Una meta para el 2017: Estudiar la Palabra con mayor profundidad | Por Juan Stam

¡Qué bueno sería que este año fuera tu inicio en el estudio de la Palabra de Dios más a fondo!

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Es importante darnos cuenta de que hay diferentes tipos de "lectura" de cualquier libro. Leo una novela o un libro de poesía, por ejemplo, por el simple placer de su lectura. De muy otra manera leo un texto de química o de teología, y de una manera parecida, pero con importantes diferencias, un libro de historia. Esos tipos de lectura requieren más cuidado, más atención y más análisis.

Hay también diferentes niveles de lectura de la Biblia. Sin duda, el nivel más común, y con el que todo cristiano comienza su experiencia bíblica, es la lectura devocional o inspiracional. En este nivel, leemos la Biblia en busca de alimento espiritual personal, de frases y promesas que nos animan y textos que nos fortalecen. Un segundo nivel, en que queremos entender mejor nuestra fe, es el de la lectura doctrinal de la Biblia. Aquí buscamos versículos, o mucho mejor, pasajes, que aclaran las verdades de nuestra fe. Otra lectura, poco atendida pero de hecho muy importante, es la lectura histórica, que descubre a través de toda la Bibla la larga historia de la acción de Dios para nuestra salvación. Idealmente, todas estos niveles de lectura deben regirse por el enfoque exegético, que busca en todo momento, hasta dónde sea posible, descubrir el mensaje original que el autor inspirado comunicaba a los receptores de la Palabra.

Jesús, un desplazado | Por María Alejandra Andrade


Foto: Refugee camp. Flickr.com/María Salamanca. CC BY-NC 2.0
Debo confesar: esta Navidad me ha sido particularmente un poco más difícil conformarme con que Navidad sea un tiempo de compartir en familia, mostrarnos afecto y desearnos unos a otros amor y paz. Me ha costado mucho dejar de pensar en tantísimas personas para quienes deseos tan comunes en esta época como "unidad", "paz" y "amor" les son negados. Uno de ellas son las personas desplazadas, de quienes escuchamos de vez en cuando en los medios de comunicación. ¿Qué puede el nacimiento de un niñito en la sencillez de un pesebre significar para las familias que fueron evacuadas esta semana en Alepo; o para los papás que están haciendo su mejor esfuerzo por proveer calor y comida a sus hijos en los campamentos de refugiados repartidos por Europa; o para los niños y niñas en estado de desnutrición crónica en Yemen; o para las mamás en Centroamérica que huyeron de las maras junto a sus pequeños hijos, exponiéndose a todo tipo de violencia?

Por una Navidad con sentido | Por Víctor Rey

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Hoy la Navidad sufre una gran distorsión en su real sentido. Cuando pensamos en la Navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus o el Viejito Pascuero, los regalos y toda la fiebre consumista que se forma en torno a esta festividad. Urge hoy encontrar el verdadero sentido y compartirlos entre los cristianos y cristianas y vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.

Estamos viviendo el tercer milenio, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo, siguen estando marcadas por los signos de la anti- vida y por ende de los anti- valores del anti-reino. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socio económicas y la desesperanza de los más necesitados están marcando el paso de los inicios de este tercer milenio en latinoamericano.

La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a convertirse en una realidad para nosotros y nosotras hoy. Nuestro mensaje y acción pastoral debe estar cargada de mucha esperanza. El pueblo latinoamericano desea escuchar buenas noticias, noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena. Hoy queremos escuchar las buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo. Pero esa noticia ya se ha echado a rodar por nuestra América que proclama “hacer nuevas todas las cosas”. Así avanzando contra las tinieblas, la luz verdadera sigue su curso fulgurante que nada ni nadie puede detener. De esta manera conciben los autores bíblicos el anuncio del Evangelio de Jesucristo por los caminos del Mundo. Pablo habla de la dinamita de Dios de la cual él no se avergüenza. Juan habla de la “luz que brilla... y la oscuridad no ha podido apagarla”. Lucas narra la épica de un avance incontenible contra viento y marea, en el mundo greco-romano del siglo I.

El Dios que quiso ser bebé (Una meditación navideña) | Por Juan Stam


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Para los que creemos profundamente en la deidad de Jesucristo y estamos convencidos de que él era (y es) Dios, nos resulta algo difícil reconocer también su plena humanidad. La primera herejía cristológica, que el Nuevo Testamento asocia con el Anticristo, es la de negar que Jesucristo ha venido en carne (1 Jn 4:3; 2 Jn 7). Aunque nos pueda parecer muy espiritual y santo exagerar exclusivamente el carácter divino de Jesús y minimizar o negar su humanidad, y muchos tenemos algo de esa tendencia, de hecho es un error gravísimo. El Nuevo Testamento enseña que Jesús es tan Dios como el Padre, pero también tan humano como cualquier de nosotros. De hecho, más humano, porque no tenía nada del pecado que nos deshumaniza a nosotros.

Cuando Juan 1:14 declara que "el Verbo fue hecho carne", al escoger la palabra "carne" enseña en una forma muy enfática la plena identificación de Cristo con nuestra humanidad. El término "carne" sugiere nuestra debilidad como seres humanos, nuestra vulnerabilidad y aun nuestra inclinación hacia el pecado. Y esa es la naturaleza humana que el Verbo eterno quiso asumir al nacer entre nosotros. No nació con alguna naturaleza humana privilegiada, inmune a la tentación y las angustias de nuestra vida humana, como una especie de "Superman" o ángel divino que sólo aparentaba ser humano. Él era realmente humano, era "carne".

Carne, ¿qué te hiciste? Pregunta teológica en Navidad | Por Harold Segura

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En Navidad celebramos la Encarnación de Dios:

“Y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. (Juan 1:14 La Palabra-BLP)

Y, según el Evangelio de Mateo, el nombre del niño que nació es Emmanuel, que significa Dios con nosotros (Mateo 1:23). Son relatos henchidos de carne, de la carne bajo la cual Dios decidió visitarnos y hacerse como uno de nosotros. Porque al Creador no le bastó dialogar con sus criaturas, sino que quiso hacerse igual a ellas y experimentar “en carne propia” la humanidad que había creado.
 
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