Escrito bajo el impacto del terremoto en Venezuela
“¡Dios mío!”, exclamó Antonia, asustada. Un ruido extraño y fuerte la despertó de una breve siesta. Había logrado ir a descansar unos minutos y, cuando la despertaron, en pleno sofá, se sentó, puso los pies en el suelo y sintió el piso inclinado. Piso inclinado. “¡Dios mío!”, repitió. Arrastrándose por la pared, llegó hasta el cuarto donde sus hijos jugaban, los juntó con instinto de madre, desesperada, y, tanteando, llegó hasta la puerta de salida, también inclinada.
“¡Dios mío!”, dijo de nuevo. “¿Dónde está mi papá? ¡Papá!”, gritó. Pero la respuesta vino en forma de silencio, y ella se quedó sin saber si debía seguir adelante, con los hijos aferrados a ella, o ir en busca de su padre. Mientras tanto, el vecino ya gritaba: “Ven rápido, Antonia, dame a uno de los niños”, y de reojo vio que aquel cuarto, donde estaba su padre, estaba todo revuelto. Era techo caído, pared caída y cama desaparecida. “¡Papá!”, gritó, pero su voz ya denotaba más desesperación que esperanza. ¡Y hubo silencio!
¡Dios mío! ¿Dónde está Dios cuando la tierra tiembla?
¡Cuántas veces estas dos expresiones, juntas y separadas, resonaron en estas últimas horas, en una Venezuela asustada y desesperada! ¿Cuántas?
Son expresiones de desesperación repetidas casi sin darse cuenta, pero dándose cuenta de que todo se volvió muy confuso: familia, propiedad, empleo, vecindad, futuro.
Dónde está Dios cuando la tierra tiembla es una pregunta que va creciendo dentro de nosotros y se empeña en no callar a medida que el tiempo pasa, los escombros se acumulan y ningún rastro de uno, apenas uno entre muchos, padre, madre, hijo, hija… se logra detectar. Dios, nos enseñaron, es la respuesta, pero ¿qué respuesta es esa cuando la pregunta parece encontrar en el silencio la única respuesta? El dolor del silencio.
El silencio del padre de Antonia. El silencio de Dios mientras el suelo huyó y huye debajo de los pies, con este hueco en el alma queriendo tragarnos.
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¡Dios mío! ¿Dios? ¿Dónde estás?
Cuando menos se espera, la pregunta llega. Y llega de diferentes maneras, pues hasta preguntar parece “incorrecto”, ¿o será pecaminoso? Un desastre repentino, una enfermedad sorpresiva, una crisis familiar, una pérdida de empleo… y ahí está ella. Llega sin preguntar y llega con fuerza, y terminamos escondiéndola dentro de nosotros, para tristeza del corazón.
Descubrí, sin embargo, que esta pregunta no ahuyenta a Dios, sino que lo acerca. Pregunto, grito, y él se acerca más, y su primera respuesta es su presencia. La presencia de la escucha y del acogimiento, asociada a un susurro que dice: “¿Puedo quedarme aquí contigo?”.
Percibí, también, que conviene darle una vuelta a la pregunta: “¿Dónde no está Dios?”, si es que esa es la mejor manera de hablar de Dios.
- Dios no está distante, en algún lugar desde el cual va dirigiendo las cosas con una varita mágica y mandando a la tierra a temblar para que nuestra casa caiga. Dios no es un duende malvado que quiere perjudicar nuestra vida. Dios no es así.
- Dios no está recluido en un lugar donde el temblor de la tierra no lo pueda alcanzar. En algún lugar religioso con puertas y ventanas cerradas con llave. Dios no es alguien escondido que se autoprotege.
- Dios no está ocupado en separar a aquel que debe ser maldecido con una desgracia y a aquel que debe ser protegido de ella, como si estuviera separando a sus protegidos de aquellos que quiere ver entre los escombros. Dios no es partidista.
Conviene no insistir en poner a Dios donde él se niega a estar, pues es él quien nos dice dónde quiere estar.
También hay maneras de preguntar, y hay una manera que solo encuentra, como respuesta, el eco de la propia pregunta. ¿Cómo sería esto?
Dios no responde cuando la pregunta viene acompañada de esa entonación cínica que dice: “Sabía que no ibas a hacer nada”. Lo sabía y ni creía. La presencia de Dios deja de ser discernida cuando se dice “lo sabía”.
Dios no responde cuando el tono de la voz es arrogante, dejando en el aire la afirmación de que lo sabemos todo. En la voz de la certeza pretenciosa no hay espacio para que Dios se acerque, pues ella no pregunta, sino que acusa.
Dios no responde cuando creemos que todo está bien con nosotros, y que en nada necesitamos cambiar, mientras que Dios necesita, así lo entendemos, actuar a nuestro favor, como si estuviera en deuda con nosotros. Dios no responde cuando —asómbrense— lo miramos de arriba abajo.
En el cinismo, en la petulancia y en la arrogancia no hay espacio para Dios, sino solo para la soledad del ego.
Pero entonces, ¿dónde está Dios?
- Dios está allí cuando la tierra tiembla. Sus pies perciben el piso inclinado. Son los evangelios los que nos muestran al Jesús que se hizo ser humano, carne y hueso, y habitó entre nosotros (Jn 1:14 NVT).
- Dios está allí donde los adultos lloran y los niños se sienten abandonados. Dios está allí donde y cuando gritamos en protesta, lloramos en desesperación y él nos acoge, ofreciendo su hombro como depósito para nuestras lágrimas.
- Dios está allí donde una mano se extiende para sostener a la hija y cuidar al hijo. Donde un refugio acoge, un plato de comida alimenta y una cobija abriga.
- Dios está allí donde el pueblo de Dios se dispone a estar para, en su nombre, acoger, cuidar y consolar.
- Dios está allí donde está el cansado y agobiado, para que de una forma misteriosa experimentemos su cuidado, su paz y su llamado. Llamado para vivir y actuar en su nombre, como Jesús nos enseñó a hacer.
En el imaginario bíblico, el arcoíris tiene un lugar especial. Surge en los cielos como una promesa después de un gran desastre. Un desastre en el cual toda la vida humana fue atropellada y desfigurada. Y ante esto Dios hace un compromiso consigo mismo y con toda la tierra, diciendo: “Esta es la señal de mi alianza que hago entre mí y tú y entre todos los seres vivos que están con ustedes, para todas las futuras generaciones: pondré mi arco en las nubes y será por señal de la alianza entre mí y la tierra” (Gn 9:12-13 NVT).
¡Señor, necesitamos el arcoíris!
Señor, el arcoíris, por favor.
Señor, ayúdame a ver.
Necesito ver para seguir viviendo.

