Adviento y Navidad en clave migrante
Mateo 2:13–15
La llegada del nacimiento del Mesías no sería buenas noticias para todos. Los sabios de Oriente que le fueron a adorar debieron regresar a su lugar de origen por otro camino. Herodes esperaba, necesitaba recibir las indicaciones precisas. Encontrar al niño, luego de lo que escuchó de estos hombres, se tornó en una de sus prioridades.
El auxilio del Señor llega de inmediato, cuando se necesita, revelándoles en sueños que no debían regresar a Herodes. Las formas particulares que tiene el Eterno de comunicarse siempre responderán a su soberanía. Encasillarlo, sujetarlo a esquemas o formatos, desconoce su poder y autoridad, sobre todo y sobre todos.

Fe, pobreza y desarrollo
Fe, pobreza y desarrollo de Bryant L. Myers propone una comprensión de la pobreza que va más allá de lo material y la sitúa en el terreno de las relaciones rotas, la dignidad dañada y la pérdida de sentido. Desde una base bíblica sólida, el autor plantea el desarrollo transformador como un camino de acompañamiento, donde las comunidades recuperan su identidad, vocación y capacidad de agencia. Es un texto clave para quienes buscan articular fe cristiana, justicia social y prácticas de desarrollo con profundidad y coherencia.
El anuncio de lo que acontecería incluirá a quienes corrían peligro. Ellos debían saber de primera mano lo que estaba por suceder. El frágil niño estaba frente a una situación impensada, donde la decisión de su padre sería determinante para preservarle la vida. Como se produce en la mayoría de los casos, los más vulnerables —mujeres y niños— son empujados a huir para salvar sus vidas.
La cultura judía, donde las mujeres y los niños no tenían valor alguno, sería desafiada con el amor manifestado de un padre y esposo. José estaría dispuesto a otorgar a su esposa María, y a su hijo Jesús —recibido como propio— la protección que requerían. El poder de Herodes no podría hacerles frente. Aunque sus tentáculos estaban en todos lados, la acción sobrenatural del Eterno los protegió.
Abandonar su tierra en circunstancias tan complejas no sería sencillo. Huir de Herodes no es algo simple. La fragilidad humana debía ser fortalecida, mostrándoles el mismo Dios que los advirtió que el tiempo había llegado para su retorno. Un regreso esperado, necesario, determinante para los planes futuros.
Adviento y Navidad en clave migrante
La huida que se repite
La historia de esta huida es un entorno que sigue repitiéndose en muchas naciones. Dejar la tierra nunca será una decisión sencilla; es una ruptura muy fuerte, sobrellevada por razones de supervivencia que, en gran parte, mueven la migración. Los niños y las mujeres siguen llenando las calles de nuestro continente y de otras zonas del mundo, mostrando los azotes de una cruel realidad.
Los rostros de la migración están presentes, visibles, en quienes no participan, en muchas ocasiones, de las decisiones: simplemente deben prepararse para dejarlo todo atrás. Estos rostros muestran el dolor, la tristeza, la incertidumbre. Rostros donde la sonrisa se ha perdido, buscando refugio en aquellas imágenes que, al llegar a sus mentes, les brindan la fuerza para seguir.
El impacto migratorio se manifiesta de inmediato. Quien sale a otras tierras con frecuencia no lo planifica, no lleva un plan establecido; nada está definido. La providencia del Eterno es lo que los acompaña. Familias, tradiciones y recuerdos quedaron atrás. Se debe hacer frente a una realidad que los llevará a otra cultura. El retorno traerá consigo la esperanza de todo migrante: volver a su tierra, a su gente, a sus costumbres.
Desafíos éticos y pastorales frente a la migración
La actitud frente a los migrantes es desafiante. Hay pueblos que cargan con un estigma muy fuerte. A los lugares donde llegan son señalados, responsabilizados por situaciones que el país receptor vive, cargando con una memoria colectiva en su contra. Cuánta necesidad tenemos de asumir lo que somos: ciudadanos del mundo, donde todos vivimos como peregrinos y extranjeros. Si bien poblamos el mundo, es importante reconocer que esta casa grande nos pertenece a todos, y que debemos acompañarnos en esos momentos complejos.
Los latinoamericanos tenemos historias de migración. Algunos de nuestros pueblos enfrentaron el dolor de ver partir a su gente, muchas veces huyendo, como en el caso de la historia de María, José y Jesús. Esta realidad debería movernos a la sensibilidad y a la solidaridad, disponiéndonos a ser una mano de apoyo a quienes hoy enfrentan esta misma realidad.
Los venezolanos, un pueblo alegre, apegado a su tierra, habitantes de una tierra muy rica en recursos naturales, han sido empujados a migrar. Los rostros que pueblan nuestro continente y diversos lugares del mundo son diversos: aquellos que lograron salir con algo de ahorros, con una profesión, con algunos contactos hacia donde se dirigían; y quienes dejaron atrás todo, sin nada más que sus pocas prendas.
Responder a esta realidad con el evangelio siempre será nuestro desafío. Ellos necesitan buenas noticias, aquellas que, fuera de su tierra, puedan traerles esperanza. Hacerlo es posible, hacerlo es necesario, hacerlo es urgente. Disponernos como pueblo del Señor es nuestra responsabilidad y compromiso. No permitamos que la indiferencia y la indolencia nos sigan dejando como simples observadores de mujeres, niños y familias con esos rostros que muestran el dolor más grande de la migración: el desamparo.
El Padre de huérfanos, viudas y extranjeros nos invita a participar como instrumentos de su bendición. Hagámoslo. No perdamos la oportunidad de hacer el bien.

