Moisés: Anatomía del libertador cuya vocación fue edificada sobre las ruinas de su imperfección

Ilustración editorial de Moisés como libertador bíblico, hombre de pie sobre tierra agrietada sosteniendo un bastón, símbolo de vocación forjada en el desierto y propósito divino.

Hoy nos acercamos al tercer personaje de la serie de Personajes de la Biblia. Pero para comprenderlo plenamente, vamos a tener que romper con la visión norteamericana que presenta a los personajes bíblicos como héroes. Esa idealización es peligrosa porque nos aleja de ellos y nos hace creer que su fe era un estado de perfección inalcanzable. Hablamos de Moisés, quien habitaba la misma ambivalencia que nosotros: era portador de una visión celestial mientras mantenía su naturaleza humana como los demás; no eran semidioses, eran perfectamente humanos como el resto.

Nuestra historia con Moisés no comienza con una epopeya, sino con una «nota no muy honorable»: un origen marcado por el genocidio y el abandono. Nacer con lo que el texto define como un lastre familiar —esos secretos y pasados que queremos enterrar y olvidar porque intentan devorarse nuestro futuro— significa que Moisés comenzó su camino con «menos quince» en la escala del éxito humano. Sin embargo, su vida nos demuestra que nuestra fe no depende de un expediente impecable, sino de nuestra capacidad de apostar la vida a las cosas eternas a pesar de la carga que arrastramos desde la cuna.

Portada del libro

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En Moisés: vida, enseñanza y significado, Samuel Pagán ofrece una mirada contemporánea y rigurosamente documentada sobre uno de los grandes siervos y profetas de la Biblia, explorando desde su nacimiento y llamado hasta el pacto, el Éxodo y la entrega de los Diez Mandamientos. El autor integra investigaciones exegéticas y hermenéuticas que iluminan su papel político en Egipto y su singular relación con Dios, presentada como un diálogo “cara a cara” que marcó la historia de Israel. Más que una biografía, el libro es una reflexión teológica sobre la integridad, el liderazgo y el significado espiritual de un hombre que condujo a su pueblo de la esclavitud a la promesa.

La primacía de la mirada: el verbo que define nuestra existencia

De entrada, nos llama la atención cómo en el Texto Sagrado nos encontramos con la repetición casi obsesiva del verbo «ver»; un verbo importantísimo que en la narrativa bíblica trasciende la simple función biológica para convertirse en el motor fundamental de la voluntad. Desde el primer respiro de Moisés, la trama se teje a través de una cadena de miradas providenciales:

  • Su madre lo ve y, al percibir algo distinto en él, desafía el decreto de muerte del rey…
  • La hija de Faraón lo ve flotando en el peligro y permite que la compasión venza a la ley de su padre…
  • Y el propio Moisés, al alcanzar la madurez, sale de su comodidad para ver las cargas que aplastan a sus hermanos…

El quiebre teológico definitivo ocurre cuando se debe elegir qué realidad gobernará la existencia: si la «realidad histórica» de la opresión, flaqueza y pasado, o la visión de esa zarza que, aunque rodeada de fuego, no se consume. Es por eso que madurar o crecer es, en esencia, aprender a sostener la mirada en lo invisible para poder soportar el peso abrumador de lo visible. Si nuestra visión solo alcanza a detectar nuestras limitaciones, terminaremos inevitablemente hundidos bajo el peso de nuestros miedos.

PRESENCIAS —por David E. Ramos—
La fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.

El misterio de la tebah: la preservación de la casta

El escenario de muerte donde el sistema de Faraón operaba no buscaba simplemente mano de obra esclava; su objetivo final era más siniestro: eliminar la «casta» del pueblo de Dios, aquel linaje sagrado de donde, indudablemente, surgiría el libertador. Este asedio genocida, que pretendía abortar el futuro de una nación, es interrumpido por un evento que conectaría las edades a través de un símbolo profético: la Tebah.

