“Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios” (1 Juan 4:7). La frase parece sencilla, pero carga una exigencia profunda: la vida cristiana no madura en aislamiento. Crece en vínculos, en comunidad, en la capacidad de reconocernos parte de un mismo cuerpo.
La sexta semana de los 40 días de oración hasta Pentecostés nos sitúa en la koinonía. Esa palabra, muchas veces traducida como comunión, no habla solo de cercanía afectiva ni de buena convivencia dentro de la iglesia. Habla de una vida compartida que se expresa en amor, responsabilidad mutua y servicio hacia la comunidad.
La comunión cristiana no existe para cerrarse sobre sí misma. Cuando es verdadera, se desborda. Los lazos que se forman dentro de la iglesia se convierten en canales por donde fluye el Espíritu Santo hacia otros. Por eso, amarse unos a otros no puede reducirse a una práctica interna entre creyentes. También prepara a la iglesia para amar mejor hacia afuera.
Efesios 4 habla de una comunidad que crece hacia la madurez de Cristo. Esa madurez no se mide solo por doctrina correcta, programas bien organizados o lenguaje espiritual. Se reconoce en la unidad que sostiene, en el amor que edifica y en la disposición a servir juntos.
En el contexto de las familias inmigrantes, esta comunión adquiere una forma concreta. La iglesia no responde como individuos dispersos, cada uno desde su sensibilidad personal. Responde como comunidad. Ora, discierne, acompaña, sirve, aprende y se deja formar por el Espíritu.
El texto de esta semana lo expresa con claridad: estos lazos de amor se fortalecen para que podamos servir juntos en la unidad del Espíritu, brindando ayuda a los inmigrantes y a las personas vulnerables. La koinonía, entonces, no es una experiencia sentimental; es una fuerza comunitaria organizada por el amor.
Pero la ayuda inmediata no agota el llamado. Dar alimento, abrir una puerta, acompañar un proceso, ofrecer escucha o presencia puede ser vital. Aun así, el amor cristiano también pregunta por las barreras que impiden que otros vivan con dignidad. Barreras sociales, culturales, económicas, legales, eclesiales. Barreras visibles y otras más difíciles de nombrar.
Por eso el texto habla de santidad social. Una expresión fuerte. La santidad no se limita a la vida privada ni a la conducta individual. También toca la forma en que una comunidad participa en la reparación de relaciones rotas, estructuras injustas y exclusiones normalizadas. Ser santos juntos implica dejar que el amor de Dios ordene también nuestra vida pública.
Amarse unos a otros, en este sentido, no es solo cuidarnos entre quienes ya pertenecemos a la misma comunidad. Es aprender a ser una comunidad que cuida de tal manera que otros también encuentren espacio, mesa, voz y dignidad.
Pentecostés se acerca como una promesa de Espíritu y comunidad. La pregunta de esta semana es qué tipo de comunión estamos cultivando. Una comunión encerrada en sí misma termina debilitándose. Una comunión atravesada por el amor se vuelve camino de servicio, hospitalidad y justicia.
Sigue orando por las familias inmigrantes y acompaña el plan de oración diaria en la cuenta de Instagram de El Blog de Bernabé: https://www.instagram.com/elblogdebernabe/. El recorrido continúa hasta el día de Pentecostés.

