Teresa de Ávila (1515–1582) fue una gran monja española. Se caracterizó por su profunda vida de oración y servicio en el siglo XVI. Se cuenta que cierto día, viajando en una carreta tirada por bueyes, cayó en un arroyo lodoso. Esta mujer devota y gentil, fundadora de la orden de las carmelitas descalzas —¡toda una institución!—, se levantó del suelo mientras amenazaba a Dios con el puño y a la vez exclamaba:
—Si así tratas a tus amigos, con razón no tienes muchos…

Las moradas del castillo interior
Las moradas del castillo interior de Teresa de Ávila es uno de los grandes clásicos de la espiritualidad cristiana. En esta obra, la autora describe el alma como un castillo con diversas moradas por las que el creyente avanza en su camino hacia la unión con Dios. Con lenguaje sencillo y profundamente experiencial, Teresa relata las luchas, purificaciones y descubrimientos que marcan el itinerario interior de quien busca vivir “a solas con Dios”.
¿Nos escandaliza la libertad que se atribuye esta monja? En dado caso, también debería chocarnos las palabras desafiantes de Moisés (Éxodo 32:32). O, ¿más bien nos recuerda las luchas que hemos tenido con Dios en algún momento de nuestras vidas?
Lo cierto es que no son las amenazas insensatas de una persona atea. Es la oración sincera y transparente de alguien que ha llegado a conocer a Dios a través de una relación personal y se atreve a llamarle: Amigo.
La oración nos debe conducir a esta misma afirmación, tal como lo declara Peterson (2006) cuando agrega:
No sólo podemos oír y entender a Dios al hablarnos; podemos hablarle, responder, conversar, discutir, cuestionar. Podemos orar, todo porque la oración es una ofrenda de nosotros mismos, tal como somos. (p. 105).
Si la oración es un ofrecimiento y un llamado a descubrir el corazón de Dios, tendremos que quitarnos todos aquellos bagajes religiosos, ideas preconcebidas y malos paradigmas que, en vez de acercarnos a Dios, nos imposibilitan el acceso para conocerle tal como él es.
¿Por qué o para qué?
“No le digas al Señor: ¿por qué?, tienes que preguntarle: ¿para qué?”.
En varias ocasiones he escuchado este tipo de afirmaciones, muy presentes por lo general en nuestros contextos latinos. Son un típico ejemplo de estas limitaciones que tienden a restringir la libertad de expresión que Dios nos ofrece para intimar con él.
En los Salmos encontramos que las oraciones están cargadas de alabanzas, motivos de agradecimiento y alegrías, pero también hallamos quejas, discusiones e indignación de aquellos que se atrevieron a pugnar con Dios en determinado momento o circunstancia.
Entonces, tanto los “¿por qué?” como los “¿para qué?” son necesarios, pues nos permiten explorar los límites —y las profundidades— de nuestra relación con Dios. La tradición bíblica no silencia la queja ni la confrontación reverente; al contrario, las integra como parte del diálogo de fe. De otro modo, tendríamos que excluir de las Escrituras aquellas oraciones que desbordan nuestros moldes religiosos (Éxodo 5:22–23; Salmo 83:1; Salmo 44:23–26).
Bloesch, en su libro Orar es luchar con Dios (2004), declara:
“Combatimos con Dios a fin de descubrir el horizonte más completo de su voluntad, y nuestro éxito en este empeño es, por lo tanto, también la victoria de Dios” (p. 126).
Es decir, hasta nuestra indignación y frustración pueden convertirse en plegarias que se elevan a los cielos, en una incesante búsqueda por conocer la voluntad divina y encontrar su respuesta.
Algo similar vemos en Jesús en el huerto de Getsemaní, quien no se doblegó hasta conocer cuál era el designio divino y finalmente pudo aferrarse a él.
Debo agregar que Teresa de Ávila siguió viviendo su vida recta y consagrada a Dios, y murió a los 67 años.
¡No fulminada por un rayo!, como algunos hubiesen esperado.


Un comentario
Hermoso!!