Introducción editorial — El Blog de Bernabé
En esta quinta entrega el relato bíblico entra en una fase decisiva: la organización política de Israel, la institución de la monarquía y el surgimiento de la voz profética como conciencia crítica del pueblo.
Aquí se hace visible una constante de la Escritura: la historia no es lineal ni triunfalista. La elección divina no elimina la infidelidad humana. Reyes, líderes y estructuras políticas pueden fortalecer o debilitar la fidelidad al pacto. Y cuando el poder se desvía, los profetas irrumpen para recordar que la elección es responsabilidad.
Este tramo culmina en uno de los momentos más traumáticos del Antiguo Testamento: la caída de Jerusalén. La historia de salvación atraviesa también la catástrofe.

Descubre la Biblia I
Descubre la Biblia I inaugura una serie que propone un recorrido formativo por el mundo de las Sagradas Escrituras, combinando visión panorámica, reflexión teológica y sensibilidad literaria. Este primer volumen explora cómo la Biblia ha impactado la vida de personas y comunidades, y abre la puerta a comprenderla también como obra literaria de extraordinaria riqueza. Es una invitación a leer la Escritura con mayor profundidad, entendiendo su formación, su mensaje y su fuerza transformadora.
La marcha por el desierto (narrada especialmente en el libro de Números). En medio de las asperezas del desierto, en su marcha hacia la Tierra prometida, el pueblo padeció hambre y sed. Estas penurias le hicieron añorar el pescado y las legumbres que comían en Egipto (Nm 11.5), y más de una vez se rebeló contra el Señor y contra Moisés: ¿Para qué nos trajo el Señor a este país? ¿Para morir en la guerra, y que nuestras mujeres y nuestros hijos caigan en poder del enemigo? ¡Más nos valdría regresar a Egipto! (Nm 14.3).
La libertad se les hacía una carga demasiado pesada y sentían nostalgia de la esclavitud. Entonces el Señor hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con el maná.
Al término de esta marcha, antes de pasar el Jordán, Moisés instruye por última vez a Israel, como lo recuerda el libro del Deuteronomio.
Una obra formativa que introduce al lector al significado, impacto y riqueza literaria de la Biblia desde una perspectiva accesible y rigurosa.
Josué
El libro que lleva el nombre de Josué, el sucesor de Moisés, celebra el asentamiento de las tribus hebreas en la Tierra prometida. Un simple vistazo al conjunto del libro nos hace ver que consta de tres partes: la conquista de Canaán (caps. 1–12), la distribución de los territorios conquistados (caps. 13–21) y la unidad de Israel fundada en la fe (caps. 22–24).
Después de cruzar el Jordán, los israelitas llegados del desierto encontraron a su paso ciudades fortificadas y carros de guerra. Y si lograron infiltrarse en el país, fue más por la astucia que por el empleo de las armas. Pero, en realidad, la conquista no fue una hazaña de los hombres sino una victoria del Señor. Por eso el relato adquiere por momentos los contornos de epopeya maravillosa: los muros de Jericó se derrumban, el sol se detiene, los cananeos son presa del pánico, porque es el Señor el que se pone al frente del pueblo y combate a favor de él. En estas «guerras de YHVH», el arca de la alianza era el símbolo de la presencia del Señor en medio de su pueblo.
De ahí un tema fundamental en el libro de Josué: Israel tiene que dar gracias a YHVH, su Dios, que ha dado como herencia a su pueblo la tierra de Canaán.
El libro concluye con el relato de la alianza de Siquem. Josué rememora, ante la asamblea de los israelitas, las acciones que realizó el Dios de Israel en favor de su pueblo. Luego les propone una alianza, y esta queda sellada sobre una doble base: la fe común en YHVH y el reconocimiento de una misma ley (cap. 24).
El libro de los Jueces, que viene a continuación, nos dará una imagen un poco más matizada de este período histórico.
Los Jueces
Después de la muerte de Josué sobrevino para las tribus de Israel una etapa difícil: es la así llamada «época de los Jueces».
Es importante notar que estos «jueces» no eran simples magistrados que administraban justicia, sino «caudillos», que el Señor fue suscitando en los momentos de crisis para liberar a su pueblo de la opresión. Cuando una o varias tribus israelitas se veían amenazadas por un ataque enemigo, estos caudillos -llenos del «espíritu del Señor»- se levantaron para combatir a los enemigos de su pueblo (cf. Jue 3.10; 11.29).1
Las amenazas provenían de los pueblos vecinos de Israel. Poco después de la entrada de los israelitas en Canaán, tuvo lugar, a su vez, el asentamiento de los filisteos en la costa sur de Palestina (hacia el año 1175 a.C.). Estos se organizaron en cinco ciudades -la famosa Pentápolis filistea-, y por su poderío militar y su monopolio del hierro constituyeron un peligro constante para los israelitas. La hostilidad de los filisteos, sumada a la que provenía de los nativos del país (los cananeos) y de los pueblos vecinos (madianitas, moabitas, amonitas, etc.), llegó algunas veces a poner en peligro la existencia misma de las tribus hebreas.
