El Rugido del Desespero Social
Estamos ante un incendio emocional que no se apaga con retórica ni con paños tibios. Basta con hacer un recorrido por diferentes medios de comunicación para que fácilmente casi se escuche el mismo susurro de desesperación que eriza la piel: padres que ven a sus hijos gatear, aullar o morder, atrapados en una identidad animal, y no saben si buscar un psicólogo, un exorcista o simplemente encerrarse a llorar. El fenómeno Therian ha dejado de ser una curiosidad de nicho en internet para convertirse en una bofetada violenta a nuestra estabilidad social.
Hay un desespero colectivo que se siente en las escuelas, en las iglesias y en las salas de estar. Las familias sienten que el piso se hunde y las instituciones, que deberían ser faros de luz, parecen estar apagadas o, peor aún, alimentando la niebla de la confusión. No es solo una moda pasajera; es un síntoma de que algo sagrado se rompió en el centro de nuestra civilización.
«Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía» (Salmo 42:1, NVI), pero hoy ese clamor se ha distorsionado en un aullido de identidad fragmentada por el descuido de quienes debían protegerla.

Adolescencia, identidad y cultura
Adolescencia, identidad y culturaanaliza cómo los jóvenes construyen su lugar en la sociedad en medio de transformaciones sociales aceleradas. A partir de sondeos realizados en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México entre 1989 y 1999, el libro examina los procesos de socialización mediante los cuales los adolescentes se integran a la vida colectiva. El resultado es una mirada reveladora sobre cómo cada generación aprende, negocia y redefine la cultura que está llamada a continuar.
Primera grieta: El hogar y la paradoja de los «hijos-huérfanos»
Desde mi perspectiva pastoral, forjada en 30 años de consejería familiar y atención en crisis, he observado una transmutación afectiva que me desgarra el alma. Hemos creado hogares donde el altar de la identidad se ha movido de lugar, y los culpables directos somos los adultos por nuestra omisión y distorsión del amor.
La humanización del animal como sustituto
Hoy, tristemente, se invierte más capital emocional y financiero en una mascota que en el alma de un hijo. He visto familias que no escatiman en “hoteles boutique” para perros o psicólogos felinos, mientras sus hijos adolescentes se desangran en soledad y silencio frente a una pantalla. El término “perri-hijo” no es una ternura; es una tragedia antropológica.
Estamos dándole al animal el lugar del heredero y al hijo el lugar del accesorio. «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6, NVI), pero ¿cómo podemos instruirlos si estamos más ocupados acariciando el pelaje de un animal que el corazón de nuestro propio fruto?
El grito del vacío
El joven que hoy dice ser un lobo o un gato, en realidad está lanzando una señal de socorro: “Papá, mamá, mírame con la misma devoción con la que miras al perro”. Es un grito de necesidad ante padres biológicamente presentes pero emocionalmente invisibles. Se les da a los animales lo que a los hijos se les niega: atención incondicional y ternura sin prisas.
Si el hogar falla en ser el refugio de la identidad humana, el joven buscará refugio en la “nobleza” del instinto animal para llenar su vacío.
«Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmo 127:1, NVI).
Segunda grieta: La iglesia y el abismo de la indiferencia
Bajo mi mirada pastoral y con base en años de peregrinación con las iglesias locales y cientos de pastores, sigo insistiendo en que esta forma de ser y hacer iglesia no se parece a la que Jesús soñó.
Me duele admitir que la Iglesia ha fallado estrepitosamente al volverse estéticamente perfecta pero humanamente estéril. Nos hemos vuelto expertos en liturgia decorativa, pero analfabetos en empatía radical.
El síndrome de la obsesión por saleros de mármol
El liderazgo se ha atrincherado en sus púlpitos de madera fina, olvidando que Jesús no estableció su reino desde la comodidad de un palacio. La indiferencia es el gran pecado moderno de la iglesia.
Hemos marginado lo que no entendemos, ignorando que una gran cantidad de estos jóvenes Therians alguna vez pasaron por nuestras escuelas dominicales o aulas de catecismo.
¿Qué les enseñamos que no fue suficiente para sostener su humanidad frente a las corrientes del mundo?
El gadareno: el espejo del therian
La Escritura nos presenta en Marcos 5:1-20 y Lucas 8:26-39 a un hombre con una identidad totalmente fragmentada. Habitaba en los cementerios, andaba desnudo, se hería a sí mismo y emitía ruidos que aterrorizaban a todos.
Era, en términos modernos, un individuo con una disociación total de su especie.
La religión de su tiempo lo encadenó y lo aisló; no había lugar para él en la sinagoga.
Pero Jesús dejó la seguridad de la sinagoga —un lugar de honra donde todos querían estar y “tomarse un selfie”— para ir a su encuentro en el fango.
Jesús no le gritó condenas desde la barca; se acercó a su territorio de muerte para devolverle su dignidad.
