Hay momentos en la historia en los que el espectáculo revela más que la política misma. El deporte, que pretende ser un espacio de encuentro humano, termina convirtiéndose en un espejo moral de las sociedades. Allí donde multitudes celebran, también se esconden silencios. Y en esos silencios —como enseñaría la teología de la liberación— resuena el clamor de los oprimidos, ese grito histórico que muchas veces queda sofocado bajo la euforia colectiva.

Ética de la Liberación en la Edad de la Globalización y de la Exclusión
EnÉtica de la Liberación en la Edad de la Globalización y de la Exclusión, Enrique Dussel replantea la tradición ética desde una perspectiva no eurocéntrica, situando la Modernidad dentro de un sistema-mundo que globaliza mientras excluye. Frente a las morales formales, propone un principio material universal: producir, reproducir y desarrollar la vida humana en comunidad. Desde las víctimas —los cuerpos vulnerables que no pueden vivir ni participar— articula un principio de liberación que orienta la crítica y la transformación histórica con pretensión de justicia.
Las Olimpiadas de Berlín de 1936 no fueron solamente un evento deportivo. Constituyeron, en términos históricos, una verdadera liturgia política del poder. El Comité Olímpico Internacional otorgó la sede a Alemania antes del ascenso del nazismo, pero una vez consolidado el régimen, el evento se transformó en un aparato simbólico de legitimación. El deporte fue instrumentalizado como lenguaje de orden, superioridad y civilización, mientras el horror comenzaba a gestarse en los márgenes invisibles de la historia. El mundo asistió. El mundo aplaudió. Y el mundo, en gran medida, guardó silencio.
Hannah Arendt (1963) describiría posteriormente este fenómeno como la banalidad del mal: el mal no siempre se impone mediante figuras monstruosas, sino a través de sistemas donde personas ordinarias suspenden su capacidad de juicio moral. El problema no fue únicamente el nazismo, sino la normalización de su presencia en la vida cotidiana. Propaganda, espectáculo y silencio social entrelazaron una peligrosa ilusión de normalidad.
Décadas después, la historia parece reproducirse bajo nuevas formas. La elección de Estados Unidos como sede del Mundial de Fútbol 2026, decidida antes del retorno político de Donald Trump, evidencia nuevamente cómo las instituciones deportivas globales privilegian el poder económico y geopolítico por encima de la ética. La FIFA, en un gesto simbólico profundamente cuestionado, otorgó a Trump un “Premio de la Paz”. La contradicción resulta teológicamente inquietante: ¿puede hablarse de paz cuando el poder se sostiene sobre amenazas militares, apropiaciones territoriales, políticas de exclusión y el respaldo a la tragedia humanitaria del pueblo palestino?
Gustavo Gutiérrez (1971) afirmaba que la fe no es evasión espiritual, sino compromiso histórico con la liberación concreta de los oprimidos. El Dios bíblico no se revela en el espectáculo del poder, sino en el sufrimiento de los pueblos. Bajo esa luz, el deporte global, cuando legitima estructuras de dominación, se convierte en un ritual secular que adormece la conciencia. La teología de la liberación, desde Gutiérrez, enseña que el discernimiento cristiano comienza en la realidad histórica. En los albores de un mundial donde la mayoría de los partidos se disputarán en Estados Unidos, se abren las puertas al capital que representan las multitudes, pero simultáneamente se amenaza su presencia mediante discursos racializados que, bajo la retórica de la legalidad, buscan normalizar prácticas de exclusión y persecución.
El imperio contemporáneo ya no necesita uniformes ni desfiles militares visibles. Opera mediante narrativas, instituciones y símbolos globales. La amenaza de persecución a migrantes, las políticas de control territorial, las advertencias de guerra y la criminalización de la movilidad humana revelan una lógica de poder que trasciende el deporte. Sin embargo, el espectáculo futbolero continúa. Millones celebrarán goles mientras el mundo atraviesa crisis profundas; millones gritarán gol mientras en otras regiones la tierra se desangra. Ha llegado, silenciosamente, la anestesia del mundial.
¿Qué significa mirar hacia otro lado?
En este contexto emerge una pregunta filosófica inevitable: ¿qué significa mirar hacia otro lado?
