Introducción a la serie de personajes de la Biblia
La historia no es un concepto abstracto ni un relato de acontecimientos lejanos; la historia es la realidad misma que se nos impone. Es ese escenario que no elegimos, que llega con todas sus dimensiones y nos rodea con una fuerza que, muchas veces, parece sobrepasarnos. Ante esta realidad contundente, solo existen dos tipos de personas: las que se rinden y las que transforman.

Personajes de la Biblia
Personajes de la Biblia, de David Mandel, es una obra de referencia sólida y bien construida que reúne 3.000 biografías de figuras del Antiguo Testamento, desde los nombres más conocidos hasta aquellos que apenas aparecen en el relato bíblico. Cada entrada articula de manera clara y continua las referencias dispersas en el texto bíblico, ofreciendo un retrato coherente del personaje en su contexto. Es un libro pensado para quien busca rigurosidad, amplitud y claridad, sin perder el pulso narrativo ni la complejidad humana de la historia bíblica.
La trampa de la justificación
Hay quienes, frente a las dificultades, deciden quebrarse ante la realidad. Son las personas de la justificación, aquellas que siempre dicen: “yo no podía hacer más porque la situación…” o “yo quería, pero no se puede”. Viven transfiriendo a otros la causa de sus fracasos y de las cosas que no salieron bien en su vida, considerándose víctimas de circunstancias que no seleccionaron.
Para la Biblia, esta actitud define a los cobardes: aquellos que, atemorizados por lo complicado de la realidad, deciden huir, renunciar y dejar que el mundo siga su curso sin hacer nada por cambiarlo. Es una postura que busca culpables en la familia, en los compañeros de trabajo, en los amigos o en el pasado, con tal de no asumir la responsabilidad del presente.
Los valientes: personajes que desafiaron su realidad
En la otra acera están los que ven la realidad y sentencian: “Esto no puede seguir así, esto tiene que ser diferente”. Son hombres y mujeres que no esperan que otros actúen; se posicionan en primer lugar como sujetos de cambio. La Biblia los llama valientes. Lo importante aquí es entender que ninguno de estos personajes eligió el ambiente adverso en el que le tocó vivir.
Moisés: no eligió nacer en un Egipto gobernado por un faraón que quería exterminar a los varones. Desde que nació, la realidad dictaba que debía ser eliminado, pero su vida se convirtió en un instrumento de liberación.
la fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.
David: no eligió entrar a la historia frente a un gigante enorme que ultrajaba a Israel todos los días. Él simplemente llegó un día a dejar unos quesos y unas tortillas y se encontró con esa realidad. Mientras otros se acobardaban, él se indignó al ver cómo ese “incircunciso” trataba así al pueblo de Dios.
José: no eligió ser el preferido de su padre ni el odiado por sus hermanos. Las circunstancias se dieron así, pero no usó ese rechazo como excusa para el fracaso.
Ester: entró a una especie de “Miss Universo” sin saber el desafío de vida o muerte que enfrentaría. No se amilanó ante lo negativo, aun cuando el riesgo era absoluto.
Una fe que camina y acciona
Debemos entender que la Biblia no es la historia de una teología, ni de corrientes o doctrinas aisladas; es la historia de personas. Las ideas no caminan solas ni hacen nada por sí mismas; son los hombres y mujeres inspirados por una palabra o una revelación quienes transforman realidades adversas.
Como bien resume el autor de Hebreos, la historia de la fe no se trata de instituciones, sino de individuos como Gedeón, Barac, Sansón y David, que conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido. No les llegó por azar: lo alcanzaron porque sacaron fuerza de la flaqueza y se mostraron valientes en la guerra. El mundo no era digno de ellos porque no se quedaron en el lamento, sino que estuvieron allí para cambiar las cosas, a pesar de los azotes, las cárceles o el maltrato.
La Iglesia no es un nombre ni un ente que navega en el aire; la Iglesia son todos los llamados por Jesús a caminar junto a Él en la historia. Si tú dices que la Iglesia está de cierta forma, es porque tú mismo estás así, porque la Iglesia es el reflejo de sus miembros. Lo que suceda en nuestra comunidad dependerá directamente de lo que cada uno decida hacer y de cómo decida actuar.
No pierdas el tiempo buscando posiciones, títulos o autoridad por pura vanidad. El verdadero liderazgo se demuestra con hechos: levantando algo en un lugar difícil o parándose frente a un gigante cuando todos los demás huyen.
¿Eres de las personas que se rinden ante la queja o de los que dicen: “Aquí vamos a accionar”? No intentes pelear con armaduras prestadas que no te permiten ni caminar. Usa lo que Dios ya puso en tu mano —su honda y sus piedras— y sal a demostrar que, con la ayuda del Señor, cualquier realidad, por muy cruel que sea, puede ser transformada.

