Daniel: la iglesia no debe bailar al son de la música del rey

Figura humana de pie entre la sombra y la luz, símbolo de la fe cristiana frente al poder político en el libro de Daniel.

En el artículo anterior conocimos al Daniel que aprendió a hablar babilónico sin pensar babilónico, al joven que entró a la corte de Nabucodonosor con una convicción que ningún sistema de aculturación pudo erosionar. Hoy seguimos el recorrido con la pregunta que el libro de Daniel le plantea a la iglesia desde sus primeras páginas hasta las últimas, una pregunta que el mundo evangélico latinoamericano ha preferido esquivar durante más de un siglo porque la respuesta resulta difícil de asumir: ¿qué tipo de relación debe tener la fe con el poder político?

Nótese que la pregunta no es si debe haber relación, porque a esa pregunta el libro de Daniel responde desde el primer capítulo con una evidencia que no admite discusión. Daniel estuvo en la corte. Sus amigos administraron provincias. El profeta asesoró durante décadas a reyes de imperios sucesivos. Quien lea el libro de Daniel con atención y concluya que la fe no tiene nada que ver con la política no está leyendo el mismo texto. La cuestión decisiva, la que el libro se toma en serio, es qué tipo de relación debe existir, porque entre la fe que ilumina al poder y la fe que se dobla ante él hay una diferencia que el texto de Daniel construye con una precisión narrativa que merece leerse despacio.

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I. El poder es de Dios: por eso la iglesia no puede ignorarlo

Hay una lógica que el capítulo 2 de Daniel articula con la naturalidad de quien está diciendo algo evidente, aunque para la mentalidad evangélica dominante resulte casi escandaloso escucharlo así. Cuando Daniel recibe en visión la revelación del sueño de Nabucodonosor, su primera respuesta no es correr al palacio, sino reunirse con sus amigos para orar. Su alabanza a Dios, después de recibir la revelación, contiene una declaración que organiza toda su teología política: él cambia los tiempos y las épocas, pone y depone reyes, da sabiduría a los sabios e inteligencia a los entendidos.

Si el poder político pertenece a Dios, si es él quien pone y depone a quienes gobiernan, entonces la iglesia no puede tratar el poder como un territorio que no le compete. Ignorar el poder no es humildad espiritual: es una forma de desobediencia, porque significa dejar sin iluminación un ámbito que Dios mismo declara como suyo. La iglesia que decide no tener nada que ver con la política no se abstiene de influir en ella: simplemente cede ese espacio a quienes no tienen ningún escrúpulo en usarlo para sus propios fines y luego se sorprende de que las estructuras políticas no reflejen los valores del evangelio.

Esto es lo que Daniel entendía y lo que lo llevó a aceptar el cargo de gobernador de toda la provincia de Babilonia sin sentir que estaba traicionando su fe. No es malo tener un puesto político, dice el texto con la misma naturalidad con que narra que Daniel también oró tres veces al día de cara a Jerusalén. El problema no es el cargo. El problema es qué hace con el cargo quien lo tiene: si lo usa para iluminar al poder o termina siendo iluminado por él; si mantiene su lealtad fundamental o la hipoteca a cambio de la posición.

PRESENCIAS —por David E. Ramos—
La fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.

II. La fe que ilumina y la fe que se dobla: dos maneras de estar en la corte

El capítulo 3 de Daniel presenta la prueba más contundente que narra el libro, precisamente porque ocurre en el momento en que los amigos de Daniel tienen más que perder. Ya no son los deportados recién llegados del capítulo 1; son funcionarios establecidos en el sistema, hombres que, a solicitud de Daniel, han sido nombrados administradores de la provincia y que tienen cargo, posición y los beneficios que vienen con ambas cosas. Es en ese momento cuando Nabucodonosor manda construir una estatua de oro de veintisiete metros de alto y ordena que todos se inclinen ante ella al escuchar la música.

La orden no es caprichosa: es un acto político de consolidación de lealtades. El poder, cuando no tiene quien lo ilumine, tiende a confundir el servicio con la adoración y la lealtad política con la sumisión religiosa. La estatua de Nabucodonosor es la expresión de ese delirio de grandeza al que el poder es propenso cuando nadie le dice que es un simple mortal. La respuesta de Sadrac, Mesac y Abed-nego al ser convocados ante el rey es uno de los textos más radicales de todo el Antiguo Testamento: «No hace falta que nos defendamos ante usted. Si se nos arroja al horno en llamas, el Dios al que servimos puede librarnos. Pero incluso si no lo hace, queremos que sepa su majestad que no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua que usted ha erigido».