Imaginemos un ejercicio mental. Supongamos que cada celebración deportiva encendiera una luz en un mapa mundial. Cada gol ilumina una ciudad, pero simultáneamente oscurece otra. El espectador percibe la fiesta, pero no el apagón. ¿Seguiría celebrando si supiera que su alegría se sostiene sobre una sombra? Este ejercicio filosófico muestra cómo la alienación moral surge cuando el sujeto fragmenta la realidad: separa el espectáculo de la ética, la emoción del juicio, el entretenimiento del sufrimiento.
Arendt insistía en que el pensamiento es una forma de resistencia (Arendt, 1971). Pensar significa interrumpir la obediencia automática, negarse a aceptar como normal aquello que destruye la dignidad humana. Desde esta perspectiva, el problema no es el fútbol en sí, sino el adormecimiento moral que el espectáculo puede producir.
El sistema mundial y la invisibilidad del otro
La filosofía de Enrique Dussel (1998) añade otra dimensión. El sistema mundial moderno se edificó sobre la exclusión de los pueblos periféricos. La globalización no es neutral: reproduce jerarquías. En este orden, los grandes eventos deportivos funcionan como celebraciones del centro del poder, mientras las víctimas del sistema permanecen invisibles. El “otro”, el descartado, no aparece en la pantalla. Pero su ausencia es profundamente política.
Tal invisibilidad se vuelve especialmente dolorosa en el caso del pueblo palestino. Mientras el mundo futbolero discute estadísticas y clasificaciones, Gaza arde. El sufrimiento colectivo, sostenido por estructuras geopolíticas de poder, apenas irrumpe en la conciencia global. Aquí la teología interpela radicalmente: la fe auténtica no puede convivir con la indiferencia ante el sufrimiento histórico. La opción por los pobres no es una metáfora, sino una postura ética y espiritual.
Gutiérrez (1971) insistía en que no se puede hablar del amor de Dios sin escuchar el clamor del oprimido. En ese sentido, el silencio del mundo futbolero frente al dolor palestino revela una fractura espiritual: la humanidad celebra mientras una parte de sí misma sangra. Esta indiferencia no es solo política; es también teológica. Es una ruptura de la comunión humana.
Celebrar con conciencia
El deporte, como toda práctica cultural, puede ser lugar de encuentro o de alienación. Puede humanizar o encubrir. La cuestión no es si debemos celebrar, sino cómo celebramos. ¿Celebramos ignorando el sufrimiento? ¿O celebramos reconociendo nuestra responsabilidad histórica?
Otro ejercicio mental puede iluminar esta pregunta. Imaginemos que cada persona, antes de entrar a un estadio, atraviesa un corredor donde escucha los testimonios de quienes padecen guerras, desplazamientos y hambre. No como espectáculo, sino como verdad. ¿Cambiaría la manera de vivir el evento? Tal vez no dejaríamos de celebrar, pero celebraríamos con conciencia. Y la conciencia transforma la historia.
Dussel afirmaría que la liberación comienza cuando el sujeto deja de ser espectador y se convierte en responsable (Dussel, 1998). Arendt recordaría que el mal se reproduce cuando los individuos renuncian a pensar (Arendt, 1963). Y Gutiérrez señalaría que la fe auténtica se mide por su compromiso con la vida (Gutiérrez, 1971).
Así, el problema no radica en el deporte ni en el espectáculo en sí, sino en la anestesia moral que puede generar. El desafío es profundamente espiritual: recuperar la capacidad de ver. Ver al otro. Ver el dolor. Ver la injusticia. Ver más allá del espectáculo.
Tal vez el mundo no necesita menos celebraciones, sino celebraciones más humanas y críticas frente a las realidades que nos atraviesan. Celebraciones donde la alegría no oculte el sufrimiento, donde el espectáculo no silencie la verdad, donde el poder no sustituya a la dignidad humana.
Y en ese discernimiento, más allá de comentar resultados deportivos, conviene recordar que tras cada celebración que pretende blanquear la imagen del poder, en algún lugar hay un desplazado, un pueblo bombardeado, una familia separada. Surgirán líderes, incluso religiosos, que se dejarán anestesiar por la euforia del resultado sin mirar el contexto histórico. Después de las Olimpiadas de 1936, tras el baño de popularidad y el silencio del mundo, llegó la gran hecatombe de la guerra.
Que esta denominada cita ecuménica del deporte convoque también un clamor: recordar a quienes no están representados, a quienes no aparecen en la pantalla, a quienes esperan justicia en medio del ruido del espectáculo.
Referencias
Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. Viking Press.
Arendt, H. (1971). Thinking and moral considerations. Social Research, 38(3), 417–446.
Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Trotta.
Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. CEP.

