Espero, sí, pero ¿qué espero? | Por Harold Segura C.

Harold Segura C. | Crónicas e impresiones desde Lausana III (2)
Johannesburgo, Octubre 16 de 2010

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Antes de subirme al avión que me llevaría hacia Johannesburgo, donde estoy ahora, me encontré en el aeropuerto de Sao Paulo con varios amigos y amigas de las delegaciones de Brasil y de Chile, entre los que había una misionera argentina que trabaja en Portugal. Los chilenos eran Víctor Rey, presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y mi compañero de trabajo en Visión Mundial, y Luis Tapia, un joven pastor bautista y profesor de filosofía en Valparaíso a quien conocía por intercambios virtuales a través del Facebook (de esos buenos amigos que uno ha tenido aunque nunca se hayan visto antes. ¡Milagros de la Internet!).

Luis fue quien me dijo que le parecía llamativo que los jóvenes como él llegaran al Congreso de Ciudad del Cabo con tan pocas expectativas, al mismo tiempo que notaba que algunos de los mayores (digamos, los mayores de 40 años, para no sentirnos tan lejos) llegábamos con la esperanza de que sucediera algo significativo. Claro, hay de todo, también están llegando viejos pesimistas (me los he encontrado en varias partes) y jóvenes esperanzados. De todo, como en botica.

Ya que he dicho que yo me encuentro en el grupo de los ilusionados (con esperanzas, aunque no sin prevenciones), vale ahora que diga algo acerca de lo que espero; en palabras bíblicas, que dé «razón de mi esperanza» (1 Pedro 3:15).

¿Qué espero? Después del Lausana I (1974, Lausana, Suiza) y del Lausana II (1989, Manila, Filipinas), tiene uno el santo derecho a esperar que el pueblo evangélico reunido en su más importante cónclave mundial, primero, se exprese con pertinencia respecto de los acuciantes problemas del mundo (vea el contexto con ojos atentos), segundo, actualice sus perspectivas teológicas (juzgue con criterios de fe actual) y, tercero, renueve sus compromisos integrales como instrumento de Dios en la tierra (actúe de manera responsable). Este esquema básico de ver, juzgar y actuar ya sería, de por sí, un avance metodológico valioso para seguir soñando con la renovación integral del pueblo evangélico.

El temario que se ha desarrollado en los diálogos previos al Congreso dan argumentos para pensar que Lausana III será relevante (disculpen, por favor, mi terquedad). En los documentos de presentación del evento, por ejemplo, se explica que la motivación por la cual se convocó a un nuevo Lausana es porque «es hora de reconsiderar, a la luz de las nuevas circunstancias, la teología, estrategia y prácticas de la evangelización, así como la necesidad de buscar una visión más unida para la compleja tarea de presentar a Cristo al mundo». Se habla de teología, estrategia y prácticas. Además, al anunciar el propósito, se señala que la evangelización debe situarse en el nuevo contexto plural y posmoderno, donde hay pobreza, miseria, desastres naturales y mucho dolor y dónde, además, la iglesia se muestra superficial e inmadura. Es decir, el mundo ha cambiado, los problemas han aumentado y la iglesia se ha debilitado.

Ahora todo dependerá de lo que se vaya a hacer con esas afirmaciones. Mis amigos y amigas pesimistas siguen diciendo que esto no servirá más que para maquillar con atractivos colores el viejo y siempre pálido rostro del conservadurismo evangélico. Sí, puede ser. Pero también puede ser que esos colores de la pálida figura introduzcan cambios que promuevan nuevas formas de ser y de vivir como Iglesia en este mundo dolorido. ¿Acaso no fue eso lo que sucedió en Lausana I? En mi caso, sueño con algo más que maquillajes (¿será posible que aquí se produzca una cirugía plástica? Disculpen el humor irónico, que de terapia debe servirnos).

Bueno, espero mucho, lo reconozco. Espero que las realidades del sufrimiento, la miseria, la injusticia, la violencia, el desastre del medio ambiente y la pobreza se tomen en serio como contexto ineludible de la misión; igual, que se contemple la situación de la niñez, de los pueblos originarios, de los afrodescendientes, de los migrantes y de las personas con diferentes discapacidades. Espero que cuando se hable de las necesidades del mundo no se haga como una simple mención estadística para introducir un plan estratégico de evangelización proselitista (también los textos previos dejan ver este riesgo).

Espero que avancemos en la teología de la misión; que pasemos de la integración de los componentes de la tarea misionera (evangelización y responsabilidad social) a la integralidad de las acciones de Dios en la Historia y al compromiso de su Pueblo como instrumento del Reino. Una misionología centrada en el misterio de Cristo ---más que en su obra expiatoria a la vieja manera de Anselmo de Canterbury---; una teología de la misión que asuma como presupuesto antropológico la importancia y la dignidad del ser humano (Ireneo de Lion antes que Agustín de Hipona). En fin, una misionología que barra el polvo asentado por los siglos y se arriesgue a la vieja novedad del Espíritu.

Espero, también, que se aborden los temas cruciales para la nueva configuración del pueblo evangélico. Si es verdad que el mundo ha cambiado, también lo es que necesitamos una nueva Iglesia. Que nos pronunciemos con conciencia cristiana acerca de la igualdad de hombres y mujeres, de la cooperación ecuménica, del diálogo inter-religioso; que asumamos la denuncia profética como tarea esencial a la misión y nos expongamos a un arrepentimiento honesto y sincero.

En cuanto a esto último, lo del arrepentimiento, no podemos ignorar que aquí también estarán los líderes evangélicos del llamado Primer Mundo. Los que apoyaron con sus dudosas teologías y con su entusiasmo religioso las invasiones y las nuevas guerras santas; los que siguen insistiendo en la superioridad de la raza blanca, aunque tengan un presidente negro; los que se siguen sintiendo dueños y patrones de la misión y convocan a sus hermanos y hermanas del llamado Tercer Mundo para que colaboremos en ella. Aquí está el pueblo evangélico que con sus desaciertos políticos cerró muy mal el siglo XX, pero que se reúne ahora, en tierras africanas, con la esperanza de transitar por el siglo XXI tratando de ser más fiel al evangelio. Ya lo he dicho, la esperanza no avergüenza… aunque, a veces, me haga sentir con cierta pena (vergüenza) por esperar tanto.
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