, la exclusión o la migración, muchas veces terminamos discutiendo preocupaciones importadas, ligadas a prioridades ajenas, antes que las heridas de nuestros propios territorios.
Nuestras periferias enfrentaban pobreza, exclusión, violencia, migración y desigualdad. Sin embargo, con frecuencia se nos enseñó una fe centrada casi exclusivamente en la salvación individual. «La salvación es personal», escuchamos tantas veces. Sin negar esa dimensión del Evangelio, terminamos olvidando que Jesús también habló del Reino de Dios, de la justicia, de la misericordia y del amor al prójimo.
Mientras muchas mujeres sostenían silenciosamente las congregaciones, organizaban ayuda para sus vecinos, acompañaban a familias en momentos difíciles y mantenían viva la vida comunitaria de las iglesias, con frecuencia se las relegó a un papel secundario. Sus experiencias pocas veces fueron reconocidas como una fuente legítima para pensar la fe o contribuir a la reflexión teológica de nuestras iglesias.
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El problema no fue solamente qué se nos enseñó, sino también desde dónde se nos enseñó. Gran parte de la formación teológica que recibimos provenía de iglesias, seminarios y ministerios del Norte Global, especialmente de Estados Unidos. Dialogar con esas tradiciones nunca ha sido el problema. El problema comenzó cuando dejamos de preguntarnos si esas respuestas atendían también las preguntas de nuestras comunidades. Toda tradición aprende de otras. Lo preocupante es asumir como universales respuestas que nacieron para realidades muy distintas de las nuestras.
Como ha planteado el teólogo Nicolás Panotto, la colonialidad no solo opera sobre los territorios o las economías, sino también sobre la manera en que construimos conocimiento e interpretamos la fe. Cuando una sola forma de leer las Escrituras se presenta como universal, las experiencias, preguntas y saberes que nacen en América Latina comienzan a ser vistos como secundarios o incluso sospechosos.
Esta forma de entender el cristianismo no solo moldeó nuestras comunidades religiosas. También tuvo consecuencias políticas. Poco a poco se instaló la idea de que ser evangélico implicaba necesariamente ser conservador, desconfiar de los movimientos sociales o mirar con recelo fenómenos como la migración. No fue extraño que muchas iglesias terminaran asumiendo como propios discursos sobre las llamadas «guerras culturales», el nacionalismo cristiano o el apoyo incondicional a determinados proyectos políticos internacionales. En ese contexto, símbolos como la bandera de Israel —y, en algunos espacios, la bandera cristiana— comenzaron a adquirir un significado que iba más allá de la identidad religiosa y expresaba también una determinada comprensión política del cristianismo.
La realidad de nuestras iglesias siempre ha sido mucho más diversa. En ellas conviven trabajadores, pobladores, profesionales, dirigentes sociales, personas migrantes y jóvenes que leen la Biblia desde experiencias profundamente distintas. Confundir una determinada lectura política con la totalidad de la fe evangélica ha empobrecido nuestra propia tradición.
Así terminamos asociando la identidad evangélica con posiciones que muchas veces respondían más a influencias culturales e ideológicas externas que al testimonio de Jesús. Resulta paradójico que una fe cuyo centro es Jesús —nacido bajo ocupación extranjera, refugiado en Egipto y dedicado durante gran parte de su ministerio a quienes eran rechazados por la sociedad— termine utilizándose para levantar fronteras frente a quienes hoy buscan una vida mejor.
Por eso, hablar de descolonizar la fe no significa abandonar el Evangelio. Significa volver a leerlo desde nuestros territorios, desde nuestras historias y desde las heridas de nuestros pueblos. Significa reconocer que Dios también habla desde las poblaciones, desde las ollas comunes, desde las mujeres que sostienen silenciosamente las congregaciones, desde las personas migrantes, desde los jóvenes que buscan sentido y desde quienes durante mucho tiempo fueron considerados simples receptores de la fe y no constructores de ella.
Descolonizar la fe también significa recordar que ninguna tradición teológica, ningún liderazgo religioso y ninguna denominación cristiana tiene el monopolio de la verdad. La Reforma protestante defendió el sacerdocio universal de los creyentes, pero muchas veces terminamos reproduciendo formas de autoridad que se parecen más a pequeños reinos que a comunidades de discípulos.
La autoridad cristiana no fue pensada para dominar. Fue pensada para servir. El liderazgo cristiano no fue concebido para acumular poder. Fue concebido para acompañar. Y la iglesia nunca fue llamada a encerrarse sobre sí misma, sino a ser una comunidad capaz de escuchar, dialogar, corregirse y caminar junto a quienes sufren.
Para muchas personas, la pérdida no ha sido de la fe, sino de la confianza en estructuras religiosas que confundieron autoridad con control, obediencia con silencio y unidad con uniformidad.
El desafío de las iglesias evangélicas latinoamericanas no es simplemente modernizarse. Es recuperar la dimensión liberadora del Evangelio. Construir comunidades más transparentes, más participativas y más humanas. Comunidades donde la fe no sea utilizada para justificar el poder, sino para ponerlo al servicio de la dignidad de las personas.
La descolonización más urgente no está necesariamente en nuestros templos, sino en nuestra manera de imaginar a Dios. Solo una iglesia capaz de revisar críticamente sus propias certezas podrá volver a parecerse al Jesús que vino a servir y no a ser servido. Ahí podría comenzar la verdadera reforma que nuestras iglesias siguen necesitando: no una reforma de estructuras, sino de la manera en que volvemos a mirar a Jesús.


Un comentario
Excelente reflexión!!!