Pablo comparte con su amado discípulo Timoteo unas palabras que serían luz y dirección para el llamado y la vocación que, desde niño, comenzó a cultivarse en su vida:
“Pero tú, sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio”.
Regresando a una cátedra en el Seminario Teológico Bautista del Ecuador, donde se abordan las implicaciones de la Teología y del ministerio pastoral, me enfrenté nuevamente con esta verdad. La he experimentado junto a mi esposa muchas veces a lo largo de estos 35 años de servicio pastoral, pero nunca deja de ser actual.
Hay que ser sobrio cuando las circunstancias nos sorprenden. Es necesario aprender que las aflicciones se soportan con valentía y entereza, aunque en ciertos momentos uno quisiera cerrar capítulos de su vida, incluso el ministerio. También hay que hacer obra de evangelista, porque, ante una tristeza que llena el alma, ¡cuán necesarias son las alegrías que trae el ser instrumento para que alguien conozca de Cristo! Finalmente, hay que cumplir el ministerio: no como una actividad o programa, sino como ese llamado que marca la vida y que nos recuerda: “Para esto naciste, para esto fuiste elegido, separado y llamado por el Eterno, para que lleves adelante lo que Él te encargó”.
Crecí en un tiempo en que los evangélicos éramos muy pocos. La lealtad, el amor y el compromiso eran marcas imborrables de una iglesia que amaba a su pastor y, al mismo tiempo, la huella de un pastor que se entregaba por su iglesia. Cuando observo lo que sucede en la actualidad, pienso con dolor que eso se ha convertido en un recuerdo, en una realidad que ya no es.
Pastor e iglesia eran como un matrimonio: una unión que permanecía en todo tiempo. Algo que, para muchos, también dejó de ser. Hoy, si no funciona, no hay que complicarse: simplemente se termina.
A pocos meses de cumplir 60 años y de poder jubilarme, ronda en mi mente la posibilidad de cerrar un capítulo de mi vida. Uno que me ha dado muchas alegrías y algunas tristezas; uno que me ha enseñado tanto del amor de Dios como de la realidad humana. Los pastores que en verdad tenemos vocación amamos a la gente; nos gozamos y nos dolemos por las situaciones que enfrentan.
En la vida de las iglesias, los pastores también pasan. El tiempo de su ministerio concluye por múltiples razones, cerrándose un episodio tanto en sus vidas como en la de las congregaciones a las que sirvieron. Por eso es importante recordar lo que nunca debe olvidarse: si esta relación no es contractual, laboral ni un simple servicio, sino que responde a una invitación que el mismo Señor hace a su siervo a través de la Iglesia, será necesario mantener siempre presente lo que este vínculo no debe perder.
La relación iglesia-pastor debe conservar viva la llama del amor: ámenlo, anímenlo, háganlo parte de sus vidas, compartan con él sus alegrías y tristezas. Cuando algo no les guste, exprésenlo; no se callen ni, mucho menos, tomen decisiones que lastimen y quebranten la unidad del cuerpo, que es la Iglesia. Los pastores tienen falencias, como cualquier persona; cometen errores, al igual que las iglesias. Sin embargo, el Señor nos une a esa familia para ser parte de ella y contribuir a su edificación y crecimiento.
El cantante brasileño Roberto Carlos menciona en una de sus canciones:
“Yo soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores; de aquellos que en el pecho aún abrigan recuerdos de románticos amores”.
Yo me formé en la época de esos pastores “a la antigua”: aquellos que se entregaban amando y dando lo mejor por sus ovejas. Pastores que llevaban a sus ovejas en el corazón, orando por ellas y anhelando su bienestar. Pastores que reían sus alegrías y lloraban sus tristezas. Pastores para quienes las ovejas no eran un número, sino vidas que se entrelazaban con la suya.
Esa generación de pastores, me parece, está en extinción. Cada vez quedan menos. Los afanes de la vida y los enfoques del ministerio cambiaron drásticamente. Hoy los auditorios demandan buenos comunicadores, carismáticos, motivadores, que cautiven. Pero con ellos no suele haber compromiso: cuando aparece otro mejor, las multitudes lo siguen. Como eso lo saben, se dice: “Si se va uno, vienen tres”. Un pensamiento que se refleja en las palabras y acciones de muchos que, llamándose pastores, hoy ocupan las plataformas de las iglesias.
La nostalgia por un tiempo que ya no volverá, en ocasiones me entristece. Sin embargo, me alienta saber que puedo seguir formando a quienes deberán escoger un camino, aquel con el que se identificarán. El modelo sigue siendo Jesús, el Maestro, nuestro amado Pastor, quien también vivió lo que los auténticos pastores enfrentan: el dolor, la tristeza y el abandono de aquellos que, a pesar de amarlos, se fueron sin decir nada.
“Como resultado de esto, muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con Él. Entonces Jesús dijo a los doce discípulos: ¿Acaso también ustedes quieren irse?”
El camino continúa, no se detiene, y la estela de un tiempo que ya fue seguirá presente. Nos queda el desafío de que esas huellas —las que otros nos dejaron y guiaron— puedan ser replicadas en este tiempo, para que quienes transiten en el ministerio pastoral tengan la posibilidad de seguirlas.
La esperanza permanece en que siempre existió un remanente: aquellos que no quisieron sepultar ni desconocer que el Eterno sigue en control y que Él obra en medio de toda circunstancia. El ejemplo del Buen Pastor nos debe seguir alumbrando: el Pastor que, a pesar de todo y en medio de todo, da la vida por sus ovejas.
Entonces, es posible que la pastoral que ama y se entrega por las ovejas no esté en extinción.