El escándalo de la resurrección: la vida en labios de mujeres

Mujeres en América Latina frente a una morgue al amanecer, en escena urbana contemporánea que evoca el anuncio de la resurrección en labios de mujeres.

Los relatos de aparición del resucitado, conocidos en la exégesis como Erscheinungsgeschichten dentro de las tradiciones pascuales, constituyen uno de los núcleos más densos y disputados de la tradición neotestamentaria.1 No solo transmiten una experiencia fundante, sino que configuran un espacio hermenéutico donde se define quién puede ser portador legítimo de revelación.

Portada del libro

La resurrección del Hijo de Dios

En La resurrección del Hijo de Dios, N. T. Wright reconstruye con rigor histórico el complejo universo de creencias sobre la vida después de la muerte, mostrando cómo la idea de la resurrección resultaba escandalosa en el mundo antiguo. A través de un análisis que cruza pensamiento griego, tradición judía y testimonios cristianos primitivos, el autor sostiene que la fe en la resurrección corporal de Jesús no fue una invención tardía, sino el núcleo que dio forma al cristianismo. El libro no solo examina la tumba vacía como problema histórico, sino que expone las profundas implicaciones políticas y teológicas de llamar a Jesús “Hijo de Dios”, una afirmación que sigue siendo disruptiva hoy.

Los cuatro evangelios —Marcos, Mateo, Lucas y Juan— coinciden en un dato teológicamente decisivo: son mujeres quienes inauguran el horizonte pascual. Esta convergencia difícilmente responde a una construcción apologética posterior; más bien conserva la memoria de un acontecimiento que desborda los criterios de autoridad del mundo antiguo.2

En el caso de Marcos, la tensión alcanza su forma más radical. En su versión más antigua (Mc 16,1-8), las mujeres —entre ellas María Magdalena— llegan al sepulcro, buscan un cuerpo, encuentran ausencia y reciben un anuncio: “ha resucitado, no está aquí”. Sin embargo, el relato no culmina en proclamación, sino en ruptura: huyen, tiemblan, tienen miedo… y no dicen nada a nadie.

Aquí, la resurrección no aparece como evidencia triunfante, sino como palabra interrumpida. No hay aparición visible, no hay validación inmediata, no hay comunidad que reciba el anuncio. Solo queda el mensaje… y el silencio. Este final no clausura el relato; lo abre. Deja al lector en el lugar de quien debe decidir si ese anuncio será finalmente dicho o seguirá siendo contenido por el miedo.3

En la redacción final (Mc 16,9-11), se incorpora la aparición a María Magdalena, pero el conflicto persiste: no le creen. Así, incluso cuando el anuncio es pronunciado, no es reconocido. La dificultad no radica en la falta de revelación, sino en su acogida.4

Mateo (Mt 28,1-10) recoge esa tensión y la desplaza: las mujeres pasan del temor al movimiento. Corren, anuncian, y en el camino Jesús mismo las encuentra. El envío no solo se ordena, se confirma. La palabra que en Marcos queda suspendida, aquí se pone en circulación.5

En Lucas (Lc 24,1-12), el conflicto se instala en la recepción: las mujeres recuerdan, interpretan y anuncian… pero su palabra es considerada lêros, es decir, delirio, discurso sin valor. La revelación ocurre, el anuncio se da, pero es desautorizado. La incredulidad no es ausencia de testimonio, sino rechazo de quien lo porta.6

Juan (Jn 20,1-18) introduce un desplazamiento decisivo: María Magdalena no huye. Permanece. Llora. Busca. Y, en ese permanecer, el reconocimiento acontece cuando es llamada por su nombre. La resurrección se revela aquí no como espectáculo, sino como relación. Y de esa relación brota el envío: “ve y di”.7

En todos los relatos, se reconoce una misma configuración narrativa —lo que la exégesis denomina Erscheinungsschema—: las mujeres ven, escuchan, reciben el anuncio… y son enviadas. Pero el desarrollo de estos relatos deja ver algo más profundo: la resurrección no fracasa por falta de testigos, sino por la dificultad de ser reconocida cuando se anuncia desde quienes no tienen autoridad.8

Ahí se revela una radicalidad mayor: quienes reciben la revelación no son inmediatamente reconocidas como portadoras de ella. La fe no se juega únicamente en ver, sino en reconocer.

Ahí se sitúa el escándalo: la vida irrumpe, pero no es reconocida; es anunciada, pero no es creída. Y lo es, además, en labios de mujeres.

A la luz de estos relatos, la resurrección no solo inaugura una fe, sino que desestabiliza los criterios desde los cuales se valida la palabra. El acontecimiento fundante del cristianismo se confía, en su origen, a quienes no tenían reconocimiento público.

Desde María Magdalena y las mujeres del sepulcro, hasta tantas otras —nombradas y no nombradas— en la historia de las comunidades creyentes, la vida ha seguido abriéndose paso a través de voces que no siempre han sido escuchadas.

En el ámbito eclesial, esta tensión continúa. El papel de las mujeres ha sido fundamental en la vida de las comunidades, aunque muchas veces no haya sido plenamente reconocido. Sin embargo, los relatos de aparición conservan una memoria que no puede ser anulada: en el origen mismo de la fe, las mujeres no solo están, sino que anuncian.

La resurrección, hoy, no puede reducirse a una afirmación doctrinal ni a un recuerdo litúrgico. Es una irrupción que sigue teniendo lugar allí donde la vida emerge en medio de la muerte, donde lo descartado insiste en existir, donde las voces desacreditadas anuncian sentido.

Creer en la resurrección implica, entonces, algo más radical: aprender a reconocer la vida cuando emerge desde los márgenes y dejarnos interpelar por quienes la anuncian.

Porque quizá la dificultad no ha sido la ausencia de anuncio…

sino nuestra resistencia a creer cuando la vida es pronunciada —todavía— en labios de mujeres.

Notas

  1. Rudolf Bultmann, Teología del Nuevo Testamento, vol. 1 (Salamanca: Sígueme, 1981), 45–48; Martin Dibelius, La historia de las formas del Evangelio (Salamanca: Sígueme, 1984). ↩︎
  2. N. T. Wright, La resurrección del Hijo de Dios (Estella: Verbo Divino, 2008), 607–615. ↩︎
  3. Joel Marcus, El Evangelio según Marcos (8–16) (Estella: Verbo Divino, 2010), 1069–1085. ↩︎
  4. Ibid., 1088–1095. ↩︎
  5. Ulrich Luz, El Evangelio según Mateo (Mt 21–28) (Salamanca: Sígueme, 2005), 612–620. ↩︎
  6. François Bovon, El Evangelio según Lucas III (Lc 19,28–24,53) (Salamanca: Sígueme, 2013), 372–380. ↩︎
  7. Raymond E. Brown, El Evangelio según Juan (XIII–XXI) (Madrid: Cristiandad, 2000), 1008–1015. ↩︎
  8. Gerd Theissen, La religión de los primeros cristianos (Salamanca: Sígueme, 2002), 164–170. ↩︎

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