La pequeña Teresa de Lisieux y la grandeza de la gracia

Retrato editorial de Santa Teresita de Lisieux junto a libros de espiritualidad cristiana y Reforma protestante, en una escena sobre la gracia.

Diálogo entre la Reforma protestante y santa Teresita

Con el café recién preparado y antes de atender las tareas laborales del día, dedico unos minutos a conversar con algún maestro o maestra de la espiritualidad cristiana del pasado. Es una disciplina sencilla que he aprendido a valorar con los años: dejo que alguna voz del pasado lejano dialogue con mis preguntas del presente. A veces es un monje del desierto; otras, un reformador; en ocasiones, un místico medieval. En todos ellos descubro que, aunque los siglos cambien, el corazón humano continúa buscando a Dios por caminos sorprendentemente parecidos.

Por estos días me acompaña Historia de un alma, la autobiografía espiritual de santa Teresa de Lisieux (1873-1897), conocida también como Teresa del Niño Jesús. Mi interés por ella no nació únicamente por tratarse de una de las grandes figuras de la espiritualidad cristiana, sino por su conocida propuesta del caminito de la infancia espiritual. Desde hace tiempo me ha parecido que esa intuición dialoga de manera muy sugerente con mi propia reflexión sobre la teología de la niñez. Teresa comprendió que la infancia no era simplemente una etapa biológica de la vida, sino una forma de situarse delante de Dios: vivir con confianza, reconocer la propia fragilidad y abandonarse plenamente en el amor del Padre. Mi interés por ella viene desde hace algunos años, lo que explica que la haya incluido entre los personajes que presento en uno de mis últimos libros: Trazos y rostros de la fe. 30 destellos de la espiritualidad cristiana (Editorial Puma, Perú).

Portada del libro

Trazos y rostros de la fe

Trazos y rostros de la fe, de Harold Segura, presenta treinta figuras de la espiritualidad cristiana a través de breves biografías, citas, textos bíblicos y preguntas para la reflexión, ofreciendo un recorrido amplio por diversas tradiciones del cristianismo. Es un libro bello, pedagógico y útil tanto para la lectura personal como para grupos de crecimiento espiritual.

Esta mañana encontré uno de los pasajes más conocidos de su obra. Teresa reconoce que no posee fuerzas suficientes para subir la larga escalera de la perfección espiritual. La santidad le parece una montaña demasiado alta para sus pequeñas piernas. Entonces recurre a una imagen tan creativa como entrañable. Escribe: “El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, ¡oh Jesús!”.

Cada vez que leo esa frase no puedo evitar sonreír. Resulta curioso imaginar a una monja carmelita del siglo XIX hablando de ascensores. Sin embargo, precisamente ahí reside la belleza de la metáfora. Mientras muchos imaginaban la vida cristiana como una interminable escalera de méritos, esfuerzos y conquistas espirituales, Teresa se atrevió a decir que el verdadero camino consiste en dejarse levantar por Dios. No somos nosotros quienes alcanzamos la santidad; es la gracia quien nos conduce hacia ella.

Detrás de esa sencilla comparación se encuentra una de las afirmaciones más hondas del Evangelio: Dios siempre toma la iniciativa (1 Jn. 4:19). Antes de cualquier respuesta humana existe un amor que llama, sostiene y levanta. La santidad no comienza con nuestro esfuerzo, sino con la misericordia de Dios.

Mientras leía estas páginas, mi memoria viajó hacia otra tradición cristiana: la Reforma protestante, mejor llamada Reforma magisterial. Después de todo, hablar de gracia es entrar en uno de sus grandes descubrimientos teológicos. Lutero, Calvino y los reformadores insistieron con razón en que el ser humano es justificado únicamente por la gracia de Dios, no por sus obras ni por sus méritos religiosos. Esa convicción continúa siendo uno de los pilares de la identidad protestante y un recordatorio permanente de que la salvación nunca puede comprarse, merecerse ni conquistarse.

