Una reflexión indígena y teológica desde la COP30 sobre justicia climática, memorias indígenas y defensa de la vida.
“Debemos amar al Creador, a Nabgwana (Madre Tierra). Somos hijos e hijas de la tierra, y nuestro deber es cuidarla, defenderla, amarla.”
No aprendí estas palabras en una cumbre climática ni en un aula universitaria. Las escuché primero en la voz de mis abuelas y abuelos, en el corazón del pueblo Gunadule. Son palabras antiguas, pronunciadas muchas veces antes de que existieran los acuerdos internacionales, pero siguen diciendo lo esencial: la tierra no es un recurso, es pariente. Y a los parientes no se les negocia la vida.
Con esa memoria entré a la COP30, celebrada en Belém, Brasil. No como observadora, sino como delegada de Panamá y negociadora1 en el tema de transición justa. Allí confirmé algo que llevo tiempo intuyendo desde la teología y desde la vida comunitaria: negociar puede ser una forma de oración y una práctica concreta de justicia.

Jocabed Solano, lideresa del pueblo Gunadule y directora de Memoria Indígena, participó como negociadora de la delegación de Panamá en la COP30. Desde la transición justa, articuló teología y saberes indígenas para defender que la acción climática global respete los derechos humanos y la autonomía de los pueblos originarios.
Cuando la política cansa el cuerpo y pone a prueba el alma
Las semanas de negociación fueron duras. Pocas horas de sueño, comidas salteadas, textos que se reescribían una y otra vez. Pero el cansancio no era solo físico. Cada palabra discutida tenía peso histórico. Cada coma podía significar protección o despojo para nuestros pueblos.
En esos espacios donde la ética suele quedar subordinada a los intereses, mi fe en Jesús fue refugio y fuerza. La oración —la mía y la de muchas personas que acompañaron este proceso— me recordó que no estaba sola. Tampoco hablaba solo por mí. En cada intervención estaban presentes las voces de mis ancestros, de mis hermanas y hermanos indígenas, de quienes no tienen acceso a esas salas cerradas donde se decide el futuro del planeta.

Ecoteología: Hacia un nuevo estilo de vida,
EnEcoteología: Hacia un nuevo estilo de vida,, Román Guridi introduce con claridad la ecoteología como una respuesta teológica al creciente desafío ambiental, mostrando cómo la fe cristiana puede aportar al debate ecológico desde su propia tradición. A través de la recuperación, crítica y renovación de símbolos religiosos, el autor invita a repensar la relación entre espiritualidad, creación y responsabilidad humana. Es una lectura breve y sugerente que apunta a un cambio concreto de estilo de vida desde una ética del cuidado.
La fuerza de la lucha colectiva
Nada de lo logrado en la COP30 fue individual. Fue el resultado de una lucha colectiva, tejida con paciencia y convicción junto a aliados como AILAC y el Foro Internacional de los Pueblos Indígenas sobre el Cambio Climático. Nuestro trabajo se concentró en algo aparentemente simple, pero profundamente político: defender un lenguaje que reconociera derechos y no los diluyera.
Insistimos en que una transición justa no puede construirse sin derechos humanos, sin el reconocimiento pleno de los derechos de los pueblos indígenas, sin el consentimiento libre, previo e informado, sin la libre determinación. Como señaló Emil Sirén Gualinga, del pueblo Kichwa de Sarayaku, los avances alcanzados son fruto de esa lucha colectiva sostenida en el tiempo.
Escuchar a quienes caminaron antes
Durante toda la COP30 me acompañó una pregunta persistente: ¿cómo lograr que las decisiones globales reflejen nuestras realidades, nuestras heridas y nuestras formas de entender la vida?
Escuchar a las abuelas y abuelos no es una metáfora poética. Es un ejercicio espiritual y político. Ellos y ellas nos enseñaron que la vida no se fragmenta, que la justicia no se negocia por partes y que la tierra no se defiende solo con discursos, sino con coherencia.
Un avance histórico… y silencios que preocupan
Uno de los hitos más importantes de la COP30 fue la adopción del párrafo 12(i) del programa de trabajo sobre la transición justa. Allí se reconoce explícitamente el derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas, el consentimiento libre, previo e informado y, de manera histórica, la protección de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario y en contacto inicial.
Además, la COP30 acordó establecer un mecanismo de transición justa, diseñado para fortalecer la cooperación internacional, la asistencia técnica, el desarrollo de capacidades y el apoyo a comunidades en procesos de transición hacia economías más justas y sostenibles: un paso significativo hacia una justicia climática vinculada a derechos colectivos.
Este lenguaje representa una de las afirmaciones más claras de derechos indígenas dentro del marco de la Convención Climática. También es justo reconocer a los países que sostuvieron esta postura. Panamá tuvo un rol clave al defender de manera consistente la inclusión de estos derechos y salvaguardias.
Sin embargo, no todo puede celebrarse. La falta de un acuerdo claro sobre la eliminación progresiva de los combustibles fósiles es una omisión grave. No hay transición justa si no se enfrentan las causas estructurales de la crisis climática. Nombrar derechos sin transformar el modelo que destruye la vida es insuficiente.
La vida vale más que el dinero
En el pueblo Gunadule, cada nacimiento se celebra sembrando un árbol junto al cordón umbilical y la placenta. Ese gesto encarna nuestra cosmovisión: la vida humana y la tierra están unidas desde el inicio. Por eso, no puedo separar mi labor como negociadora de esta espiritualidad profunda.
Desde nuestra cosmovisión, la vida tiene más valor que el dinero. Esta ética debería orientar cualquier transición justa. No se trata solo de políticas públicas o mecanismos financieros, sino de una transformación profunda en la manera de valorar la vida, humana y no humana.
Negociar desde esta perspectiva es unirse al movimiento de la ruah y al movimiento de la tierra (Habacuc 2:14). Es reconocer que la justicia climática no es solo un asunto técnico, sino una cuestión espiritual, política y profundamente humana.
Un llamado que sigue abierto
El reconocimiento de derechos es apenas el comienzo. Lo verdaderamente desafiante será implementarlos, defenderlos y vigilarlos en el tiempo. No hay transición justa sin la participación real de los Pueblos Indígenas ni sin la inclusión de las voces más vulnerables del planeta.
Por eso, este texto no cierra con una conclusión, sino con una invitación. Necesitamos apoyo, oración, respaldo pastoral y compromiso sostenido. La restauración de todas las cosas no se construye en soledad.
El canto de nuestras abuelas y abuelos sigue resonando. Nos recuerda que esta lucha es herencia y responsabilidad. Que la justicia climática y los derechos de los Pueblos Indígenas no sean solo palabras en documentos oficiales, sino vida defendida, cuidada y compartida.
La tierra habla.
La pregunta es si estamos dispuestos a escucharla.
- Cuando Jocabed habla de “negociar”, no se refiere solo a un ejercicio técnico o político. Desde su experiencia de fe, negociar es también un acto espiritual: una forma de adoración que implica dialogar con Dios, discernir su acción en la historia y reconocer su presencia en toda la creación, incluida la humanidad. ↩︎

