Aunque nací en Costa Rica, pasé una buena parte de mi niñez y adolescencia entre la Córdoba ochentera y la Sevilla noventera. Algo de mi corazón tiene acento andaluz. Todo eso sucedió porque mis padres fueron misioneros evangélicos en la España de la Transición hacia la democracia. Aquella España de pesetas que combinaban todavía la cara de Franco con las nuevas monedas con la cara del rey, que dejaron de circular muy pronto por la entrada del euro. En esa España del siglo pasado se hablaba poco de religión.
Cuando Rosalía presentó Lux, su álbum más inesperado, buena parte de la prensa cultural quedó desconcertada. La artista que había redefinido el pop español con El mal querer y Motomami aparecía ahora hablando de santos, oración, mística y Dios. En una entrevista confesó: “Rezo todas las noches antes de dormirme. Es una relación muy personal con Dios”. En otra declaró que Dios le había dado tanto que lo menos que podía hacer era dedicarle un disco. Aquello no sonaba a provocación artística ni a simple estética religiosa. Sonaba a convicción.

El increíble resurgimiento de la creencia en Dios
El increíble resurgimiento de la creencia en Dios, de Justin Brierley, explora el declive del Nuevo Ateísmo y el renovado interés por la fe cristiana. A través de voces intelectuales y debates culturales actuales, muestra cómo Dios vuelve a ocupar un lugar en las preguntas sobre sentido, historia y propósito humano. El libro deja una pregunta clave: ¿está preparada la iglesia para recibir esta nueva búsqueda espiritual?
Pocos meses después, Antonio Banderas se encontraba frente al papa León XIV en el Movistar Arena de Madrid. Allí recordó cómo comenzó su búsqueda espiritual en la Málaga de su infancia y, en uno de los momentos más comentados de toda la visita papal, confesó haber quedado “hechizado por Dios”. La frase recorrió periódicos, redes sociales y noticieros. Resultaba llamativo escuchar un lenguaje tan abiertamente religioso en boca de una de las figuras culturales más reconocidas de España.
Tomados de forma aislada, ambos episodios podrían parecer simples anécdotas. Observados en conjunto, sugieren algo más profundo. España lleva años apareciendo en los estudios sociológicos como uno de los países europeos donde la secularización ha avanzado con mayor rapidez. Sin embargo, durante los últimos meses se han sucedido una serie de acontecimientos que parecen cuestionar la idea de una desaparición progresiva de lo religioso.
El primero de ellos fue el Festival de la Esperanza, celebrado en el Palacio Vistalegre de Madrid los días 30 y 31 de mayo. El evento fue encabezado por Franklin Graham, hijo del célebre evangelista Billy Graham, y movilizó a unas 840 u 850 iglesias evangélicas de distintas denominaciones que trabajaron durante más de un año en la preparación de la campaña. Unas 18.500 personas acudieron para escuchar predicación, música y testimonios centrados en la conversión personal y la necesidad de un encuentro individual con Jesucristo.
La importancia histórica del acontecimiento se aprecia mejor cuando se recuerda la trayectoria del protestantismo español. Durante gran parte del franquismo, los evangélicos fueron una minoría apenas tolerada. A comienzos de los años setenta se estimaba que existían poco más de treinta mil protestantes en toda España. Incluso en los años ochenta seguían siendo una presencia pequeña dentro de una sociedad culturalmente católica. Hoy las estimaciones superan ampliamente el millón de creyentes vinculados al mundo evangélico, una transformación demográfica que habría parecido impensable hace medio siglo.
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Sin embargo, la comparación con la visita de León XIV obliga a mantener la perspectiva. El Festival de la Esperanza reunió a decenas de miles de personas y constituyó una demostración extraordinaria de organización para el protestantismo español. La visita papal, en cambio, se movió en otra escala. Solamente la gran misa celebrada en Madrid congregó alrededor de 1,2 millones de personas. A ello se sumaron unas 600.000 que participaron en la vigilia previa y otras miles que asistieron a los diversos encuentros culturales y pastorales de la agenda pontificia.
