Solidaridad cristiana: un valor esencial del Reino de Dios

Personas colaborando en la limpieza de una calle como expresión de solidaridad, comunidad y responsabilidad social en un barrio latinoamericano.

Casi siempre pensamos en la solidaridad como una actitud que debemos asumir en emergencias y desastres; sin embargo, la solidaridad es una característica de la sociabilidad que inclina al hombre y la mujer a sentirse unidos a sus semejantes y a la cooperación con ellos.

Portada del libro

Iglesia mestiza

Iglesia mestiza es una obra que demuestra que la justicia social no es un añadido a la fe cristiana, sino una de sus expresiones históricas más coherentes. A través de cinco siglos de historia latina, Robert Chao Romero articula una teología encarnada que ha resistido colonialismos, dictaduras y exclusiones, mostrando cómo la fe ha sido motor de dignidad y transformación. El libro invita a comprender la iglesia mestiza como una comunidad creyente cuya esperanza apunta tanto a la redención futura como a la renovación concreta del mundo presente.

La solidaridad como práctica cotidiana

Podemos manifestar esta unión y cooperación cada vez que procuramos el bienestar de los demás, participando en iniciativas que nos impulsen a servirles, como puede ser la visita a los enfermos en un hospital, haciendo colecta de ropa y alimentos para los más necesitados, en un grupo que imparta educación en comunidades marginadas, colaborando en campañas de limpieza y cuidado de calles, en los momentos en que auxiliamos a quienes son víctimas de alguna catástrofe; es decir, prestando nuestros servicios en la creación de mejores condiciones de vida.

La solidaridad es la ayuda mutua que debe existir entre las personas, no porque se les conozca o sean nuestros amigos, sino simplemente porque todos tenemos el deber de ayudar al prójimo y el derecho a recibir la ayuda de nuestros semejantes.

El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de amistad o caridad social, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana. La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo a favor de un orden social más justo, en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.

Solidaridad, fe y responsabilidad global

La identidad humana y cristiana se esclarecen en la revelación divina. En el contacto con el texto bíblico se tiene la oportunidad de reconocer la propia dignidad humana, la vocación y la misión del ser humano. El hombre y la mujer han sido creados por amor y para amar, y solo en ese ámbito pueden realizarse.

La plenitud del amor se da en la comunidad. Por eso, el proyecto de Dios fue salvarnos como pueblo, ya que la persona humana es siempre relación de amor. La Iglesia no puede desarrollar su misión si no es en la comunión orgánica.

¿Cómo afrontar esta nueva realidad económica? ¿Cómo tener una visión adecuada de la globalización?

En primer lugar, los cristianos deben partir de una lectura creyente de la Biblia, que es el paradigma esencial de la práctica y la vivencia del amor traducido en solidaridad. El contacto con la Palabra de Dios produce frutos de caridad. La lectura asidua y orante de la Palabra de Dios provocará actitudes estables de solidaridad. La solidaridad se rige también por una ética o moral, ya que muchos dicen ser solidarios, pero buscan solo su bien personal o grupal.

En segundo lugar, los cristianos deben luchar para que nadie quede excluido de los beneficios económicos, culturales, sociales y políticos. Hay que buscar los caminos y los métodos que favorezcan el respeto absoluto de las personas, de las culturas, de las conciencias y de las religiones.

El respeto a la libertad personal y de conciencia, así como la plena libertad religiosa, debe favorecer una verdadera globalización de la fraternidad y de la mutua comprensión. Solamente de esta manera podremos realmente afrontar el reto de la globalización, que por su carácter excluyente y destructor de la vida es contraria a la universalidad y a la ecumenicidad.

Los problemas socioeconómicos solo pueden resolverse con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores, empresarios, empleados, naciones y pueblos. La solidaridad a nivel local, nacional e internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

La respuesta es amor convertido en solidaridad; solo así venceremos los difíciles problemas que nos aquejan como humanidad. No olvides que cuanto mayores y más importantes sean tus privilegios, tanto mayor es tu responsabilidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar