¿Qué es la Biblia? – Parte 4 — El contenido de la Biblia: creación, patriarcas y éxodo

Manuscrito antiguo abierto sobre fondo de pergamino con textos en hebreo y griego, representando el contenido de la Biblia desde la creación hasta el éxodo.

Introducción editorial — El Blog de Bernabé

Hasta aquí hemos visto qué significa llamar a la Biblia “Sagrada Escritura” y por qué la fe la confiesa como Palabra de Dios. Ahora el texto responde a una pregunta inevitable: ¿qué dice la Biblia? ¿Cuál es su contenido?

La respuesta no es una lista de doctrinas aisladas. Es una historia. Una historia que comienza con la creación, atraviesa la rebeldía humana, pasa por la elección de Abraham y se convierte en relato de liberación con el éxodo. No es mito sin dirección ni crónica sin sentido: es historia de salvación.

En esta cuarta entrega entramos en el gran relato que estructura toda la Escritura.

Portada del libro

Descubre la Biblia I

Descubre la Biblia I inaugura una serie que propone un recorrido formativo por el mundo de las Sagradas Escrituras, combinando visión panorámica, reflexión teológica y sensibilidad literaria. Este primer volumen explora cómo la Biblia ha impactado la vida de personas y comunidades, y abre la puerta a comprenderla también como obra literaria de extraordinaria riqueza. Es una invitación a leer la Escritura con mayor profundidad, entendiendo su formación, su mensaje y su fuerza transformadora.

El contenido de la Biblia

La explicación anterior afirma cosas importantes, pero también deja otras sin responder. Porque si alguien pregunta «¿Qué es la Biblia?», aunque no lo manifieste expresamente, quiere saber algo más. Ante todo, quiere saber algo de lo que dice la Biblia.

De ahí la necesidad de completar la respuesta diciendo algo sobre el contenido de la Biblia.

La Palabra de Dios es, ante todo, el relato de una historia que se extiende desde la creación del mundo hasta el fin de los tiempos. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia proclama los hechos portentosos de Dios. A través de ellas, Dios se revela como Señor, Padre y Salvador, a fin de liberar del pecado y de la muerte a la humanidad pecadora.

Esta historia comprende dos etapas. En la primera, Dios forma para sí un pueblo, eligiéndolo de entre todas las naciones, para hacer de él una nación santa, un pueblo sacerdotal y su posesión exclusiva (cf. Ex 19.3-6). La segunda está centrada y resumida plenamente en Jesucristo muerto y resucitado, cuyo acontecimiento pascual constituye la revelación definitiva de los designios de Dios.

A la luz de este relato bíblico, la historia humana se manifiesta en su verdadero sentido; es decir: no como el producto del azar o de un destino ciego, sino como un proceso que está en las manos de un Dios personal, de quien todo depende y que lo conduce todo según el plan que él mismo se había propuesto llevar a cabo. Y este plan consiste en unir bajo el mando de Cristo todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra (Ef 1.9-10).

En esta historia se sitúa, en primer lugar, el largo proceso de formación del Antiguo Testamento, paralelo a la vida del pueblo de Israel. Después de la muerte y la resurrección de Cristo, y por la acción del Espíritu santo, nace la iglesia cristiana, y en ella se va formando progresivamente el Nuevo Testamento.

A continuación enumeramos brevemente las grandes etapas de esta historia milenaria.

La historia de los orígenes

El primer libro de la Biblia lleva el nombre de Génesis, palabra griega que significa «origen». El Génesis es el libro de los comienzos: comienzos del mundo, de la humanidad y del pueblo de Dios.

En sus primeros capítulos (1–11), el Génesis presenta un vasto panorama de la historia humana, desde la creación del mundo hasta Abraham. Estos relatos -tan conocidos, pero casi siempre tan mal comprendidos- ponen de manifiesto aspectos esenciales de la condición humana en el mundo.

A los seres humanos les corresponde el honor de haber sido creados «a imagen de Dios» (Gn 1.26-27). Pero al separarse de Dios por el pecado, la humanidad eligió para sí un camino de muerte. En el origen de esta rebeldía está la pretensión de «ser como Dios» (Gn 3.5), es decir: En vez de ordenar todas sus acciones de acuerdo con la voluntad divina, el primer hombre y la primera mujer se constituyeron a sí mismos en norma última de sus decisiones, usurpando el lugar que le corresponde exclusivamente a Dios.

El pecado rompió los lazos de amistad con Dios, y así entraron en el mundo el sufrimiento y la muerte. A su vez, la pérdida de la amistad divina trajo como consecuencia la ruptura entre Dios y el hombre, entre el hombre y la mujer, entre la especie humana y el resto de la creación.

