Esos nuevos evangélicos: Nómadas posmodernos

Existe una masa flotante dentro del mundo evangélico, compuesta en su mayoría —aunque no de manera exclusiva— por jóvenes profesionales en sus treintas y cuarentas, solteros o divorciados, sin afiliación religiosa estable. Son errantes, consumidores de productos y expresiones espirituales. Nómadas en búsqueda de un Santo Grial, de algún Dorado o, para algunos, del cuerno de la prosperidad.

Buscan un cristianismo que les haga sentirse bien. Quieren disfrutar de la salvación hoy. Son dados al placer y a la buena vida: para eso —dicen— han estudiado y trabajado tanto. Sin embargo, no puede ser cualquier cristianismo, pues temen profundamente caer en idolatría. Dentro de sí cargan un sentimiento persistente de culpa, un vacío difícil de llenar.

Portada del libro

El tiempo de las tribus

El tiempo de las tribus de Michel Maffesoli propone una lectura provocadora de la posmodernidad, afirmando que el individualismo moderno está siendo reemplazado por nuevas formas de pertenencia emocional y simbólica. En lugar del sujeto autónomo y racional, emergen “tribus” que se articulan por afinidades estéticas, experiencias compartidas y un sentido de comunidad inmediata. El libro se ha vuelto un referente para comprender cómo la vida social contemporánea se organiza alrededor de micro-identidades, rituales cotidianos y vínculos afectivos que desafían las narrativas tradicionales.

Las iglesias que visitan intentan domesticarlos, pero estos viajeros espirituales ya conocen de memoria tales rituales y recursos. Su comunidad nómada carece de organización formal, pero es real; a la vez imaginaria y virtual. Aunque transitoria, posee cierta solidez interna. Caminan en pequeños grupos, y sus valores posmodernos no los motivan a visitar iglesias “tradicionales”, que les resultan aburridas. Prefieren lo bueno, lo nuevo y lo que está a la moda.

En el amplio mercado religioso protestante disfrutan del anonimato que ofrecen las megaiglesias. Grandes estacionamientos donde su automóvil se pierde entre cientos, auditorios donde su presencia pasa inadvertida, cultos ruidosos donde su voz se diluye entre muchas otras. Allí se mezclan con quienes sí tienen una afiliación definida, satisfaciendo así sus necesidades espirituales. Una vez saciados, critican a los fieles como “panderetas”, “legalistas” o “cerrados”. De todos modos, en esas congregaciones nadie se preocupa por quién viene o quién no regresa.

Cuando no es hambre espiritual, es aburrimiento o desesperanza lo que los impulsa a buscar un lugar religioso donde renovar semanalmente su experiencia. Las comunidades modernas que exigían membresía y diezmos contrastan hoy con las crecientes comunidades posmodernas: todos son bienvenidos, nadie rinde cuentas y las expectativas son mínimas. Prefieren iglesias que abordan temas psicologistas, prácticos y motivadores, lejos de aquel Dios vengador y gruñón que escucharon en su niñez.

Sus historias suelen estar marcadas por el dolor. Algunos fueron fervientes religiosos, pero cargan cicatrices de abusos —de pastores o incluso de sus propios padres—. Muchos nacieron evangélicos y visitan una iglesia de vez en cuando. Sus padres, convertidos del catolicismo romano al protestantismo legalista, les criaron en un ambiente de rígido moralismo. Otros nunca recibieron formación sólida y fueron abusados espiritualmente antes de poder crecer; hoy desconfían de toda institución religiosa.

Lo importante es que estas personas requieren atención, sanidad y una comunidad que responda a sus inquietudes y preguntas. Parecen necesitar una expresión cristiana aún incipiente en nuestro país, con un liderazgo democrático, de mentoría y acompañamiento. Es una nueva población que demanda un nuevo estilo de iglesia.

Algunos de estos nómadas describen su ética como: “me comporto como Católico, pero pienso como protestante”. Parecen miembros de la Nueva Era, aunque profundamente monoteístas. Algunos han creado “su propio dios”, con su propia moral: una divinidad libre que los hace sentir bien cuando hacen lo que creen correcto. Su ética parece dictada por sus emociones.

Después de una noche de fiesta, sus visitas dominicales dependen de quién predica, de la calidad de la música, de qué tanto “se mueve el espíritu” o del nivel de exigencias que impone cada iglesia. Así peregrinan de megaiglesia en megaiglesia, volviendo cíclicamente a las mismas. Su espíritu aventurero desconcierta a las congregaciones, que ven auditorios llenos, pero arcas vacías.

Como bien afirma el sociólogo francés Michel Maffesoli, “es en esto en lo que la posmodernidad está emparentada con la premodernidad: la falta de preocupación por el mañana, el gozo del momento, el arreglárselas con el mundo tal y cual es”. No hay duda: hoy y en los años venideros necesitamos diseñar una iglesia que atienda las inquietudes de las poblaciones jóvenes latinoamericanas. Una iglesia que emerja del evangelio mismo, comprometida con la misión de Dios, y capaz de responder a los vagabundeos espirituales de las nuevas tribus posmodernas. En resumen, comunidades cristianas fieles al Texto y fieles al contexto social emergente de la Latinoamérica actual.

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