Menos explicaciones, más buenos samaritanos

Voluntarios organizan agua, alimentos y mantas en un centro de acopio comunitario instalado en un parque tras un terremoto en Colombia.

Ante los recientes terremotos en Venezuela y Colombia, leo muchos comentarios en redes sociales preguntando: «¿Dónde está Dios?». Otros, con sorprendente seguridad, le atribuyen a Dios la decisión de hacer temblar la tierra porque está disgustado por algo que hicimos. Venezuela sufrió dos fuertes terremotos el 24 de junio de 2026, y el occidente de Colombia fue golpeado por un terremoto de magnitud 7,4 el 10 de agosto.

¡Qué insensatez la de unos y qué indolencia la de otros!

Son, en buena medida, las consecuencias de teologías populares sembradas durante décadas en nuestras iglesias: un Dios convertido en explicación fácil de la tragedia o, peor aún, en autor del sufrimiento y ejecutor de castigos mediante catástrofes naturales.

Mientras tanto —¡y cuánto me alegra!— muchos están actuando con solidaridad: socorren a los heridos, acompañan a quienes tienen miedo, ofrecen alimento, refugio, atención y otras respuestas profundamente humanas. Algunos no van a ninguna iglesia. Otros iban y ya no lo hacen; son los que solemos llamar «alejados» o, más recientemente, «deseclesiados».

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Y entonces vuelvo a leer la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37).

Allí Jesús no dedica tiempo a explicar por qué aquel hombre terminó herido al borde del camino. Tampoco especula acerca de qué hizo para merecerlo. La parábola pone el foco en otra cosa: ¿quién se hizo prójimo del que sufría?

Y la respuesta sorprende: no fueron los representantes de la religión, sino aquel de quien menos se esperaba.

Quizá, ante una tragedia, la pregunta cristiana más urgente no sea: «¿Por qué Dios permitió que temblara la tierra?», sino: «¿De quién puedo hacerme prójimo ahora?».

Porque frente al dolor, Jesús no nos enseñó a buscar culpables ni a elaborar explicaciones apresuradas acerca de Dios. Nos enseñó a acercarnos, vendar heridas, cuidar y hacernos cargo.

«Ve y haz tú lo mismo» (Lucas 10:37).

Escribo estas líneas desde un avión, saliendo de Medellín. Y las escribo pensando, de manera especial, en mi sobrino Samuel David. Un día tuve la alegría de bautizarlo en una iglesia bautista. Otro día dejó de asistir a la iglesia. Pero no dejó la fe ni abandonó su cercanía con Jesús, el de Nazaret.

Desde las primeras horas después del terremoto que golpeó Cali, mi ciudad, Samuel no ha cesado de ayudar. Cali fue una de las ciudades gravemente afectadas por el terremoto del 10 de agosto, cuyo epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó. Ha creado medios virtuales, convocado personas y movilizado ayudas para quienes las necesitan. Y mientras pienso en él, vuelvo una vez más a la parábola.

Tal vez seguimos demasiado preocupados por saber quién está dentro y quién está fuera, quién asiste y quién dejó de asistir, quién pertenece y quién se alejó.

Jesús, en cambio, parece preguntarnos algo mucho más sencillo y mucho más exigente: ¿Quién se hizo prójimo?

Ante la tierra que tiembla y el dolor de quienes sufren, necesitamos menos explicaciones religiosas y más buenos samaritanos.

2 respuestas

  1. Totalmente cierto. La fe no se mide solo por asistir a un templo, sino por cómo actuamos cuando el prójimo nos necesita. Dios está usando a muchos corazones en este momento tan difícil para Cali 🙏”

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