No tenemos prójimos, los hacemos

Hombre se detiene en una carretera latinoamericana para ofrecer agua y ayuda a otro hombre sentado junto a un muro, inspirado en la parábola del buen samaritano.

Es sabido que el recurso narrativo preferido por Jesús fueron las parábolas. Esencialmente, estas son narraciones breves, construidas con elementos y personajes cotidianos para entregar a la audiencia una enseñanza nueva.

Ahora bien, aunque las parábolas contaban con elementos conocidos por la primera audiencia de Jesús, contenían un componente que creo que hemos dejado de distinguir, naturalmente, por la cantidad de veces que las hemos escuchado. Cuando oímos una historia más de dos o tres veces, de a poco vamos perdiendo la capacidad de asombro ante ella, porque ya conocemos la trama y su final. Pasa lo mismo con las enseñanzas que leemos en los Evangelios.

Por ejemplo, casi nunca se destaca que el factor más llamativo de las parábolas es que rompen la lógica de lo cotidiano. Aunque sus relatos están construidos con elementos conocidos por los oyentes, su fuerza no descansa en estos, sino en el quiebre de las expectativas que se produce en la narración. En otras palabras, en sus parábolas, Jesús corta con lo normal y lo habitual al incorporar intencionalmente un elemento sorpresivo que descoloca a los oyentes.

Recibe nuestras lecturas por WhatsApp y Telegram

Acompaña las nuevas publicaciones de El Blog de Bernabé desde tu celular. Únete a nuestros canales de WhatsApp y Telegram y recibe artículos, ensayos, lecturas para la vida espiritual y recursos sobre fe, Biblia, misión y sociedad.

Podemos asemejar este recurso a lo que hoy llamamos plot twist: un cambio inesperado en algún punto del relato, un giro argumental que se produce en el transcurso de la narración.

Esa sorpresa narrativa hace que la parábola sea parábola, ya que, sin ella, perdería buena parte de la fuerza con la que comunica la nueva enseñanza que busca revelar. Propongo cuatro ejemplos que permiten identificar este elemento:

  • En la parábola del hijo pródigo, la lógica se rompe cuando Jesús describe la actitud del padre frente al hijo que despilfarra su vida. No le basta con recibirlo y perdonarlo; además, organiza una fiesta en su honor (Lucas 15).
  • La parábola de los jornaleros ofrece un giro igualmente inesperado. Al final del relato, el dueño de la viña comienza pagando el salario a quienes llegaron últimos y, como si eso no fuera suficiente, les entrega exactamente el mismo sueldo que a quienes trabajaron durante toda la jornada (Mateo 20).
  • La parábola del rey que perdona una deuda millonaria quiebra lo lógico al mostrar que el perdonado no es capaz de hacer lo mismo con quien le debe una cantidad mucho menor (Mateo 18).
  • La parábola del buen pastor nos ofrece como ejemplo de compasión y entrega a quien ejercía una de las labores más desprestigiadas de la época: el oficio de pastor. ¿Qué virtud podría esperarse de un pastor de ovejas? Sin embargo, precisamente de esa figura marginada emerge una de las imágenes más hondas del amor y la dedicación hacia los demás (Lucas 15).

Por tanto, siempre que nos encontremos con una parábola, tendremos que buscar dónde se altera en ella el panorama habitual y de qué manera nos conduce hacia una comprensión distinta de la realidad.

Las parábolas, además, se comprenden con mayor amplitud cuando entendemos que fueron pronunciadas en situaciones de conflicto y tensión. En medio de los enfrentamientos entre Jesús y los líderes religiosos, las parábolas proporcionan una nueva realidad, un nuevo sentido y una nueva interpretación de lo que ocurre.1

Una de las más leídas y enseñadas es la parábola del buen samaritano. Para adentrarnos directamente en su novedad, me gustaría dejar de lado dos elementos que ya han sido ampliamente desarrollados en nuestros sermones:

  • El hecho de que un judío reciba ayuda de un enemigo histórico como un samaritano.
  • La realidad de que aquellos de quienes se esperaba compasión y servicio no hicieran absolutamente nada.

No deseo analizar el conflicto judeo-samaritano, no porque carezca de relevancia o no constituya un punto de inflexión importante dentro del relato, sino porque considero que estos aspectos ya son ampliamente conocidos por los lectores más familiarizados con el texto. Por ello, me gustaría detenerme en dos novedades que propone la parábola y que, a mi juicio, se ven opacadas por las que he mencionado inicialmente.

La primera novedad la podemos llamar “hacerse prójimo”.

