Amar a Dios con toda la mente… y aprender a ver de otra manera

Dos personas conversan en un café sencillo en México compartiendo pan y café en una escena cotidiana que refleja escucha y comprensión en comunidad

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lucas 10:27, NVI). La mente queda ahí, al final, casi como si fuera un añadido. Pero no lo es. Jesús la nombra porque también ahí se juega la fe.

No se trata de saber más. Tampoco de ordenar mejor las ideas religiosas. Amar a Dios con la mente implica algo más exigente: dejar que la forma en que pensamos sea tocada. Lo que damos por evidente, lo que repetimos sin revisar, lo que interpretamos sin detenernos.

El camino a Emaús expone esa tensión. Dos discípulos caminan con Jesús y no lo reconocen. No están desinformados. Han escuchado, han visto, han vivido. Aun así, no logran leer lo que ocurre. Jesús se acerca, escucha, pregunta, y luego reordena la historia desde las Escrituras.

El cambio no es inmediato. Algo se mueve mientras caminan, pero no alcanza. Es en la mesa donde todo encaja. El gesto de partir el pan les permite ver lo que antes no podían. La comprensión no llega como una idea brillante, sino como un reconocimiento.

Ahí se juega lo que significa amar a Dios con la mente. No es rapidez, ni claridad instantánea. Es un proceso donde lo aprendido empieza a tensarse. Donde ciertas certezas dejan de sostenerse como antes. Donde se vuelve necesario volver a mirar.

Esa revisión alcanza también la manera en que la iglesia entiende su lugar en el mundo. Decir que seguimos a Jesús es una afirmación fuerte. Pero esa afirmación pide ser puesta en relación con la vida concreta de otros, con sus trayectorias, con sus condiciones.

En ese punto, la realidad de las familias migrantes deja de ser distante. Se convierte en un espejo incómodo para la manera en que pensamos. ¿Cómo interpretamos sus decisiones? ¿Qué relatos usamos para explicar sus caminos? ¿Qué queda fuera cuando hablamos de fe sin considerar sus vidas?

Amar a Dios con toda la mente implica dejar que esas preguntas permanezcan abiertas el tiempo suficiente. No para quedar atrapados en ellas, sino para evitar respuestas que cierran demasiado rápido. El encuentro con el otro obliga a pensar de nuevo.

Los discípulos, después de la mesa, regresan. Vuelven sobre el mismo camino, pero ya no son los mismos. Lo que han visto reconfigura su dirección. Pensar distinto no se queda en el plano de las ideas; termina moviendo la vida.

Esta tercera semana de oración se sitúa en ese punto. En el lugar donde la fe no solo cree, sino que también piensa, discierne y se deja corregir. Amar a Dios con toda la mente abre un proceso que no se controla del todo, pero que termina mostrando hacia dónde se camina.

Sigue orando por las familias inmigrantes y acompaña el plan de oración diaria en la cuenta de Instagram de El Blog de Bernabé: https://www.instagram.com/elblogdebernabe/. El recorrido continúa hasta el día de Pentecostés.

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