Cuando se producía una de estas crisis, el Señor suscitaba un «juez» o caudillo, que obtenía para su pueblo una victoria más o menos resonante. Estos héroes actuaron en distintos lugares y en distintas épocas, y cada uno a su manera. Gedeón, por ejemplo, reunió varias tribus para ir al combate; Sansón, en cambio, fue un héroe de fuerza extraordinaria, que más de una vez puso en grave aprieto a los filisteos. Además, la misión de los jueces era personal y temporaria: una vez pasado al peligro, ellos solían volver a sus ocupaciones ordinarias.
El «Cántico de Débora» (Jue 5) muestra muy bien cómo se encontraba el pueblo de Israel durante el período de los Jueces. El poema celebra la victoria de una coalición de tribus hebreas contra los cananeos, en la llanura de Jezreel. Según Jueces 5.14-17, seis de las tribus respondieron a la convocatoria hecha por Débora: Efraín, Benjamín, Maquir (Manasés), Zabulón, Isacar y Neftalí. En cambio, otras cuatro tribus—Rubén, Galaad (Gad), Dan y Aser- son recriminadas severamente por no haber socorrido a sus hermanos. Las tribus del sur—Judá, Simeón y Leví—ni siquiera se mencionan, sin duda porque una especie de barrera las separaba de las otras tribus. Uno de los principales enclaves que se interponían entre el norte y el sur era la fortaleza de Jerusalén, que aún estaba en poder de los jebuseos (Jos 15.63; Jue 19.10-12).
El libro de los Jueces pronuncia un juicio severo sobre la situación religiosa de Israel en aquel período. Los israelitas pasaban por un proceso de sedentarización y de cambio a nuevas formas de vida. Y la asimilación de algunas costumbres cananeas (relacionadas, sobre todo, con el ejercicio de la agricultura) introdujo prácticas religiosas contrarias al auténtico culto de YHVH. Estas prácticas estaban relacionadas con Baal, el dios cananeo de la fecundidad. De este dios se esperaba que diera fertilidad a la tierra, buenas cosechas de granos y abundancia de vino y aceite.
También es severo el juicio que se pronuncia sobre la falta de unidad y de organización política entre los grupos hebreos: Como en aquella época aún no había rey en Israel, cada cual hacía lo que le daba la gana (Jue 17.6; cf. 18.1; 19.1; 21.25).
En la etapa siguiente, la institución de la realeza vino a atemperar de algún modo aquel estado de anarquía.
Samuel y Saúl
Los libros de Samuel, que vienen a continuación, se refieren a este proceso de consolidación; uno de los momentos más importantes en la historia bíblica. Es la época en que Israel se constituyó como unidad política, al mando de un rey.
El primer libro de Samuel consta de tres secciones. Cada una de ellas gira en torno a uno o dos personajes centrales: Samuel (caps. 1–7), Samuel y Saúl (8–15), Saúl y David (16–31).
La primera de estas figuras centrales es la de Samuel, el niño consagrado al Señor que llegó a ser profeta. Como sucede con frecuencia en la Biblia, el hijo concedido a la mujer estéril tiene un destino especial. El relato de la vocación de Samuel presenta tres elementos que aparecen en todos los relatos de llamamiento al profetismo: la iniciativa de YHVH, la comunicación del mensaje que deberá transmitir y la respuesta del que ha sido llamado (1 S 3; cf. Ex 3.1-12; Is 6; Jer 1.4-10; Ez 1–3).
Más tarde, el intento de organizar a las tribus israelitas bajo la forma de un estado monárquico comienza con Saúl. Él, como los antiguos jueces de Israel, fue el libertador elegido por Dios (1 S 10.1). El espíritu del Señor vino sobre él, y lo impulsó a emprender una guerra de liberación contra los amonitas (11.1-13). Y cuando regresó victorioso de su campaña libertadora, Saúl fue proclamado rey. Con esta proclamación, la realeza quedó instituida en Israel.

