“Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18; Mateo 22:39). La frase ha sido repetida tantas veces que corre el riesgo de volverse una consigna amable. Pero en boca de Jesús no funciona como adorno espiritual. Es una medida concreta de la fe: el amor a Dios se verifica en la forma en que tratamos al otro.
En esta quinta semana de oración hasta Pentecostés, la pregunta no es solo si servimos. La pregunta es desde dónde servimos. Porque una acción puede parecer generosa y, aun así, nacer de una mirada torcida. Se puede dar desde la distancia, ayudar desde la superioridad, acercarse al otro sin reconocerlo como igual.
Al servir, la actitud lo cambia todo. A veces el servicio dice, aunque no lo admita: “Te compadezco, por eso te ayudo”. En ese gesto, quien sirve queda arriba y quien recibe queda abajo. Se entrega algo, pero no se recibe nada. Se ofrece ayuda, pero se pierde la posibilidad de aprender. La otra persona queda reducida a necesidad, no reconocida como portadora de sabiduría, historia y dignidad.
Otras veces, la actitud dice algo más duro: “Yo estoy bien, tú no”. Entonces el otro deja de ser prójimo y se convierte en etiqueta. Migrante. Adicto. Pecador. Inconverso. Persona difícil. Caso social. Categoría pastoral. Palabra que ordena la distancia y permite no escuchar demasiado.
Romanos 3:23 corta de raíz esa ilusión: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”. Todos. También quienes servimos. También quienes hablamos de misión, oración, justicia, iglesia y amor al prójimo. Esa verdad no nos aplasta; nos ubica. Nos devuelve al suelo común donde nadie puede acercarse al otro como si no necesitara gracia.
Amar al vecino como a uno mismo exige humildad. No una humildad decorativa, sino una forma sobria de mirarnos. Pablo lo dice en Romanos 12:3: pensar de uno mismo con sensatez. Saber que tenemos algo que ofrecer, pero también algo que recibir. Que podemos acompañar, pero también ser enseñados. Que el vecino no es un proyecto, sino una persona.
En el caso de las familias inmigrantes, esta diferencia importa mucho. Se puede hablar de ellas como población vulnerable, como desafío social, como tema político o como oportunidad de servicio. Pero el evangelio nos empuja más allá de la categoría. Nos llama a la mesa.
Jesús no solo ayudó desde lejos. Se sentó con la gente. Compartió pan, conversación, camino, preguntas. En esa mesa no había solo asistencia; había reconocimiento. Amar al vecino como a uno mismo significa abrir espacio para esa reciprocidad: compartir lo que tenemos, escuchar lo que otros traen, descubrir la historia de Dios también en sus caminos.
El amor al prójimo no se mide solo por la cantidad de ayuda entregada, sino por la calidad de la relación que construye. Puede alimentar sin humillar. Puede acompañar sin controlar. Puede servir sin convertir al otro en inferior.
Esta quinta semana nos invita a orar por un amor sin distancia. Un amor que no pase de largo, pero que tampoco se coloque por encima. Un amor que mire de frente, escuche historias, comparta la mesa y reconozca en las familias inmigrantes no solo una necesidad, sino un prójimo.
Sigue orando por las familias inmigrantes y acompaña el plan de oración diaria en la cuenta de Instagram de El Blog de Bernabé: https://www.instagram.com/elblogdebernabe/. El recorrido continúa hasta el día de Pentecostés.