«Vieron al que había estado poseído por la legión de demonios, sentado allí, vestido y en su sano juicio» (Marcos 5:15, NVI).
La Iglesia hoy prefiere la pureza del templo que el lodo de la realidad donde hoy gimen nuestros jóvenes.
La Iglesia de hoy, y muchos de sus líderes, se apasionan por las multitudes pero desprecian al individuo. El pecado estructural de la iglesia de hoy sigue siendo la indiferencia y su omisión al llamado de ser sal y luz.
Tercera grieta: El sistema educativo como laboratorio
A lo largo de mis 30 años de ministerio, he visto cómo el sistema educativo ha pasado de ser un centro de instrucción a ser un laboratorio de experimentación social donde los jóvenes son las ratas de laboratorio de agendas ideológicas poderosas.
Ideología sobre ontología
La niñez y la juventud han sido convertidas en materia prima para agendas que buscan desdibujar lo humano.
Se les dice que su biología es un “error de percepción” y que su deseo momentáneo es la única verdad absoluta.
Se potencia la expresión libre sin darles las herramientas psicológicas para manejar el caos emocional que esto conlleva.
«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo!» (Isaías 5:20, NVI).
El sistema abre la puerta a la disociación, pero cierra la puerta de la ayuda real cuando el joven se pierde en el bosque de su propia confusión.
No existe un campo más fértil para sembrar ideologías de muerte y degradación sistemática que muchas escuelas, colegios y universidades. Ese es el ecosistema donde los precursores de estas posiciones lanzan, a través de leyes, redes sociales y otros medios, sus venenos, los cuales nuestras nuevas generaciones absorben sin filtros.
La cosecha oscura: datos que deben alarmarnos
La desconexión con la identidad humana no es una travesura de adolescentes; es una pendiente peligrosa hacia la deshumanización total. Cuando el ser humano renuncia a ser imagen de Dios, el freno moral se desvanece y surge el depredador.
La psicología del mal
La psicología criminal ha establecido vínculos preocupantes entre la pérdida de la identidad de especie y la erosión de la empatía.
Según estudios sobre la Tríada de Macdonald, la identificación temprana con depredadores y la disociación de la sensibilidad humana son indicadores críticos de desórdenes de personalidad que pueden escalar hacia la violencia sociopática.
Históricamente, perfiles criminales de alta peligrosidad iniciaron su proceso de degradación “animalizando” su percepción del otro y de sí mismos.1
Si el joven no se reconoce como humano, dejará de sentir compasión humana.
«Su corazón se volvió como el de un animal» (Daniel 5:21, NVI).
Plan de acción
En mis años como conferencista internacional y escritor, jamás he señalado una herida sin proponer una cura práctica. Lo que como Shalom hemos desarrollado, y seguimos construyendo en cada intervención, no es una fórmula mágica, sino un proceso de restauración basado en el diseño original del Creador.
Restauración del altar familiar
Proponemos una “Re-humanización urgente de la crianza”. Los padres deben recuperar el sacerdocio del hogar. Necesitamos padres que prefieran el sudor de jugar con sus hijos que la comodidad de pasear a una mascota.
El afecto debe volver a su cauce natural: del progenitor al descendiente.
Volvamos el corazón y todos los recursos a la atención integral de nuestros hijos e hijas.
El protocolo de Gadara para iglesias
Implementar “ecosistemas de acogida multidisciplinarios”. Iglesias que dejen de ser museos de santos para ser hospitales de campaña, donde pastores trabajen de la mano con profesionales de la salud mental para tratar el trauma de raíz.
«Sobrellevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2, NVI).
Resistencia cultural y formativa
Capacitar a las familias para que sean el primer filtro crítico contra las ideologías de experimentación social. Debemos devolverles a los jóvenes la arquitectura de su destino bajo la mirada soberana de Dios.
El reloj de la responsabilidad
Si como sociedad, familia e iglesia no asumimos nuestra cuota de responsabilidad y hacemos los ajustes necesarios hoy, esta moda Therian —que hoy parece una excentricidad de TikTok— traerá consecuencias nefastas en la salud mental de la próxima década.
Como todas las modas basadas en el vacío, esta pasará, pero dejará tras de sí una estela de mentes fragmentadas y cicatrices incurables en el tejido social.
Cuando esta moda muera, vendrán otras aún más extremas, porque hay miles de jóvenes afuera esperando ser incluidos, esperando que alguien les recuerde que son humanos, que son valiosos y que no nacieron para ser bestias, sino para reflejar la gloria de Dios.
Si no hacemos el ajuste hoy, mañana solo encontraremos jaulas vacías y corazones que olvidaron cómo amar.
«¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!» (Salmo 139:14, NVI).
Es hora de que esta generación eleve los ojos al cielo y recupere su juicio cabal.
- Guzmán, J., 2021, Antropología del Mal: Raíces de la Deshumanización ↩︎

