Solidaridad: Un valor del Reino de Dios | Por Víctor Rey

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Casi siempre pensamos en la Solidaridad como una actitud que debemos asumir en emergencias y desastres, sin embargo, la Solidaridad es una característica de la sociabilidad que inclina al hombre y la mujer a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos.

Podemos manifestar esta unión y cooperación, cada vez que procuramos el bienestar de los demás, participando en iniciativas que nos impulsen a servirles, como puede ser la visita a los enfermos en un hospital, haciendo colecta de ropa y alimentos para los más necesitados, en un grupo que imparta educación en comunidades marginadas, colaborando en campañas de limpieza y cuidado de calles, en los momentos que auxiliamos a quienes son víctimas de alguna catástrofe, es decir prestando nuestros servicios en la creación de mejores condiciones de vida.

La Solidaridad es la ayuda mutua que debe existir entre las personas, no porque se le conozca o sean nuestros amigos, simplemente porque todos tenemos el deber de ayudar al prójimo y el derecho a recibir la ayuda de nuestros semejantes.

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El principio de Solidaridad, expresado también con el nombre de amistad o caridad social, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana. La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo a favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.

La identidad humana y cristiana se esclarecen en la revelación divina. En el contacto con el texto bíblico se tiene la oportunidad de reconocer la propia dignidad humana, la vocación y la misión del ser humano. El hombre y la mujer ha sido creados por amor y para amar y solo en ese ámbito pueden realizarse.

La plenitud del amor se da en la comunidad. Por eso el proyecto de Dios fue salvarnos como pueblo, ya que la persona humana es siempre relación de amor. La Iglesia no puede desarrollar su misión sino es en la comunión orgánica.

¿Cómo afrontar esta nueva realidad económica? ¿Cómo tener una visión adecuada de la globalización?

En primer lugar, los cristianos deben partir de una lectura creyente de la Biblia, que es el paradigma esencial de la práctica y la vivencia del amor traducido en solidaridad. El contacto con la Palabra de Dios produce frutos de caridad. La lectura asidua y orante de la Palabra de Dios, provocará actitudes estables de solidaridad. La solidaridad se rige también por una ética o moral, ya que muchos dicen ser solidarios, pero buscan sólo su bien personal o grupal.

En segundo lugar, los cristianos deben luchar para que nadie quede excluido de los beneficios económicos, culturales, sociales y políticos. Hay que buscar los caminos y los métodos que favorezcan el respeto absoluto de las personas, de las culturas, de las conciencias y de las religiones.

El respeto a la libertad personal y de conciencia, así como la plena libertad religiosa debe favorecer una verdadera globalización de la fraternidad y de la mutua comprensión. Solamente de esta manera, podremos realmente afrontar el reto de la globalización, que por su carácter excluyente y destructor de la vida, es contraria a la universalidad y a la ecumenicidad.

Los problemas socio-económicos solo pueden resolverse con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre si, de los ricos y los pobres, de los trabajadores, empresarios, empleados, naciones y pueblos. La Solidaridad a nivel local, nacional e internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

La respuesta es amor convertido en solidaridad, solo así venceremos los difíciles problemas que nos aquejan como humanidad. No olvides que cuanto mayores y más importantes sean tus privilegios, tanto mayor es tu responsabilidad.

Sobre el autor:
Víctor Rey es chileno. Director del Servicio de Estudios de la Realidad (SER). Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.




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