Abraham: Cuando tu nombre apunta grande, pero tu realidad es estéril

Ilustración editorial simbólica de una figura humana en silencio, de pie sobre un suelo agrietado, que sugiere la tensión entre fe, promesa y esterilidad en la historia de Abraham.

La historia de la fe no comienza con una oración o un rito religioso; comienza con un golpe de realidad. No necesitamos un escenario religioso ideal ni condiciones perfectas para comenzar a caminar con Dios. Al contrario, son las situaciones adversas —esos condicionamientos que pretenden marcarnos y definirnos para siempre— los que se convierten en el escenario vital donde Dios interviene. Es allí, en el centro de nuestras contradicciones, donde la Palabra nos asalta para quebrantar lo que nos detiene y proyectarnos hacia una nueva realidad de existencia.

Portada del libro

Abraham: La increíble jornada de fe de un nómada

Abraham: La increíble jornada de fe de un nómada, de Charles Swindoll, presenta a Abraham no como héroe idealizado, sino como un hombre que apostó su vida por una convicción en medio de un mundo lleno de supersticiones y poder mal entendido. La obra recorre su fe como camino, riesgo y obediencia concreta, situada en tensión histórica y humana.

El nombre como ironía: el caso de Abraham

Abraham es el punto de quiebre en el trayecto de la Escritura; con él, la humanidad reinicia un proyecto a largo plazo. Sin embargo, su historia comienza con una contradicción casi humorística: su nombre significa “Padre”, pero su realidad indicaba que era todo menos eso.

Antes de que Dios le hablara en el capítulo 12 de Génesis, el texto nos lanza un dato contundente: “Pero Saraí era estéril, no podía tener hijos” (Génesis 11,30). Lo vital de este relato es comprender que Abraham nació determinado por una realidad adversa. Su nombre decía una cosa y su historia decía otra. Él vivía en una paradoja: ser llamado a la fecundidad mientras habitaba en la sequedad de la esterilidad y la vejez, un cuerpo que el apóstol Pablo describiría luego como “ya muerto”.

PRESENCIAS —por David E. Ramos—
la fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.

Elegir lo desconocido sobre lo seguro

La vida de todo creyente camina entre dos polos: la realidad y la promesa. La realidad es lo que ya conocemos: el fracaso, la escasez o la enfermedad. Aunque sea negativa, muchas veces la preferimos porque nos brinda una falsa sensación de seguridad; es lo que “tenemos”.

En cambio, la promesa es inherentemente:

Desconocida: Dios no nos da una foto ni un anticipo; nos dice “vete a la tierra que te mostraré”.
Inverosímil: Parece imposible que sea verdad porque apunta a lo opuesto de lo que somos.
Ilógica: No resiste un análisis racional cuando la esterilidad es el punto de partida.

Aquí es donde Abraham se convierte en el “Caballero de la Fe” (Kierkegaard). La fe no es afiliación religiosa; es apostarle a lo desconocido basándose únicamente en una Palabra. Lot, por ejemplo, caminó con Abraham, pero finalmente prefirió lo conocido: vio las tierras fértiles del Jordán y eligió por vista, no por fe.

El escenario de Dios no es la religión

Algo importante que debemos sacudir de nuestra mente es que Dios sea el inventor o defensor de alguna religión. Abraham no era cristiano, ni judío, ni musulmán; era un hombre de una tierra politeísta que aprendió a discernir la voz de Dios en medio de sus contradicciones.

La fe no tiene nada que ver con iglesias o tradiciones doctrinales; la fe tiene que ver con Dios, la vida y la persona. El escenario de Dios es la existencia humana integral: sus metas, su casa, sus dolores y sus objetivos. A Dios no le interesa una religión que esclaviza al ser humano; a Él le interesa la vida plena y ver al ser humano coronado de gloria.

¿Quién ganará en su vida?

La pregunta para nosotros hoy no es a qué religión pertenecemos, sino si nuestra vida refleja los intereses de Dios. Todos estamos llenos de contradicciones, igual que Abraham. Tenemos una promesa que nos dice que somos valientes y transformadores, pero una realidad que nos grita que somos estériles o que estamos “muertos” para el éxito.

La resolución de su historia dependerá de su respuesta a la Palabra. Si te dejas determinar por la realidad, quedarás atrapado en pretextos. Pero si, como Abraham, decides que la Palabra es más real que tu propia esterilidad, entonces la fe te llevará a la obediencia, y la obediencia quebrará tu realidad para abrirte paso a la promesa. No busques seguridad en lo que ves; busca vida en lo que Dios ha dicho.

¿Cómo superó la adversidad? La derrota de la justificación

Abraham superó la adversidad cuando decidió que la Palabra de Dios era más fuerte que su propia biología. Muchas veces, nosotros usamos la realidad para decir: “Fíjese que no se puede”. Ese es el pretexto, el lenguaje de los que se rinden.

Abraham superó la esterilidad no negándola, sino quitándole el poder de definir su identidad. Él entendió que la prueba tiene una función pedagógica: desnudarte. La adversidad le quitó todas las muletas humanas y lo dejó sin nada más que la voz de Dios. Al verse “desnudo” en la prueba, descubrió que la transformación no dependía de su capacidad de producir hijos, sino de su capacidad de ser un instrumento de Dios. Superó la adversidad en el momento en que aceptó que su debilidad era el espacio perfecto para que la vida de Dios se manifestara.

¿Cómo asume el camino de la fe? La fe como nueva coordenada

Abraham asume la fe no como una religión, sino como un estilo de vida y de acción. Para él, la fe no fueron conceptos abstractos o doctrinas de un concilio; fue una coordenada existencial.

Asumió la fe como obediencia: Si Dios decía “camina”, él caminaba. No buscó entender el mapa completo; le bastó la Palabra para el siguiente paso.
Asumió la fe como riesgo: Apostó todo lo que tenía a lo desconocido. Entendió que el Dios de la Biblia es el Dios de la vida plena, y que esa vida solo se alcanza cuando dejas de servir a los ídolos de la seguridad personal para servir al propósito de bendecir a otros.
Asumió la fe como identidad: Al final, no fue Abraham quien se construyó un nombre; fue Dios quien lo hizo famoso. Él asumió que su destino estaba ligado a la bendición de todas las familias de la tierra.

El camino de Abraham nos demuestra que la religión es secundaria ante lo primario, que es la vida plena. El Dios de la Biblia no busca seguidores de ritos, sino sujetos que, en su libertad y responsabilidad, permitan que la Palabra se encarne en sus propias crisis.

La trascendencia de Abraham no radicó en su perfección moral, sino en su capacidad de desplazar su confianza de los mecanismos de Babel hacia la eficacia de la Palabra divina. Esto significa que la voluntad de Dios para el ser humano no es un destino ciego, sino una invitación a la fecundidad en medio de la esterilidad histórica. El éxito del proyecto divino depende de que tú, como Abraham, reconozcas que tu realidad actual es solo el material bruto desde el cual el Espíritu de Dios quiere edificar un testimonio de vida perdurable.

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