“Cuanto más se sabe, menos se comprende.”
(Tao Te Ching, Capítulo 47)
Es posible que, en el afán por comprender y descifrar los misterios de lo divino, esa búsqueda deje de ser un medio y termine convirtiéndose en un fin en sí misma.
Cuando esto ocurre, el estudio de Dios puede volverse tan arduo y absorbente que concentre en sí todo el esfuerzo, hasta el punto de que el fin último —Dios mismo— quede relegado u olvidado.
Pienso entonces en una teología cuya nobleza se diluye cuando su ejercicio se transforma en una especie de “inutilidad sistemática”: un empeño desmedido por comprender lo trascendente que, paradójicamente, termina perdiendo de vista al Trascendente.
En ese escenario, el estudio del Bien puede distraer del bien verdadero. Lo que se expone y se predica corre el riesgo de deformarse y, finalmente, de convertirse en su contrario.
No es casual que Jesús sitúe el centro de toda comprensión y práctica de la fe fuera del mero saber religioso:
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo es igualmente importante: ama a tu prójimo como a ti mismo. Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos” (Mt 22,37–40).
Una teología que no conduce al amor —a Dios y al prójimo— puede ser intelectualmente brillante, pero espiritualmente estéril. La teología cristiana solo conserva su sentido cuando permanece subordinada a la vida, la compasión y la práctica del amor.