La barca de juncos calafateada con brea donde la madre de Moisés deposita su esperanza no debe leerse como un recurso desesperado de último minuto o un acto de azar; es un diseño de preservación absoluta. En el original hebreo, esa pequeña barca es una tebah, la misma palabra utilizada para describir el Arca de Noé. Este eco lingüístico no es casualidad: nos revela que, ante el juicio de las aguas y la amenaza de extinción, Dios vuelve a levantar un arca sellada para poner a salvo su promesa. Moisés no fue lanzado al río a su suerte; fue encerrado en una tebah, protegido por el mismo principio de soberanía que preservó a la humanidad del diluvio, asegurando que la simiente del propósito no fuera ahogada por la oscuridad del sistema egipcio.

La ironía divina y el nombre como destino

En el despliegue de su soberanía, Dios se permite una ironía profunda que ridiculiza la lógica del poder humano: utiliza la misma casa del enemigo como el refugio más seguro para su libertador. Resulta fascinante observar cómo el diseño divino orquestó las circunstancias para que el propio Faraón terminara financiando la educación, el sustento y la protección de aquel que, años más tarde, desmantelaría los cimientos de su imperio. Dios no solo rescató a Moisés, sino que hizo que el opresor pagara el costo de criar a su propio verdugo.

Fue precisamente en los pasillos de ese palacio donde recibió el nombre de Moisés, que significa «sacado de las aguas». Pero este nombre no fue una simple etiqueta de identidad o un recuerdo de su hallazgo en el Nilo; fue el sello anticipado de su misión. Su vida entera se convirtió en el eco de alguien que fue rescatado de la muerte para, en el tiempo señalado, rescatar a un pueblo entero a través de las aguas del Mar Rojo. Su nombre era su destino: el testimonio vivo de que su existencia no pertenecía al sistema que intentó ahogarlo, sino al Dios que tiene el poder de sacar vida de donde solo hay una sentencia de muerte.

El apostolado sobre la pasión: Moisés y David

Pero Moisés no era perfecto. Al igual que el rey David, habitó la peligrosa frontera entre el llamado divino y una naturaleza de pasiones viscerales que, en más de una ocasión, amenazó con descarrilar su destino. Sus vidas no son relatos de santidad estática, sino crónicas de hombres marcados por abismos de error; no podemos olvidar que el primer intento de justicia de Moisés no nació de una instrucción de Dios, sino de un asesinato impulsivo dictado por una indignación sin procesar.

Sin embargo, lo que los consagra como los estándares del liderazgo bíblico no es la ausencia de fallas, sino su capacidad de comprender que Dios no está comprometido con nuestra pasión, sino con nuestro apostolado —la misión encomendada—. David se erigió como el modelo de los reyes porque, a pesar de sus pasiones desbordantes y sus caídas estrepitosas, fue radical al entender que lo definitivo en su existencia era la Palabra. De la misma manera, Moisés nos enseña que el éxito de una vocación no reside en poseer un temperamento impecable, sino en la feroz determinación de no permitir jamás que la pasión emocional —ese fuego que nos empuja a actuar fuera de tiempo— termine devorando el encargo divino. Dios no unge nuestra impulsividad, sino nuestra fidelidad al diseño, recordándonos que el apostolado debe siempre gobernar sobre el sentimiento para que el propósito no sea abortado por nuestro propio ímpetu.

El rechazo comunitario y la necesidad de un «Bernabé»

Ese mismo ímpetu que llevó a Moisés al error provocó una de las fracturas más dolorosas de su historia: el rechazo de su propia comunidad. Cuando intentó intervenir en favor de sus hermanos, la respuesta no fue el agradecimiento, sino la sospecha y el juicio de quienes debían ser sus aliados. La comunidad, movida por el temor y una visión estrictamente carnal, intentó «abortar» su liderazgo antes de que el propósito madurara. Es aquí donde entendemos que, para que un hombre con un lastre como el de Moisés logre avanzar, es indispensable que aparezcan personas con una «Lectura Superior», tal como lo fue mucho tiempo después Bernabé.