El «incluso si no lo hace» es la frase que lo cambia todo, porque desnuda la diferencia entre una fe instrumental —que sirve a Dios esperando que Dios le resuelva el problema— y una fe incondicional, que sirve a Dios porque es Dios y no porque resulte conveniente hacerlo. Los tres jóvenes no están seguros de que Dios los vaya a librar; están seguros de que, aunque no los libre, no van a inclinarse. Esa convicción, que los lleva directamente al horno, es lo que el evangelio llama fe, mientras que lo que suele practicarse en muchos entornos políticos que se autodenominan evangélicos es otra cosa:

  • la religión como eslogan de campaña;
  • la fe como credencial de acceso;
  • la identidad cristiana como herramienta para llegar al poder, que luego se guarda en el templo cuando hay que tomar decisiones.

III. El poder y su psicología: lo que le ocurre a quien no tiene quién lo ubique

El capítulo 4 de Daniel contiene uno de los análisis más penetrantes sobre la psicología del poder que existe en la literatura antigua, y lo hace a través de una historia que, a primera vista, parece un relato de castigo divino, pero que en realidad es una historia de misericordia. Nabucodonosor se pasea por la terraza de su palacio —esa frase, que el texto usa con una intención paralela al paseo de David por su terrado antes del episodio con Betsabé, es la señal literaria de que el rey está a punto de perder el norte— y exclama: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he construido con mi gran poder y para mi gloria?».

En esa frase están las tres señales del poder que se ha enfermado:

  • la obra como propiedad personal;
  • el poder como recurso propio;
  • la gloria como destino final.

Ya no es el poder como servicio al pueblo, sino el poder como extensión del ego. Cuando el poder llega a ese punto, cuando ya no puede distinguir entre lo que es, lo que tiene y lo que ha construido, lo que viene después es el deterioro, porque un poder que no puede escuchar la crítica empieza a tomar decisiones cada vez más desconectadas de la realidad que lo rodea.

La historia de Nabucodonosor es, en ese sentido, la historia de todo líder que no tiene a nadie que le diga que es un simple mortal. Hay un relato sobre un general romano que, al regresar victorioso a Roma con la pompa de un desfile triunfal, consciente del efecto que la gloria pública tiene sobre el juicio humano, contrató a un esclavo para que caminara a su lado durante todo el desfile repitiendo sin parar: «Recuerda que eres un simple mortal».

La institución que el evangelio tiene para eso se llama profecía: la capacidad de decirle al poder lo que necesita escuchar, aunque no quiera oírlo. Es lo que Daniel hizo durante décadas desde su posición en la corte babilónica. Pero cuando la iglesia se dobla ante el poder en lugar de iluminarlo, esa función desaparece, y el resultado es un poder que se deteriora más rápido porque ya no hay nadie capaz de decirle que no es más que un simple mortal.

IV. Ningún movimiento humano es el reino de Dios: la fe que no idealiza

Hay una trampa en la que la iglesia cae con una regularidad que resulta difícil de explicar solo por ingenuidad: la idealización de un movimiento político como si fuera la encarnación del proyecto de Dios. Ocurre porque los movimientos políticos que buscan el apoyo de la iglesia aprenden a hablar el idioma que ella quiere escuchar, a enmarcar sus propuestas en el vocabulario de la justicia, la dignidad y el bien común, y a proyectar una imagen de liderazgo que resulta creíble en el contexto de la esperanza colectiva. La iglesia, hambrienta de ver transformaciones concretas en la realidad social, presta esa esperanza con una generosidad que no distingue entre el proyecto de Dios y el proyecto de un partido.

El problema no es apoyar a un movimiento político que tenga propuestas razonables. El problema es la lealtad incondicional, ese punto en que la iglesia deja de ser sal y luz para convertirse en una entusiasta acrítica; el momento en que ya no puede señalar los errores del poder que apoya porque lo ha identificado de tal manera con el bien que criticarlo se siente como traicionar la causa. Cuando eso ocurre, la función profética de la iglesia desaparece precisamente cuando más falta hace: cuando el poder que ella misma ayudó a consolidar comienza a tomar decisiones que afectan a los más vulnerables.