El letrado plantea dos preguntas a Jesús. La primera tiene que ver con la vida eterna: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». En este punto, conviene mencionar que el concepto de «vida eterna» no está relacionado con el paraíso cristiano ni con la vida después de la muerte, como suele interpretarse en la tradición cristiana posterior. Más bien, se refiere a la participación en el Reino venidero (Olam Ha-Ba), una esperanza escatológica propia del judaísmo, reservada para quienes vivieran en fidelidad a la Ley.

Jesús, al escuchar la pregunta, responde, como es habitual en su pedagogía, con otras preguntas: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo la interpretas tú?».

Rápidamente, el letrado cita Deuteronomio 6:5, donde Yahvé le dice al pueblo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». Luego cita Levítico 19:18 en relación con el vínculo con el prójimo: «Y a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús le comunica que su respuesta es correcta y lo invita a llevarla a la práctica: «Haz eso y vivirás». De esta manera, abre una nueva forma de entender el Levítico y, a su vez, de recibir el Reino de Dios.

«¿Y quién es mi prójimo?», contraargumenta el letrado, dando paso a la tensión característica de los encuentros que Jesús mantenía con escribas y fariseos. Esta interrogante resulta decisiva para entender la parábola.

Cuando el maestro de la Ley pregunta «¿quién es mi prójimo?», se realza a sí mismo y pone en el centro el «yo», el espacio propio, sin salir de él. El letrado se mantiene en su mundo; es decir, no pretende buscar una respuesta que lo saque de su realidad, de su ego.

Notemos que el diálogo con Jesús comenzó con la pregunta «¿qué debo hacer yo?» y ahora continúa en la misma línea con la expresión «mi prójimo». Aunque la pregunta se disfrace de empatía y compasión, Jesús capta que la respuesta que el escriba busca oír no tiene la pretensión de hacerlo salir de su mundo.

Probablemente, para el letrado, sus prójimos eran quienes habitualmente lo rodeaban, las personas que se movían dentro de su círculo: familia, amigos, vecinos, etc. Después de todo, el mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo», citado de Levítico, estaba dirigido originalmente a las relaciones dentro del propio pueblo de Israel. Es muy posible, entonces, que la respuesta del experto de la Ley haya sido la predominante en su época, porque efectivamente cumplía la ordenanza divina al relacionarse con sus cercanos con el amor que exigía Yahvé en su Ley.

¿Estaba totalmente errado el letrado? Creo que no. La Ley del Levítico estaba enfocada en el pueblo de Israel. El término hebreo para prójimo es rea, y en los capítulos 18 y 19 se exhorta al pueblo a vivir una ética de amor y responsabilidad mutua dentro de su propia comunidad.

Jesús cuenta la historia y propone otra pregunta: «¿Quién de estos tres se comportó como prójimo del herido que se encontraba a la orilla del camino?».

Frecuentemente entendemos mal esta interrogante, ya que nuestras Biblias, en su mayoría, traducen el verbo gegonénai como «fue» o «ha sido», pero su significado más preciso sería «se hizo» o «se portó» como prójimo frente al desvalido. La formulación de Jesús es sumamente intencional, pues pone el énfasis en que la proximidad o, mejor dicho, la «projimidad» es algo que se construye y se forja.

Gustavo Gutiérrez medita sobre esta parábola y comenta:

«Prójimo no es, entonces, la persona que hallamos en nuestros parajes o en nuestro andar, sino aquella a cuyo encuentro vamos, en la medida en que dejamos, de una manera u otra, nuestro sendero para entrar en la ruta del otro, en su mundo, en su sufrimiento».2

Lo natural se rompe no solo para el escriba, sino también para los discípulos de Jesús y todo el auditorio. El Reino de Dios no se rige por la lógica según la cual mi prójimo es únicamente mi padre, mi madre, mis hermanos, mi pueblo o mi vecino. Ya no será esa la forma de interpretar la Ley para quienes deseen participar en el Reino venidero. Ahora, el prójimo es el lejano, aquel que no forma parte de nuestro entorno social, cultural o religioso. De hecho, en otros relatos Jesús dirá que ese prójimo es, nada más y nada menos, que nuestro enemigo.

Como bien dice Gutiérrez:

«Se puede decir que no “tenemos” prójimos, los “hacemos”, más bien, a través de nuestras iniciativas, gestos y compromisos que convierten en cercanos a los que consideramos distantes».

Tal como lo hizo el samaritano, tendremos que salir del camino para convertirnos en prójimos. No existe otra forma de practicar esta parábola. El amor al prójimo se encarna y se convierte en parábola viva cuando nos trasladamos del yo al tú, de mi mundo a un mundo totalmente diferente.

