Creer en tiempos de violencia

Hombre de espaldas observa la ciudad de Guadalajara de noche desde una azotea, con luces urbanas difusas y atmósfera de tensión silenciosa en contexto de violencia.

Hay días en que la violencia deja de ser estadística y se convierte en experiencia compartida. Las ciudades aparecen en los titulares. Los mensajes se multiplican. Las palabras “bloqueos”, “incendios” o “enfrentamientos” dejan de ser conceptos informativos y se transforman en coordenadas y puntos concretos.

Portada del libro

Oraciones por la paz en el mundo

Oraciones por la paz en el mundo es una guía de intercesión que responde a un presente marcado por conflictos históricos y violencias cotidianas, invitando a buscar reconciliación a través de la oración. Con 25 oraciones, el libro articula tradición espiritual y clamor contemporáneo. Sus ilustraciones, versículos bíblicos y espacios para intenciones personales lo convierten en un recurso devocional integral para quienes anhelan unidad y serenidad en un mundo herido.

Tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, identificado como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, se registraron bloqueos en avenidas y carreteras, vehículos y establecimientos incendiados, hombres y mujeres despojados de sus vehículos; la presencia visible de fuerzas de seguridad convirtió las calles de Guadalajara en un campo de batalla.

Durante varias horas, la movilidad se paralizó en puntos estratégicos de la ciudad. El transporte público fue suspendido. Centros comerciales y escuelas cerraron de manera preventiva. Las redes sociales se llenaron de reportes, videos y mensajes de alerta. La información circulaba con rapidez, pero también con confusión.

Más allá de la dimensión mediática o política, el impacto fue cotidiano: personas que no pudieron regresar a casa, familias que, envueltas de terror, permanecieron resguardadas en sus casas, trabajadores que interrumpieron su jornada sin saber cuándo todo volvería a la normalidad.

No se trató solamente de un operativo o de un episodio aislado. Fue un recordatorio de la fragilidad del orden público y de la capacidad que tiene la violencia organizada para irrumpir en la vida común.

La teología no puede permanecer indiferente cuando el ruido de la violencia alcanza la vida cotidiana.

Es sencillo hablar de providencia en contextos estables o cuando todo marcha bien; sin embargo, es complejo hacerlo cuando la incertidumbre toca a la puerta de la casa.

Es en situaciones así que la oración deja de ser una formulación doctrinal o un concepto aprendido y se convierte en una realidad, en una intercesión concreta. La reflexión sobre la soberanía de Dios ya no es un ejercicio teológico; es una búsqueda honesta de sentido.

El evangelio no propone negar el miedo ni minimizar el riesgo. Tampoco promete contextos seguros. Lo que afirma es presencia.

Jesús no ofreció ausencia de conflicto; nos ofreció su compañía en medio de él. Esta distinción es teológicamente decisiva en nuestra comprensión de la fe. La paz del evangelio no equivale a normalidad social, sino que es la convicción de que Dios no abandona a su pueblo en medio del caos.

Esa convicción no elimina la violencia, no la pasa por alto, pero impide que la desesperanza se convierta en la última palabra.

Sería irresponsable espiritualizar lo que es estructural. La violencia no se resuelve con frases piadosas ni con indignación momentánea.

Los episodios de violencia evidencian entramados complejos: decisiones humanas, corrupción institucional, desigualdad persistente y fracturas sociales acumuladas. Una reflexión teológica seria no puede reducir estas realidades a explicaciones simplistas.

La fe no sustituye el análisis social; lo complementa con una visión ética y llena de esperanza. No evade la responsabilidad histórica de quienes, en lugar de asegurar el orden social, han permitido que los grupos criminales dicten el sentido de la vida pública; la fe no cede al cinismo.

En este sentido, la Iglesia está llamada a algo más que opinar. Está llamada a encarnar una presencia distinta: una comunidad que no se acostumbra al miedo, que no normaliza el horror, que no trivializa el sufrimiento de las víctimas.

Cuando la violencia irrumpe en nuestras calles, en nuestros vecindarios, el impacto no es solo físico. Es emocional, psicológico y espiritual. Se instala una sensación de fragilidad: lo cotidiano deja de parecer seguro.

En ese contexto, el evangelio no ofrece una negación de la realidad ni explicaciones superfluas de la experiencia que hiere a las familias y a la sociedad mexicana. Ofrece una certeza más profunda: Dios no permanece lejos cuando el orden social se fractura y la desolación invade nuestra ciudad.

La esperanza cristiana no depende de la estabilidad del entorno. No surge de que todo funcione correctamente. Surge de la convicción de que Dios sigue presente y activo incluso en medio del desorden.

Esto no elimina la angustia ni simplifica la complejidad del problema. Pero sí impide que el temor se convierta en criterio último para interpretar la realidad.

Creer en medio de la violencia significa afirmar que el mal es real, pero no es definitivo. Que la oscuridad pesa, pero no determina el final. Que incluso en ciudades heridas, la dignidad humana sigue siendo verdadera.

La paz que el evangelio anuncia no siempre coincide con la tranquilidad social. A veces comienza como una decisión interior: no permitir que el miedo moldee nuestra visión de Dios, del prójimo y del futuro.

En tiempos de crisis, sostener la esperanza es un acto de resistencia espiritual. No es optimismo ingenuo, no es indiferencia; es confianza que persevera. Y esa confianza nos sostiene hasta el fin.

Soy de Guadalajara. Amo esta ciudad. Allí está mi familia, allí están mis raíces y buena parte de mi historia. Lo que ocurre en sus calles no me es ajeno. Por ello escribo desde la fe, pero también desde la pertenencia. Oro por su paz y por la posibilidad real de un futuro más justo, más humano y más digno.

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