El poder corrompe, y esa no es una observación cínica, sino una constatación histórica y bíblica. Todo movimiento que comienza con limpieza, con buenas intenciones y con un discurso genuino de servicio al pueblo enfrenta en algún momento el punto de inflexión en el que el ejercicio del poder empieza a pesar más que la motivación original, los recursos que genera la posición comienzan a crear sus propios intereses y la lógica de preservar el poder desplaza a la lógica de servir al pueblo. El creyente que entiende esto no se convierte en cínico ni en abstencionista; se convierte en alguien que puede participar políticamente desde la fe sin poner su esperanza última en ningún movimiento humano, porque sabe que el reino de Dios no tiene partido.

V. César no es el Señor: la confesión que les costó la vida a los primeros cristianos

La persecución de los primeros cristianos en el Imperio romano no puede entenderse únicamente como una persecución religiosa en el sentido en que habitualmente usamos esa expresión. Roma podía tolerar una amplia diversidad de cultos religiosos y admitir la incorporación de divinidades procedentes de los pueblos conquistados. El problema con los cristianos no era simplemente que adoraran a Jesús: era que se negaban a decir que César era el Señor.

Esa confesión —Jesús es el Señor—, que recorre las cartas de Pablo con una insistencia que deja de parecer una fórmula cuando se entiende el contexto, no era un enunciado teológico abstracto, sino una declaración política de la más alta peligrosidad. Significaba que había alguien cuya autoridad estaba por encima de la del Imperio, que el poder del César no era absoluto ni último y que había una lealtad que ningún Estado podía reclamar. Roma lo entendió perfectamente, mucho mejor que muchos creyentes contemporáneos, y por eso los persiguió: no solo por adorar a un dios extranjero, sino por negarse a poner al César en el lugar que solo le pertenece a Dios.

Esa misma lógica es la que Daniel y sus amigos encarnan en Babilonia cuando se niegan a inclinarse ante la estatua del rey. No están cuestionando la autoridad política de Nabucodonosor como gobernante: están negándose a darle la lealtad absoluta que solo le pertenece a Yahvé. Están trazando la línea que la fe traza siempre entre el poder legítimo y la idolatría política. Esa línea, que el primer libro de los Reyes traza en torno a los becerros de oro, que Daniel traza en torno a la estatua de Nabucodonosor y que los mártires romanos trazaron en torno al culto al César, sigue siendo la misma que la iglesia contemporánea debe marcar con claridad y sin miedo: ningún poder humano merece lealtad incondicional, ningún líder merece adoración, ningún movimiento político puede ocupar el lugar que le corresponde al reino de Dios.

Gente que no baile al son de la música del rey

La oración con la que termina la clase que da origen a este artículo pide algo muy específico: gente que no baile al son de la música del rey, personas que, en su comunidad, en su trabajo y en sus distintos ámbitos, puedan hacer prevalecer la fe por encima de cualquier interés. Esa petición resume con una imagen musical todo lo que Daniel enseña sobre la relación entre la fe y el poder: no es que el creyente no pueda estar en la misma sala donde suena la música del rey, sino que, cuando esa música exige lo que la fe no puede dar, hay que quedarse quieto, aunque todos los demás se inclinen.

Daniel no huyó de Babilonia. Sus amigos no renunciaron a sus cargos antes de que llegara la prueba. Estaban en la corte, participaban del sistema, conocían sus reglas y sus códigos, y esa presencia fue precisamente lo que les permitió ser testigos de la soberanía de Dios en el corazón del Imperio. Pero cuando el rey mandó construir la estatua y ordenó que todos se inclinaran, ellos sabían exactamente dónde estaba la línea, porque la habían trazado desde el principio y no la habían movido cada vez que resultaba costoso sostenerla.

Esa es la educación política que la iglesia necesita y que pocas veces recibe: no la que enseña a qué partido votar ni qué candidato apoyar, sino la que forma creyentes capaces de participar en cualquier ámbito del poder con la conciencia clara de que su lealtad fundamental es al evangelio y no al partido; al reino de Dios y no al movimiento de turno; al Señor que pone y depone reyes, y no al rey que en este momento cree que la historia comienza y termina con él. Porque los reyes pasan, los imperios caen y Daniel sigue siendo Daniel.

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