Bernabé fue ese personaje que no se conformaba con la lectura de la carnalidad, de la sospecha y del miedo. Bernabé fue alguien con la capacidad única de validar la experiencia espiritual del otro precisamente cuando la comunidad lo está rechazando. El sistema de Jerusalén estaba intentando abortar a Saulo de Tarso; lo dejaban fuera por su pasado, por su sangre, por su historia. Pero Bernabé apareció para hacer de puente: tomando lo que los otros desechan y dándole valor delante de los apóstoles. Porque, seamos claros: si no hay un Bernabé que introduzca al rechazado, el propósito se aborta en la puerta misma de la iglesia.

En la vida de Moisés, este rol vital lo encarnó Jetro. Mientras la comunidad de Israel lo desautorizaba con desprecio, preguntando: «¿Quién te ha puesto a ti por príncipe?», Jetro lo recibió, lo sentó a su mesa y lo introdujo a una realidad nueva. Jetro operó bajo la misma unción de Bernabé: hospedó el diseño de Dios cuando el sistema ya lo había abortado. Necesitamos hoy esa calidad espiritual que no nos vuelva verdugos de lo que Dios está pariendo en otros, sino el puente que valide el propósito por encima del historial del hombre.

El desierto: la escuela del desaprendizaje

Los cuarenta años de Moisés en Madián no fueron un paréntesis vacío ni un tiempo perdido en el reloj de Dios; fueron, en realidad, el proceso más violento y necesario de su vida: el desaprendizaje. Para que Moisés pudiera liberar a un pueblo, primero tuvo que experimentar el desgarro de «sacarse a Egipto» de adentro. Fue estrictamente necesario que todas sus lógicas de poder, sus seguridades académicas y sus métodos carnales fueran triturados por el silencio, para que la Palabra del Señor pudiera finalmente procesarlo.

Es en la soledad del pastoreo donde se marca la línea de fuego entre el sentimiento y la verdadera espiritualidad. La pasión impulsiva que llevó a Moisés a matar a aquel egipcio era mero sentimiento, una reacción emocional inflamada que carecía de carácter. El desierto, en cambio, es el lugar donde ese ímpetu se transmuta en obediencia probada.

Muchos confunden una emoción fuerte con un llamado, pero la verdadera espiritualidad se prueba en la capacidad de ser drástico con uno mismo. Moisés debió dejar de ser el «príncipe» que actuaba por arrebatos para convertirse en el «pastor» que solo se movía bajo la dirección de una zarza que no se consume. El desierto es la escuela donde se quiebra la confianza en los recursos humanos y en los apellidos reales para aprender a depender exclusivamente de la Misión. Solo cuando Egipto dejó de ser su referente de fuerza y su pasión fue domesticada por el silencio, Moisés estuvo listo para ser el portador de la verdadera liberación.

La soberanía del propósito sobre el lastre humano

La trascendencia de Moisés no radicó en su capacidad para escapar de su pasado, sino en su valentía para permitir que la visión de lo alto reescribiera su existencia. Su vida es el monumento definitivo a la soberanía de Dios: un hombre que comenzó como un despojo de un sistema genocida, que cargó con el estigma del asesinato y el rechazo de los suyos, terminó convirtiéndose en el portador de la Ley y el rostro de la liberación.

Esto nos revela una verdad teológica inevitable: la voluntad divina no busca expedientes impecables, sino corazones que acepten que sus heridas y sus errores son solo el telón de fondo necesario para que el apostolado brille con luz propia. La existencia de Moisés no fue el resultado fortuito de su paso por el palacio o de su refugio en el desierto; fue el escenario sagrado donde la misión logró finalmente imponerse sobre la pasión, abriendo caminos de libertad donde antes solo había polvo y esclavitud.

Al final, la fe no es la ausencia de conflictos o la negación de nuestras flaquezas; es esa capacidad sobrenatural de sostener la mirada fija en lo eterno, en esa Zarza que no se apaga, mientras nuestros pies caminan con paso firme por el polvo de nuestra propia imperfección humana. Moisés no fue grande por ser perfecto, sino porque aprendió a ver lo que Dios veía y, al hacerlo, sacó a una nación entera de la muerte hacia la promesa.

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