También conviene considerar que en la parábola se menciona constantemente el verbo «ver», presente en la experiencia de los tres personajes. Cada uno vio la situación. Después de ver, ya no hay posibilidad de desentenderse de la realidad ajena.

Solo el samaritano, al ver, muestra compasión por el hombre asaltado. No hay nada más que añadir al acto de «ver». No hay preguntas acerca de quién merece nuestra ayuda. No hay tiempo para evaluaciones ni para tantear qué tan digno de ayuda es el otro. Basta con que sea alguien necesitado.

La justicia del samaritano «supera a la de los escribas» porque no espera tener antecedentes de la persona a la que ayuda. Simplemente actúa, porque su compasión es mayor que cualquier prejuicio. No sabe quién es el otro, pero aun así actúa con compasión.

Tal como lo expresa Fito Páez en su canción:

«Dar es dar
Y no marcar las cartas, simplemente dar
Dar es dar, y no explicarle a nadie
No hay nada que explicar…».

No hay nada que explicar en el acto de dar.

La segunda novedad de esta parábola tiene que ver justamente con la disposición de “salir del camino” para acercarnos a la realidad del otro. Se trata de aceptar la otredad y no reducirla a nuestros ideales y quimeras, buscando que el otro moldee su comportamiento en función de mi comodidad.

La expresión «amarás como a ti mismo» tiene su origen en la palabra hebrea kamokha, que posee una doble implicación, pues puede tener un sentido adverbial o adjetival:

  • «Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo»: sentido adverbial.
  • «Amarás a tu prójimo, que es una persona como tú»: sentido adjetival.

Generalmente entendemos esta expresión en sentido adverbial, es decir, creemos que debemos amar al otro del mismo modo en que nos amamos a nosotros mismos. Pero hemos olvidado su segundo sentido: el otro debe ser amado porque es una persona como yo. Tiene tanta dignidad como yo y tanto valor como el que tengo yo.

Amar al otro porque es semejante a mí, porque, tal como yo tengo un mundo lleno de valor, significados y vivencias, el otro también lo tiene.

El mundo del otro, al cual me acerco, es valioso, delicado y profundamente especial, del mismo modo en que mi propia realidad lo es para mí. Por eso, la segunda novedad es el respeto que el samaritano muestra hacia la vida del otro. No busca convencerlo de algún error ni espera algo a cambio del desvalido. El samaritano lo ve, se acerca, cura sus heridas, las venda, lo monta sobre su propia cabalgadura, lo lleva al alojamiento y cuida de él. Es un cuidado total ante una situación desfavorable, pero también un respeto absoluto por su condición de «otro».

Por tanto, aunque a muchos nos cueste amarnos a nosotros mismos debido a las experiencias que hemos vivido, aun así podemos ser prójimos para otros. Aunque sigamos luchando con nuestras sombras, angustias y miedos, podemos entrar en la realidad del otro que nos pide compasión.

El otro, entonces, es aquel a quien hago cercano, pero jamás pierde la condición de ser «otro».

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer lo expresa de la siguiente forma:

«Dios no creó a mi prójimo como yo lo hubiera creado. No me lo dio como un hermano a quien dominar, sino para que, a través de él, pueda encontrar al Señor que lo creó. En su libertad de criatura de Dios, el prójimo se convierte para mí en fuente de alegría, mientras que antes no era más que motivo de fatiga y pesadumbre. Dios no quiere que yo forme al prójimo según la imagen que me parezca conveniente, es decir, según mi propia imagen, sino que él lo ha creado a su imagen, independientemente de mí, y nunca puedo saber de antemano cómo se me aparecerá la imagen de Dios en el prójimo; adoptará sin cesar formas completamente nuevas, determinadas únicamente por la libertad creadora de Dios. Esta imagen podrá parecerme insólita e incluso muy poco divina; sin embargo, Dios ha creado al prójimo a imagen de su Hijo, el Crucificado, y también esta imagen me parecía muy extraña y muy poco divina, antes de llegar a comprenderla».3

La parábola del samaritano invitó a la primera audiencia de Jesús, y nos invita hoy a nosotros, sus seguidores, a salir del camino y abandonar nuestro centro. El prójimo no es solamente nuestra comunidad de fe ni nuestra familia: es el otro desconocido que necesita un acto de compasión. Y ese otro es imagen de Dios, digno de respeto y cuidado.

  1. José M. Castillo, El Reino de Dios, Desclée De Brouwer, 2012, p. 147. ↩︎
  2. Gustavo Gutiérrez, Vivir y pensar el Dios de los pobres, CEP, 2025, p. 251. ↩︎
  3. Dietrich Bonhoeffer, Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, 2003, p. 85. ↩︎

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar