Escribo esta crónica a raíz de una fecha que invita a la memoria. Por estos días se cumplen 60 años de la muerte del padre Camilo Torres Restrepo, ocurrida el 15 de febrero de 1966, cuando cayó en su primer combate como integrante del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Más allá de las lecturas encontradas sobre su decisión final, su figura sigue interpelando a quienes pensamos la fe cristiana en relación con la justicia social y los dolores del pueblo.

Trazos y rostros de la fe: 30 destellos de espiritualidad cristiana
Trazos y rostros de la fe de Harold Segura, de Harold Segura, es un viaje visual y espiritual por la historia del cristianismo a través de treinta figuras que marcaron la vida de la fe desde los primeros siglos hasta el siglo XX. Inspirado en el arte xilográfico de Kreg Yingst, el libro combina biografías breves, citas representativas, textos bíblicos y preguntas de aplicación personal que invitan a la reflexión. Es una obra ideal tanto para la lectura individual como para el diálogo en comunidad, ofreciendo una mirada amplia y ecuménica a los distintos rostros de la espiritualidad cristiana.
Yo lo escuché una vez. Era un niño entonces. Vivíamos en Cali, a tres cuadras de la plaza de San Nicolás. Nuestra vida cotidiana transcurría en un radio muy concreto: la esquina de la carrera 6 con calle 16. Allí estaba el Almacén El Encanto, de mi padre, don Julio Segura Pachón; al lado, el salón de belleza de mi madre, doña Fanny Carmona Arcila; y, en la esquina de enfrente, la tienda de mis abuelos, don Joaquín y doña María. Ese cruce concentraba familia, trabajo —en mi caso, juegos—, barrio y relaciones. San Nicolás no era solo una plaza: era un punto de encuentro popular, comercial y social.
Una mañana, la rutina cambió. Mi abuela, doña María Arcila Jaramillo, me llevó a la plaza porque —decía— iba a hablar el padre Camilo Torres. En esa época yo era un niño con formación y prácticas católicas, como la mayoría de los colombianos de entonces. Asistíamos a misa, participábamos de las festividades religiosas y entendíamos la fe dentro de los marcos tradicionales de la Iglesia católica. Sigo sin entender lo que motivó a “mamá María” a escuchar al padre Camilo y a llevarme con ella a la plaza.
Camilo Torres no encajaba del todo en el molde de la tradición católica más conservadora. Sacerdote católico y sociólogo, formado en Lovaina, fue uno de los fundadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia. Muy pronto su reflexión cristiana se vinculó de manera directa con el análisis de la desigualdad, la pobreza y la exclusión social. Defendía la idea de que el amor cristiano debía expresarse en cambios estructurales y no solo en actos de caridad individual. Hablaba del amor eficaz. Esa postura lo llevó a tensiones crecientes con la jerarquía eclesiástica y con los sectores políticos dominantes.
Aquella tarde habló desde un balcón —¿un balcón? Son muchos años para recordar el lugar exacto— en el sector de San Nicolás. No recuerdo tampoco sus palabras ni el tema de su alocución. Recuerdo, más bien, el ambiente: gente reunida, silencio atento, una voz que no sonaba como sermón ni como discurso religioso convencional. No hablaba desde un templo ni con lenguaje devocional. Hablaba de la realidad social, de la injusticia, de la responsabilidad cristiana frente al sufrimiento humano. Para un niño, aquello no se comprendía del todo, pero se percibía como algo distinto; eso me explicó la abuela de regreso a casa.
Con los años entendí mejor por qué esa escena quedó grabada en mi memoria. Camilo Torres no representaba la religión católica tradicional de sacramentos y normas, sino una expresión del cristianismo preocupada por los asuntos sociales, por los dolores de la pobreza, por la dignidad de los excluidos. Era una fe que salía al espacio público y se dejaba interpelar por la realidad.
Mi propio camino de fe tomó otros rumbos. Mucho tiempo después, a mis 18 años, llegué primero a una iglesia adventista (allí recibí, agradecido, las primeras clases de Biblia) y luego a una iglesia bautista. En esta me quedé. Allí fui pastor, rector de un seminario teológico, profesor y, hasta hoy, servidor de las Iglesias en distintos contextos. La historia siguió, con sus giros y aprendizajes.
Sin embargo, al mirar hacia atrás, reconozco que Camilo Torres fue una de las primeras figuras cristianas que vi —aunque sin comprenderlo entonces— romper la frontera entre fe y realidad social. No marcó mi itinerario confesional, pero sí dejó una huella temprana en la forma de entender que el cristianismo no puede ser indiferente al sufrimiento humano.
Hoy he vuelto a algunos de los varios libros que tengo en mi biblioteca personal acerca del padre Camilo. Aquí algunas de sus palabras:
“Yo he dicho que soy revolucionario como colombiano, como sociólogo, como cristiano, como sacerdote”.
“Comprendí que en Colombia no se podía realizar este amor —el amor al prójimo— simplemente por la beneficencia, sino que urgía un cambio de estructuras políticas, económicas y sociales que exigían una revolución, a lo cual dicho amor estaba íntimamente ligado”.
“He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el terreno temporal, económico y social”.
Sesenta años después de su muerte, vuelvo a esa mañana en San Nicolás. No para idealizarla ni para resolver sus tensiones, sino para reconocer que, aun en la niñez, hay experiencias que siembran preguntas duraderas. Y la voz de Camilo Torres, escuchada en una plaza popular de Cali, fue una de ellas.
Nota del autor
Esta crónica surge con motivo de los 60 años de la muerte del padre Camilo Torres Restrepo (15 de febrero de 1966). No pretende ofrecer una reconstrucción histórica exhaustiva ni una interpretación definitiva de su figura, sino recuperar una memoria personal situada en el contexto urbano y social del barrio San Nicolás, en Cali, a mediados de los años sesenta.
El texto se apoya en recuerdos de infancia, en la transmisión oral familiar y en una lectura posterior, ya adulta, del significado teológico y social de Camilo Torres. La intención no es idealizar ni juzgar retrospectivamente sus decisiones, sino reconocer el impacto temprano que tuvo su manera de vincular la fe cristiana con los asuntos sociales, la pobreza y la injusticia.
Esta crónica se inscribe en la convicción de que la memoria —personal y colectiva— es un espacio legítimo para la reflexión teológica, especialmente cuando se trata de pensar una fe encarnada, pública y sensible al sufrimiento humano.