Introducción al Antiguo Testamento
ntroducción al Antiguo Testamento de John Drane (Editorial CLIE) ofrece una panorámica clara y atractiva del mundo bíblico, combinando rigor académico con una profunda sensibilidad pastoral. A través de mapas, esquemas e ilustraciones, Drane guía al lector por la historia, la literatura y la teología del Antiguo Testamento, haciendo accesibles sus complejidades. Su estilo didáctico y su mirada creyente lo convierten en un texto ideal para estudiantes, maestros y lectores de fe. Una obra que ayuda a redescubrir el valor espiritual y humano de las antiguas Escrituras.
Muerte de Saúl y reinado de David. Después de narrar las primeras victorias de Saúl, la Biblia presenta dos trayectorias que siguen un curso contrario. El joven David, que se había puesto al servicio del rey Saúl, se fue ganando cada vez más el amor y la simpatía del pueblo (1 S 18.6-7). Este hecho despertó la envidia y el odio del rey, que comenzó a perseguirlo despiadadamente. Así comenzaron a contraponerse la carrera ascendente de David, que culminó con su elevación al trono, y la curva descendente de Saúl, que terminó en la derrota y en la muerte.
La muerte de Saúl dejó libre el camino a David, que primero fue proclamado rey de Judá (2 S 2.4), y luego, cuando las tribus del norte fracasaron en su intento de organizarse por sí mismas, también fue reconocido como rey de Israel (2 S 5.1-3).
Un momento decisivo en la trayectoria histórica de David fue la conquista de Jerusalén. El rey convirtió a esa ciudad jebusea en capital de su reino (2 S 5.9-16) y también en centro religioso de todo Israel, ya que allí instaló el arca de la alianza (6.1-23).
Los libros de Samuel presentan a David con todos los atractivos de un héroe: bien parecido, fiel en la amistad, músico, poeta, guerrero valeroso y líder extraordinario. La historia de su ascensión es al mismo tiempo la historia de la caída de Saúl. Pero el relato bíblico no oculta sus pecados: el adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías.
El largo reinado de David no logró eliminar por completo el antagonismo entre el norte y el sur, de manera que la unidad de las tribus fue siempre precaria. Una prueba de ello fueron las rebeliones que debió afrontar David, en particular el levantamiento liderado por su hijo Absalón (2 S 15.1-6; 19.42–20.2). A la muerte de David, en medio de las intrigas de la corte real, lo sucedió su hijo Salomón (1 R 1–2).
Los reyes de Israel y Judá después de David. Salomón llevó a cabo el proyecto que su padre no había podido realizar (1 R 8.17-21) y erigió un lugar de culto que tendría en el futuro una enorme importancia en la vida religiosa y cultural de Israel. La significación e importancia de dicho templo se pone de manifiesto, sobre todo, en la plegaria pronunciada por el rey durante la fiesta de la dedicación (1 R 8.23-53).
Pero no todo fue gloria y magnificencia en el reino de Salomón. La Biblia también deja entrever los aspectos negativos de su reinado, como fueron las concesiones hechas a la idolatría y las excesivas cargas impuestas al pueblo. Las construcciones llevadas a cabo por el rey exigían pesados tributos y una considerable cantidad de mano de obra. Para muchos israelitas, estos excesos traicionaban los ideales que habían dado su identidad y su razón de ser al pueblo de Dios (cf. 1 S 8), y un profundo descontento se extendió por el país, en especial, entre las tribus del norte. Como consecuencia de este malestar resurgieron los viejos antagonismos entre el norte y el sur (cf. 2 S 20.1-2), y así terminó por quebrantarse el intento de unificación llevado a cabo por David (cf. 2 S 2.4; 5.3).
Después de la muerte de Salomón, el reino davídico se dividió en dos estados independientes: Israel al norte y Judá al sur; este último con Jerusalén como capital. El texto bíblico narra en qué circunstancias se produjo la separación y cómo el cisma político trajo consigo el cisma religioso (1 R 12). Luego presenta en forma paralela la historia de los dos reinos, que en muy pocas ocasiones lograron superar su antigua rivalidad.
Según los libros de los Reyes, la historia de Israel y de Judá, a lo largo de todo el período monárquico, fue una cadena ininterrumpida de pecados e infidelidades, y los principales responsables de esta situación fueron los mismos reyes. A ellos les correspondía gobernar al pueblo de Dios con sabiduría (cf. 1 R 3.9), pero, de hecho, hicieron todo lo contrario. Por eso no fue un hecho casual que Israel y Judá terminaran por caer derrotados y dejaran de existir como naciones independientes (2 R 17.6; 25.1-21).
