La Epifanía, celebrada cada 6 de enero, no es un apéndice folclórico de la Navidad ni una escena fija del pesebre. Es una grieta en el relato religioso cerrado, una manifestación que ocurre fuera de los lugares previsibles y que revela no solo quién es Jesús, sino qué tipo de Reino inaugura. Epifanía significa manifestación, pero no en clave de poder o evidencia incontestable, sino como revelación que descoloca: Dios haciéndose visible para quienes vienen de lejos, para quienes no encajan, para quienes no tienen credenciales religiosas.

Oraciones vespertinas: Para cada día del año
Oraciones vespertinas: Para cada día del año parte de una convicción sencilla pero poco habitual: la vida espiritual no comienza solo al amanecer. Este libro acompaña el cierre de la jornada, cuando el cansancio pide palabras breves y verdaderas. No busca explicar la fe, sino nombrarla en voz baja, al final del día. Cada noche propone una oración sobria y confiada, escrita desde la certeza silenciosa de la presencia de Dios.
Los sabios de Oriente: cuando Dios se deja encontrar por extranjeros
El evangelio de Mateo lo narra con sobriedad y sin explicaciones defensivas (Mt 2,1–2): unos sabios venidos de Oriente llegan a Jerusalén preguntando por el rey que ha nacido. No son sacerdotes ni escribas, no pertenecen al pueblo del pacto ni a la institucionalidad religiosa de Israel. Son astrólogos, gentiles, paganos según las categorías de la época, y precisamente por eso su presencia resulta tan inquietante. Son ellos quienes leen los signos, quienes se ponen en camino y quienes perciben algo que Jerusalén —con su templo, su tradición y su poder— no logra ver. Aquí se produce una inversión profunda: Dios no se revela primero a los “correctos”, sino a los atentos; no a quienes controlan el relato, sino a quienes se dejan mover por una pregunta.
Más allá del pesebre: una visita que descoloca
La tradición ha colocado a los Reyes Magos junto al pesebre, como si todo hubiera ocurrido la misma noche. Mateo no dice eso. Todo indica que la visita ocurrió tiempo después, cuando Jesús ya no era un recién nacido. Este detalle no es menor, porque nos saca de la escena tierna y nos coloca frente a una irrupción teológica y política: extranjeros ricos, influyentes y de otra cosmovisión religiosa reconociendo a un niño judío como rey. No llegan con discursos, llegan con gestos concretos, y esos regalos —oro, incienso y mirra— terminarán siendo provisión real para una familia que pronto deberá huir y convertirse en migrante. El Reino, una vez más, se sostiene gracias a manos inesperadas.
Un Reino que se deja servir por quienes no esperábamos
Los dones de los magos no son solo símbolos litúrgicos; son cuidado, hospitalidad, posibilidad de sobrevivir. Que la Sagrada Familia dependa de la generosidad de extranjeros debería incomodarnos más de lo que suele hacerlo, porque dice algo fuerte sobre Dios y algo incómodo sobre nuestras fronteras religiosas. El Reino de Dios no solo incluye a los de fuera; a veces se deja servir por ellos, y eso cuestiona cualquier intento de apropiarnos de Dios como si fuera patrimonio exclusivo de los “nuestros”.
Epifanía hoy: reconocer a Dios fuera de nuestros mapas
La Epifanía no nos invita a admirar a los Reyes Magos desde la distancia, sino a revisar nuestros propios mapas espirituales. ¿Dónde creemos que Dios no puede manifestarse? ¿A quiénes seguimos considerando ajenos, sospechosos o equivocados? En un mundo atravesado por fronteras, trincheras ideológicas y desconfianzas mutuas, la Epifanía recuerda que el Reino no avanza por pureza doctrinal ni por control, sino por disponibilidad del corazón. A veces, quienes menos esperamos ya están en camino, y no para confirmar nuestras certezas, sino para ampliarlas.
Un llamado abierto: caminar, ofrecer, servir
Celebrar la Epifanía es aceptar que Dios sigue revelándose fuera de nuestros esquemas y que el seguimiento de Jesús implica movimiento, apertura y ofrenda. No es una fiesta para cerrar la Navidad, sino una invitación a abrir el Reino, a reconocer al Rey incluso cuando se manifiesta en fragilidad y a dejarnos interpelar por quienes, viniendo de lejos, terminan mostrándonos algo esencial sobre Dios y sobre nosotros mismos.

