Te he visto, Señor, entrando en las iglesias, en esos espacios grandes y pequeños que tantas veces reducen tu Nombre, para desafiarlos a pensar que ser Iglesia en este mundo tuyo significa pensar en el otro, en el que sí se verá muy afectado ante los cambios políticos, en aquellos para quienes luchar por la justicia social es una cuestión de vida y dignidad. Tú has puesto a muchos en incomodidad, al hacerlos «ensuciarse» las manos con lo político, a denunciar los actos de corrupción, de manipulación e injusticia sistémica. Has sido tan incómodo, porque al invitarlos a ver y denunciar, les has hecho verse y llorar. También tu Iglesia usamos y abusamos del poder.
Te he visto en mi país, y en sus fronteras. Te reconocí en aquel migrante que camina el desierto por amor a los suyos; en ese extranjero también habitas tú. Te puedo ver en el gesto de amor del que entrega comida al que vive en la calle, y del que aprende a escuchar a aquellos que nadie ve. Te veo de pronto, yendo a la maquila, despertando de madrugada, suspirando en el camión, pensando en los hijos; en esa mujer que se esfuerza. Te veo también, metido en las altas esferas políticas y entre los que trafican la droga, aún allí te haces presente. Y los que ostentan el poder te buscan en silencio, también a ellos les susurras tu perdón.
Te vi cayendo junto al hombre baleado por niños delincuentes que crecieron sin hogar. Les tuviste compasión a esos que acabaron con la vida, y a la familia que se quedó sin padre. Te ofreciste como Padre para ambos. No te entiendo del todo, pero te veo en cada momento. Lucho por reconocerte en cada esquina, en ver tu imagen en todo rostro.
Sobre la autora:
Alejandra Ortiz es de Tijuana, México y comparte la vida con Abdiel y su hija Erandi. Estudió historia en Tijuana y Teología en Regent College en Canadá. Trabaja en la formación y discipulado de estudiantes, obreros y líderes en las fronteras de México-Estados Unidos.