La rebelión contra Dios está presente en todos estos relatos del Génesis. El pecado prolifera, se diversifica y se extiende cada vez más a medida que aumenta la humanidad. Pero el pecado y el castigo no tienen la última palabra, porque Dios reconstruye misericordiosamente lo que la soberbia humana había destruido: Después del diluvio, la humanidad es reconstituida a partir del justo Noé; después de la dispersión de Babel, a través de la elección de Abraham.

Por eso, en el marco descrito por estos relatos se va a desarrollar la «historia de la salvación», es decir, la serie de acciones divinas destinadas a liberar a la humanidad del pecado y de la muerte. La humanidad pecadora ya no era capaz de salvarse a sí misma. Solo la gracia de Dios podía traer al mundo la salvación. De ahí que la historia relatada en la Biblia sea la historia de nuestra redención.

DESCUBRE LA BIBLIA I —Sociedades Bíblicas Unidas—
Una obra formativa que introduce al lector al significado, impacto y riqueza literaria de la Biblia desde una perspectiva accesible y rigurosa.

Los patriarcas

Los once primeros capítulos del Génesis nos revelan algo del origen y del misterio de la condición humana; la historia de los patriarcas, que viene a continuación, presenta la primera etapa en la formación del pueblo de Dios.

Dios vuelve a intervenir en la historia de este mundo, pero lo hace de un modo nuevo. Ya no actúa para condenar a los culpables o para dispersar a los seres humanos, sino para dar cumplimiento a su plan divino de salvación.

Abraham, el «padre de los creyentes», escucha la palabra de Dios y emprende un camino que lo arranca del pasado y lo proyecta hacia el futuro:

Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre,
para ir a la tierra que yo te voy a mostrar.
Con tus descendientes voy a formar una gran nación;
voy a bendecirte…
(Gn 12.1-2)

El designio divino de salvación comienza humildemente, con un solo hombre—Abraham—y su familia. Pero desde el comienzo tiene una destinación universal, porque la elección de Abraham redundará al fin en beneficio de todas las naciones:

Con tus descendientes voy a formar una gran nación…
Por medio de ti bendeciré a todas las familias del mundo.

(Gn 12.2-3; cf. 13.14-17; 15.5; 22.17-18)

Isaac, primero, y Jacob, después, fueron los herederos de la promesa divina (Gn 26.4; 28.13-15). José fue vendido por sus hermanos, pero gracias a él la familia de Jacob llegó a Egipto y se salvó de la hambruna. Así quedó preparado el escenario para la gran liberación que relata a continuación el libro del Éxodo.

El éxodo

El éxodo de Egipto constituye uno de los momentos más decisivos en la historia de la salvación. Dios se reveló a Moisés como el Dios de los padres y el Dios salvador, que oyó el clamor de su pueblo y decidió acudir en su ayuda. Le dio a conocer su nombre de YHVH y lo envió a presentarse ante el Faraón, rey de Egipto.

Luego de muchos contratiempos, los israelitas salieron de Egipto, y con ellos se fue muchísima gente de toda clase (Ex 12.38). Esta breve referencia es importante, porque nos da a entender que la unidad del pueblo de Dios no depende, ante todo, de un común origen racial.

Después de la liberación viene la alianza. Al llegar al monte Sinaí, el Señor sale al encuentro de su pueblo y establece con él un pacto o alianza. Esta alianza no es un contrato bilateral, es decir, un convenio ordinario entre dos partes que han discutido sus términos antes de concluirla y firmarla. Es una disposición divina, que el Señor concede gratuitamente, por una libre iniciativa de su gracia.

Esta alianza hace del pueblo elegido un pueblo santo, puesto aparte por Dios y consagrado al servicio de Dios entre todos los pueblos de la tierra (Ex 19.3-8).

La historia de esta liberación quedó grabada como un sello indeleble en la memoria del pueblo de Israel. A partir de aquel momento, Dios nunca dejó de presentarse a sí mismo con estas palabras: Yo soy [YHVH] tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo (Ex 20.1).

Esta es la Parte 4 de 6 del artículo “¿Qué es la Biblia?” dentro de la serie Descubre la Biblia I.

Voces que permanecen nace del deseo de mantener encendida la voz de quienes hicieron de la teología un acto de amor, justicia y servicio. Es una serie para escuchar a quienes ya partieron, pero cuyo pensamiento sigue desafiando a creer, reformar y construir esperanza.

REVISA AQUÍ TODOS LOS ARTÍCULOS DE LA SERIE
Voces que permanecen

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar