Las aguas están divididas | Por Nicolás Panotto

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No me agradan las lecturas maniqueas, donde hay un ellos y nosotros, blancos y negros, como polos o bandos cerrados y absolutamente contrapuestos uno de otro. Y sigo creyendo en la imposibilidad de pensar la realidad de esa manera. Pero hay momentos donde el hilo se tensa demasiado por las circunstancias, donde los posicionamientos en cuestión se endurecen o legitiman de tal manera que los grises o lecturas políticamente correctas no alcanzan.

Esto es lo que viene sucediendo en el campo evangélico latinoamericano hace ya unos años. Y como mencionamos, esto acontece a la par de los conflictos y tensiones socio-políticas del continente. ¿La iglesia sigue pretendiéndose neutral o apolítica? Pues los hechos la contradicen completamente. En realidad nunca ha sido así. Pero la profundización de conflictos que han alcanzado una visibilización pública lo han expuesto aún más.

Las tensiones se han dado tanto hacia dentro como hacia fuera de la iglesia. Por un lado, encontramos una movilización social cada vez más notoria por parte de agentes evangélicos para protestar contra proyectos de ley, profesionales creyentes que asumen un concienzudo trabajo protocolar de lobby político, una estrategia sistemática en el modo en que grupos de pastores se operativizan y buscan apoyo (logístico y financiero) de organizaciones internacionales, entre otros elementos. Por otro lado, esto ha traído coletazos hacia dentro del mundillo eclesial: bandos “pro” y “anti” que emergen en las mismas comunidades, pastores expulsados de sus denominaciones por no apoyar discursos institucionales sobre temas sociales sensibles, profesores de teología echados de seminarios por enseñar corrientes teológicas “peligrosas”, y hasta la cancelación de conferencias por temores de “subversión”, tal como lo pone de manifiesto el bochornoso suceso que hoy ocupa a buena parte del mundo evangélico brasileño, como fue la suspensión de la charla del reconocido teólogo René Padilla en una facultad de las Asambleas de Dios de Brasil bajo la acusación de “marxista”.

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Por ello, evangélicos y evangélicas, dejen atrás sus excusas teológicas y asuman su lugar. La iglesia ha decidido meter los pies en el barro de la política y tendrá que hacerse cargo, ya que su nombre ya no será visto como la pobre víctima del catolicismo monopólico (con quien ahora estrechan manos para las luchas callejeras), ni de la “persecución” de la gente, ya que ha sido la misma iglesia la que decidió exponerse frente a la sociedad con sus reclamos. Hoy, parte del campo evangélico decidió empoderarse (un poco más que antes) y hacerse escuchar. Y es por ello mismo que debe aceptar las reglas del juego dentro del espacio público.

Y he aquí, entonces, el gran problema: no se asume la responsabilidad que dicho protagonismo implica. Las iglesias hablan de “democracia”, cuando el hecho de poder levantar su voz es precisamente el resultado de una dinámica tal. ¿Por qué, entonces, luchar tan fervientemente por acallar y demonizar el reclamo de otros/as? ¿No es ello antidemocrático? Dicen sentirse “discriminados” por las leyes que se están tratando, ya que desafían las moralinas tradicionales de sus instituciones y de la propia “palabra de Dios”. ¿Pero acaso no están haciendo exactamente lo mismo con respecto a otras expresiones y sus modos de legitimación? Hablan de “imposición” del gobierno, pero a la hora de defender su visión, lo hacen en nombre de “la verdad revelada”. ¿Entonces? ¿En qué estamos?

La iglesia quiere hacerse un actor público, pero buena parte de su teología y forma de comprenderse a sí misma le impide actuar de una manera acorde. Peor aún, buena parte del liderazgo es totalmente consciente de ello y lo está utilizando –desde sus publicaciones, púlpitos, enseñanzas, etc.- para intereses totalmente personales, y desde allí ideológicos y hasta partidistas.

Parte de la iglesia no quiere darse cuenta que hacerse del espacio público es encontrarse con otros con quienes deliberar por lo que hay en común, sin imposiciones, respetando las voces ajenas, reconociendo el derecho de los demás y tratando de llevar un espacio de intercambio, que no dejará de ser conflictivo pero no por ello carente de validez. Más aún, ¡sin desacuerdo no hay debate! Si no se respeta la pluralidad inherente a lo público, entonces no hay incidencia sino más bien un intento de imposición autoritaria (o, siendo más coherentes con este caso, teocrática).

Y en este sentido, la iglesia también es un espacio público; ergo, un marco plural y diverso de posicionamientos, teologías, opiniones, experiencias, etc. Eso es ser ekklesía. Parece que necesitamos volver un poco a los orígenes. ¿O simplemente estudiar más la Biblia y nuestra teología?

Las aguas están divididas. El contexto socio-político así lo manifiesta. Y buena parte de la iglesia evangélica ha decidido profundizar dicha grieta, aunque dice no hacerlo, acusando siempre a “los otros”. Por todo esto, hoy no hay lugar a titubeos ni a diálogos teológicos que no quieran dañar susceptibilidades. Así son las reglas del juego, nos guste o no. Y ello no es culpa de quien traiga “nuevos vinos” sino de quienes quieren mantener los “odres viejos”, pero ser parte de la fiesta.

Las acusaciones como las recibidas por René Padilla son una clara demostración de que andar “a medias tintas” –como lo ha predicado la Misión Integral (MI) por mucho tiempo, por no querer adherirse a ningún bando- no sirve, y termina finalmente siendo aún más contraproducente, demarcando más fuertemente la división, al punto de ser violentamente impuestos a ser juzgados por ser parte de “los otros”, los errados, los malos, los extremistas, etc. Finalmente, lo políticamente correcto y las imprecisiones temerosas terminan afectando aún más. Hoy, la MI –en la respetable persona de René Padilla- fue víctima del perverso vicio del fundamentalismo cristiano evangélico. Pero la MI tendrá que reconocer que ella misma dio lugar a este juego al mantenerse al margen de tantas discusiones sensibles. La etiqueta que quería evitar, al final le fue endosada desde afuera.

Esto nos indica también que los posicionamientos no vienen del lado del “contenido” de su discurso ni de los argumentos convincentes que puedan darse, sino de la radicalidad que asume un lugar. No es un tema de contenidos; es un tema de opción. No una opción simplemente ideológica o política. Más bien, y precisamente por esos factores, un posicionamiento de fe. Todos los bandos en cuestión han decidido tensar aún más el hilo, dividir las aguas. Desde allí, verán al otro como contrincante, por más que éstos no quieran serlo. Esto es cuestión de articulación e identificación, no de discusión ni argumentación. Lo queramos o no, “los otros” emitirán juicio antes que nosotros.

Por ello, a hacerse cargo, a no ofenderse, a aprender a argumentar y a enfrentar el conflicto dispuesto por todas las partes. Basta de silencios, de poliquetería barata y de verdades absolutas. Esto es incidencia, queridas y queridos. Asúmanlo. Porque mientras tanto, la sangre sigue derramándose y nadie quiere hacerse cargo.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. 



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