Sin embargo, Teresa me llevó a hacerme una pregunta distinta. ¿Será que, en ocasiones, los protestantes hemos concentrado casi toda nuestra reflexión sobre la gracia en el terreno de la salvación eterna?

No pretendo simplificar una tradición tan amplia y diversa. Existen numerosas corrientes protestantes que han desarrollado una rica teología de la santificación. Sin embargo, en la predicación popular, la gracia suele asociarse principalmente con el perdón de los pecados y con la certeza de la vida eterna. En el lenguaje cotidiano de nuestras iglesias diríamos que Dios nos salva por gracia del pecado y de la condenación eterna.

Teresa, en cambio, coloca el énfasis en otro lugar. Su meditación no gira principalmente alrededor del destino final del creyente, sino de la transformación de su vida presente. La gracia aparece como la fuerza que hace posible amar cuando el egoísmo domina, servir cuando resulta más natural buscar el propio interés, perdonar cuando las heridas parecen demasiado profundas y vivir humildemente en medio de un mundo obsesionado con la grandeza.

No es una gracia para escapar del mundo, sino para habitarlo de otra manera. Por eso pienso que la diferencia entre ambas tradiciones quizá no radique en creer o no creer en la gracia. Sería injusto afirmar que los protestantes descubrimos la gracia mientras los católicos permanecieron atrapados en una espiritualidad de las obras. La historia del cristianismo es mucho más rica y compleja que esas simplificaciones. La diferencia, al menos en este caso, parece encontrarse más bien en el campo donde cada tradición ha colocado el mayor acento.

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La Reforma subrayó la gracia como fundamento de la justificación; Teresa contempla la gracia como el motor de la santificación. Los protestantes insistimos, con razón, en que nadie puede salvarse por sus propios méritos; Teresa afirma, con la misma razón, que nadie puede llegar a ser verdaderamente santo únicamente por sus propias fuerzas.

En realidad, ambas perspectivas se complementan admirablemente. La gracia que nos salva es también la gracia que nos transforma. La misma mano que nos rescata es la que, día tras día, moldea nuestro carácter conforme al de Cristo. Separar ambas dimensiones empobrece el Evangelio. Quizá por eso encontré en estas páginas algo más que una bella metáfora espiritual. Descubrí una invitación al diálogo.

Vivimos tiempos en los que las diferencias suelen convertirse en fronteras infranqueables. También entre los cristianos abundan las sospechas, las caricaturas mutuas y las descalificaciones apresuradas. Pareciera que resulta más sencillo defender la propia identidad exagerando los errores del otro que descubriendo aquello que el Espíritu Santo ha sembrado en distintas tradiciones de la Iglesia.

Y no estoy diciendo que se deban borrar las diferencias doctrinales. Existen y seguirán existiendo. Tampoco se trata de construir un ecumenismo ingenuo donde todas las convicciones sean intercambiables. La unidad cristiana nunca se edifica sobre la superficialidad. Pero sí podemos aprender a escuchar aquello que otros han comprendido con especial profundidad y que, en muchas ocasiones, nosotros hemos dejado parcialmente en la sombra.

Teresa de Lisieux muestra que la gracia no solo responde a la pregunta de cómo seremos salvos al final de la vida. También responde a otra pregunta igualmente urgente: ¿cómo vivir hoy una existencia más semejante a Jesús?

Y sospecho que esa pregunta merece ser escuchada por protestantes y católicos por igual. Porque, al final, ninguno de nosotros asciende demasiado lejos por sus propios méritos. Todos necesitamos el mismo ascensor. Todos seguimos siendo demasiado pequeños para llegar solos hasta Dios. Y esa no es una mala noticia. Es, precisamente, la mejor noticia del Evangelio: que los brazos de Cristo continúan levantando a quienes, con la confianza de un niño, aceptan dejarse llevar por su gracia.

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