Los profetas
En este contexto proclamaron su mensaje los más grandes profetas de Israel. Ellos vieron con extraordinaria lucidez el desorden que reinaba en la sociedad. El pueblo de Israel no era lo que Dios quería y esperaba de él. El Señor había formado y cuidado a su pueblo como el labrador planta y cultiva su viña, y esperaba de él buenos frutos. Pero sus esperanzas quedaron frustradas, porque la viña del Señor, en vez de dar buenos frutos, había producido uvas agrias (Is 5.1-7). El pecado de Israel estaba grabado «con punta de diamante» y con «cincel de hierro» en la piedra de su corazón (Jer 17.1). Pero como el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva (Ez 18.23), envió a sus servidores, los profetas, para llamarlo a la conversión.
Los profetas nunca dejaron de reconocer que el Señor había elegido a Israel. Pero esta elección divina, mucho más que un privilegio, era para ellos una responsabilidad. Ni el culto, ni el templo, ni la dinastía davídica, ni el recuerdo de las acciones pasadas de YHVH ofrecían ya una garantía incondicional y automática, porque el Señor ha dado a conocer…
…en qué consiste lo bueno
y qué es lo que él espera de ti:
que hagas justicia, que seas fiel y leal
y que obedezcas humildemente a tu Dios.
(Miq 6.8)
También el profeta Amós ha expresado esta idea con toda claridad y precisión:
Solo a ustedes he escogido
de entre todos los pueblos de la tierra.
Por eso habré de pedirles cuentas
de todas las maldades que han cometido.
(Am 3.2)
Otro tema central de la predicación profética es la fidelidad al culto de YHVH. Ese tema se encuentra, sobre todo, en Oseas, Jeremías y Ezequiel. Ellos denunciaron la idolatría en todas sus formas (cf., por ejemplo, Os 4.1-14; Jer 2.23-28) y, con tal finalidad, utilizaron ampliamente el simbolismo conyugal: YHVH era el esposo de Israel, pero los israelitas se comportaban como una esposa infiel, que engaña a su marido y se prostituye con el primero que pasa (cf., entre muchos otros textos, Os 2; Ez 16; 20). Era preciso, por lo tanto, volver a la fidelidad perdida (Jer 2.1-3), antes que fuera demasiado tarde (Jer 4.1-4).
Los profetas condenaron también el orgullo y la ambición de las clases dirigentes, que no mostraban la menor preocupación por el destino de su pueblo. La gente humilde era víctima de jefes sin escrúpulos, que creían que todo les estaba permitido (cf. Am 2.6-8). Ante el espectáculo generalizado de la venalidad y la corrupción, ellos manifestaron decididamente su solidaridad con las víctimas de la injusticia y denunciaron sin reserva a los opresores. Según sus enseñanzas, la fidelidad al Señor debía manifestarse no solamente en la observancia de ciertas prácticas cultuales y religiosas, sino también, y sobre todo, en el ámbito de las relaciones sociales. Sin la práctica de la justicia, el culto puramente exterior era abominable para el Señor (Is 1.10-20; Am 5.21-24).
La caída de Jerusalén
Los profetas anunciaron repetidamente que Jerusalén sería destruida y que sus habitantes caerían bajo la espada de sus enemigos, o serían llevados al exilio, si no se volvían al Señor de corazón. Pero ni el pueblo ni sus gobernantes prestaron oídos a la palabra del Señor, y aquellos anuncios se cumplieron. El ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitió la ciudad santa, y esta no pudo resistir al asedio. Los invasores entraron en Jerusalén, la saquearon, incendiaron el templo, se llevaron sus tesoros y vasos sagrados, y deportaron al sector más representativo de la población (2 R 25.1-21). El Salmo 74.4-9 describe con hondo dramatismo aquella catástrofe:
Tus enemigos cantan victoria en tu santuario;
(han puesto sus banderas extranjeras
sobre el portal de la entrada!
Cual si fueran leñadores
en medio de un bosque espeso,
a golpe de hacha y de martillo,
destrozaron los ornamentos de madera.
Prendieron fuego a tu santuario;
(deshonraron tu propio templo
derrumbándolo hasta el suelo!
Decidieron destruirnos del todo;
(quemaron todos los lugares del país
donde nos reuníamos para adorarte!
Ya no vemos nuestros símbolos sagrados;
ya no hay ningún profeta, y ni siquiera sabemos lo que esto durará.
Esta es la Parte 5 de 6 del artículo “¿Qué es la Biblia?” dentro de la serie Descubre la Biblia I.
Voces que permanecen nace del deseo de mantener encendida la voz de quienes hicieron de la teología un acto de amor, justicia y servicio. Es una serie para escuchar a quienes ya partieron, pero cuyo pensamiento sigue desafiando a creer, reformar y construir esperanza.
- Debido a que los «jueces» fueron en realidad instrumentos divinos más que líderes seleccionados por el mismo pueblo, algunos biblistas los llaman «portadores de justicia». ↩︎