La diferencia resulta abrumadora. Incluso tomando las cifras más optimistas de los organizadores evangélicos, la convocatoria papal fue varias decenas de veces superior. Hablar de una competencia entre iguales sería desconocer la realidad histórica, cultural y sociológica de España. El catolicismo continúa ocupando un espacio simbólico que ninguna otra tradición religiosa posee. Y, sin embargo, las 18.500 personas del evento evangélico en Vistalegre representan una especie de milagro impensable para el mundo no católico hace solo 15 años. Allá, en la Córdoba de mi niñez, una iglesia promedio de unas 30 a 50 personas no podía imaginar Vistalegre abarrotada adorando a Dios.
Pero los números, siendo importantes, no cuentan toda la historia.
Lo verdaderamente interesante aparece cuando se observan los contenidos de ambos acontecimientos. Franklin Graham llegó a Madrid con un mensaje que enfatizó la conversión personal, la autoridad bíblica y una serie de temas morales asociados al conservadurismo evangélico contemporáneo. Durante el festival reafirmó posiciones contrarias al aborto y defendió una visión tradicional de la familia y la sexualidad. La prensa española no tardó en recordar también sus vínculos con sectores conservadores de Estados Unidos y su cercanía histórica a Donald Trump.
León XIV recorrió un camino diferente. El Papa también reafirmó las posiciones tradicionales de la Iglesia en cuestiones como el aborto o la eutanasia, pero el centro de gravedad de sus discursos estuvo situado en otro lugar. Durante su estancia en España habló constantemente de diálogo, escucha, respeto y acogida. Se reunió con migrantes y personas sin hogar. Cuestionó los discursos que buscan dividir a la sociedad. Alertó sobre la exclusión económica de los más vulnerables y defendió una Europa capaz de reconocer sus raíces cristianas sin caer en nacionalismos excluyentes. Su mensaje se dirigió con frecuencia contra las formas contemporáneas de polarización política y cultural.
Las diferencias son evidentes. Una parte importante del evangelicalismo contemporáneo ha construido su identidad pública alrededor de las llamadas guerras culturales. León XIV, sin abandonar las convicciones doctrinales del catolicismo, parece interesado en desplazar la conversación hacia cuestiones de justicia social, hospitalidad, cohesión comunitaria y dignidad humana. Por una parte estaba Franklin Graham, partidario del actual presidente estadounidense Donald Trump; por otra, el también estadounidense papa León XIV, quien se ha enfrentado a dicha administración en temas de justicia social.
Y, sin embargo, ambos acontecimientos parecen alimentarse de una misma corriente subterránea.
Las personas que llenaron Vistalegre y las que abarrotaron las calles de Madrid no acudieron únicamente para escuchar una posición sobre el aborto o la inmigración. Acudieron porque buscaban sentido, pertenencia y esperanza. Acudieron porque la pregunta religiosa sigue viva. Acudieron porque, detrás de las discusiones políticas y culturales, permanece intacta la necesidad humana de trascendencia.
La cuestión de fondo, entonces, no es si España está asistiendo a una competencia entre evangélicos y católicos. Las cifras muestran una asimetría demasiado grande para sostener esa hipótesis. Lo más interesante parece estar en otro lugar: distintas expresiones de un mismo fenómeno, un renovado interés por el lenguaje espiritual en una sociedad que durante décadas creyó haber dejado atrás las preguntas religiosas. Los medios de comunicación han enfrentado el reto de describir un fenómeno que desconocen y para el que no tienen un idioma. Describen a la iglesia evangélica desde prejuicios y desconocimiento. Allí hay una oportunidad única para que los evangélicos ayuden a instalar un lenguaje más justo y preciso para ser descritos.
Rosalía hablando de oración. Antonio Banderas confesando haber sido “hechizado por Dios”. Miles de evangélicos movilizados en una campaña evangelística sin precedentes. Más de un millón de personas escuchando a un Papa que pide compasión para los migrantes y respeto para quienes piensan distinto.
Mientras políticos y analistas siguen discutiendo sobre ideologías, una parte creciente de la sociedad española ha comenzado nuevamente a preguntarse por el alma.

