Tres disciplinas que comenzaron la misma semana

Calendario “Febrero 2026” sobre mesa de madera con fechas 17 y 18 marcadas, junto a paño rojo, plato vacío con vaso de agua y cuenco con ceniza, simbolizando Año Nuevo Chino, Ramadán y Cuaresma.

Año Nuevo Chino, Ramadán y Cuaresma y la necesidad humana de empezar de nuevo

En febrero de 2026 ocurrió algo poco frecuente: casi al mismo tiempo comenzaron el Año Nuevo Lunar, el Ramadán y la Cuaresma. Tres tradiciones distintas, sostenidas por calendarios diferentes y enraizadas en historias espirituales que no se confunden entre sí. Según registros históricos, un alineamiento tan cercano entre estas tres observancias no se producía desde 1863, es decir, hacía más de 160 años. No se trata simplemente de una curiosidad astronómica; es el cruce excepcional de tres maneras distintas de medir el tiempo y de comprender lo que significa comenzar.

La coincidencia no es teológica; es calendárica. Pero la forma en que cada tradición inaugura su ciclo revela algo más profundo: ninguna empieza con productividad o expansión inmediata. Todas comienzan con disciplina.

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Dios en este trabajo de justicia

Dios en este trabajo de justicia es un devocionario de Cuaresma que entrelaza Escritura, memoria histórica y compromiso público, mostrando que la espiritualidad cristiana no puede separarse de la justicia. A través de reflexiones bíblicas, testimonios proféticos y preguntas de discernimiento, invita a una fe que sirve, resiste y se organiza. No ofrece consuelo superficial, sino una práctica diaria de seguimiento a Jesús en medio de las tensiones reales de nuestro tiempo.

Antes de prosperar, ordenar

El Año Nuevo Chino —que en 2026 marca el Año del Caballo de Fuego dentro del ciclo tradicional de sesenta combinaciones entre animales y elementos— no se abre con metas abstractas de éxito. Se abre limpiando la casa, saldando deudas pendientes, restaurando vínculos familiares y honrando a los ancestros. El simbolismo es claro: no se puede recibir lo nuevo sin preparar el espacio.

El Caballo, dentro del zodiaco chino, está asociado con energía, movimiento y dinamismo; el elemento Fuego intensifica esa fuerza, subrayando impulso y transformación. Pero antes de esa energía expansiva, viene el gesto sobrio de ordenar. La prosperidad no se improvisa; se dispone. Se busca armonía antes que acumulación. Se restaura la mesa antes que proyectar ganancias. En un mundo que asocia comienzo con crecimiento inmediato, esta lógica introduce una pausa necesaria: primero se armoniza, luego se avanza.

Antes de celebrar, dominar los apetitos

El Ramadán inicia con ayuno, y el ayuno no es un gesto marginal dentro del islam; es uno de sus pilares fundamentales. Desde el alba hasta el ocaso, millones de personas se abstienen de comer y beber, no como negación del cuerpo sino como pedagogía del deseo. El hambre diaria recuerda que el ser humano no es autosuficiente y que la vida no se sostiene únicamente en la satisfacción inmediata.

Durante ese mes se intensifican la oración, la lectura del Corán y la práctica de la caridad. El ayuno no se limita a lo físico; también implica vigilancia sobre la palabra, las intenciones y el comportamiento. La disciplina corporal se convierte en escuela del alma. En una cultura donde casi todo impulso puede satisfacerse con rapidez, el Ramadán afirma que la libertad no consiste en obedecer cada deseo, sino en aprender a gobernarlo.

Antes de la resurrección, el desierto

La Cuaresma cristiana, por su parte, comienza con la señal sobria de la ceniza. Cuarenta días de preparación evocan el desierto bíblico, el tiempo de prueba y discernimiento. La tradición habla de oración, ayuno y limosna como prácticas que reorientan la vida hacia Dios y hacia el prójimo.

El simbolismo es fuerte: no se llega a la resurrección sin atravesar el desierto. No hay renovación sin confrontación interior. La Cuaresma insiste en que la transformación no ocurre por entusiasmo pasajero sino por conversión sostenida. Se trata de revisar prioridades, reordenar afectos y ajustar la vida a un horizonte más amplio que el propio interés.

Tres tradiciones, un mismo movimiento

Estas tres tradiciones no son equivalentes ni intercambiables. Sus doctrinas y fundamentos teológicos son distintos. Sin embargo, comparten un movimiento estructural semejante: todo comienzo exige reordenamiento. Una limpia la casa para armonizar el nuevo ciclo; otra disciplina el cuerpo para purificar la intención; otra atraviesa el desierto para preparar la vida nueva.

El contraste con la cultura contemporánea es evidente. Mientras muchas sociedades inician el año con metas de rendimiento y crecimiento económico, estas tradiciones inauguran su tiempo fuerte con prácticas de contención y revisión. El mercado pregunta cuánto se producirá; la espiritualidad pregunta quién se está llegando a ser.

El calendario también forma el alma

El calendario no es un simple instrumento para organizar días. Es una estructura que moldea hábitos, prioridades y expectativas. Cuando una comunidad establece tiempos específicos para limpiar, ayunar o convertirse, está afirmando que el ser humano necesita pausas que lo formen. Sin disciplina, el inicio se vuelve superficial; sin reflexión, el cambio es meramente estético; sin comunidad, la renovación se reduce a proyecto individual.

Tal vez lo más relevante de esta coincidencia —que no se veía desde el siglo XIX— no sea el cruce exacto de fechas, sino el recordatorio implícito que produce. Empezar no es solo avanzar en el calendario; es ajustar la vida. Las tradiciones espirituales lo saben desde hace siglos: la renovación no ocurre por accidente ni por entusiasmo momentáneo. Se practica.

En medio de agendas saturadas y ciclos continuos de consumo, la pregunta permanece abierta: ¿vivimos un tiempo que nos forma o simplemente dejamos que el calendario nos arrastre?

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