Teología en tiempos de incertidumbre - II Parte: ¿Dios tiene el control? | Por Ulises Oyarzun

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Ya vimos en el anterior escrito que los relatos sobre milagros en la Biblia tienen un componente pedagógico, nos hablan de algo que enseña o denuncia el milagro. En su mayoría son para señalar o protestar situaciones de injusticia. Creer que hoy podemos seguir viendo milagros es válido, solo que antes deberíamos entender por qué y para qué Dios en los relatos bíblicos aparece haciendo portentos.

¿Dios tiene el control?

Cuando alguien atraviesa por lágrimas inconsolables, decirle a esa persona que lo ha perdido todo, frases como "Dios tiene el control", es quizás frente a tamaña desgracia una falta de respeto.

Es como pasar por la calle y mientras unos delincuentes apuñalan a alguien, gritarle a ese moribundo "No te preocupes todo estará bien". Estos "palmoteos" pueden ser gestos fríos, que sin duda provienen de una buena intención, pero no sirven de mucho ante el abismo de la muerte y de la pérdida absoluta.

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Una de los relatos que más nos impresiona es la crucifixión de Jesús. El gesto del crucificado pendula entre el deseo ferviente de no querer beber esa copa amarga, la pregunta dentro del sufrimiento que no solo hace el crucificado sino que representa la pregunta crucial que hacemos todos frente a un dolor injustificado ... "Dios mío , ¿por qué?" "¿Por qué me has abandonado?" (Marcos 15;34). Y por otro lado la confianza en medio de la impotencia absoluta... "En tus manos encomiendo mi espíritu". (Lucas 23;46)

Lo que realmente un ser humano necesita en esos momentos, cuando la Cruz de la desgracia es inaguantable. Cuando se haya sin respuestas, sin consuelo, desnudo e impotente ante el dolor, cruzando las entrañas oscuras de la desgracia, es abandonarse así de impotente en las manos de ese Dios. El Dios de la Cruz guarda silencio, pero no motivado por el abandono, sino por ese amor profundo, que sabe perfectamente que ante la Cruz del dolor no hay frases que puedan aliviar, solo acompañar sin palabras a aquel que bebe esa copa amarga y que se aferra a la esperanza aún cuando no se vea por ningún lado.

Por eso los judíos tenían una costumbre que sigue practicándose en los días donde se vive un luto.
Que es "acompañar en el silencio". Es tan así la consideración, que el Talmud ofrece una prórroga para aquellos que están viviendo el luto. Se enseña que durante algunos días durante el luto, Dios mismo no considerará la transgresión de la ley que venga de alguien que haya perdido un ser querido, asumiendo que esa persona durante esos días no está consciente de su propia conducta. Está en shock.

Pablo propone acompañar el dolor del otro "llorando con los que lloran" (Romanos 12:15). Pues, frente a dolores sin respuesta, no sirven las frasecitas motivacionales, debemos aprender a que frente la tragedia que vive nuestro prójimo, a veces "tapar el agujero" del misterio, de ese misterio insondable que enfrenta la humanidad, el sufrimiento, es hacer más daño.

Quizás mientras más pronto aprendamos a vivir con este misterio y aceptarlo con humildad como parte de una existencia llena de acantilados, puede ser la mejor manera de seguir caminando. Hay situaciones de tanta injusticia y dolor que en verdad solo el acompañamiento honesto y grandes resortes emocionales podrían ayudar de verdad a una víctima del infortunio a levantarse del infierno.

Recuerdo hace unos años la conversación con una chica cristiana que regresando a su casa fue abusada por dos individuos cerca de su domicilio. Individuos que nunca pagaron por lo que hicieron.

Un año atrás con un amigo hablábamos sobre la muerte de su Padre, que teniendo una sensibilidad social muy aguda, denunció a gente enclavada en el gobierno de su ciudad. El pobre hombre fue amenazado en una mesa de trabajo por el sospechoso a vista y paciencia de las personas ahí presentes. Y dicho y hecho. A la semana un sicario en plena plaza del pueblo le dispara con una metralla al padre de mi amigo. Todos sabían quién fue el que pagó al sicario, pero nadie hizo nada. Hasta ahora, el señor vive tranquilo y sin ningún sobresalto mientras que en la otra familia el desconsuelo no tiene nombre. Un hombre que luchaba por una sociedad más justa, que debió haber acompañado a sus pequeños hijos en su crecimiento, que debió haber entregado a su hija en el altar y haber abrazado a su pequeño cuando este se recibía en la universidad, hoy no está y no por alguna enfermedad letal, sino por la corrupción impune y campante que ha sembrado de muertos nuestros países, de personas que no merecían morir, pero supieron más de lo que debían y se atrevieron hablar.

En estas dos historias había algo en común. Alguien que viene de afuera y ajeno totalmente al dolor invencible te dice con cara de "coach de fútbol americano": No te preocupes Dios tiene el control.

Ese misterio a quien llamamos "Dios"

A estas alturas creo que lo que nosotros llamamos o creemos que es "control" quizás es muy diferente a cómo Dios lo ejerce. Saber a ciencia cierta cómo Dios ejerce su soberanía sobre la vida es simplemente imposible. No hay hasta ahora ninguna respuesta que nos deje 100% satisfechos que pueda armonizar la convicción de un Dios bueno y poderoso frente a un mundo caótico y lleno de desgracias sin explicación.

Quizás como lo dijo el viejo Saulo de Tarso "Hoy vemos (la realidad y el futuro) oscuramente como en un espejo (en ese tiempo los espejos eran de bronce, no eran nítidos como hoy)" 1 Corintios 13;12.

Estas figuras conceptuales sobre ese Dios impávido que domina la existencia como si fuéramos piezas de ajedrez , pueden llevarnos a ver en Dios, un ser implacable, con una moral ajena al dolor humano que así como tiene en control el curso del universo, ha planeado "enviar" catástrofes tipo bombas racimos sobre toda la humanidad. Catástrofes naturales por allá. Leucemias infantiles por este otro lado. Abusos a menores de edad por aquí. Levantar una ola sobre barcos llenos de inmigrantes y ahogarlos por este otro lado...

Conciliar esa imagen de un Dios lejano en las alturas de un monte que indiscriminadamente lanza rayos de dolor y desgracia a cientos y miles de seres humanos, con la propuesta de Jesús de Nazaret de llamarle "Padre" no parece ser muy coherente. A menos que ese Padre nos ame y a la vez nos odie y eso sería horrendo, el peor de los infiernos, descansar en manos de un ser esquizofrénico. Por eso, creo que debemos volver a considerar las imágenes que tenemos de Dios, pues es imposible que creamos a la vez en un Dios de amor y al mismo tiempo en un "sádico" celestial que goza del sufrimiento.

El libro de Hechos registra el mensaje que dio Pedro en casa de Cornelio. Hablando de Dios, de su intención salvadora dice: "...Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hechos 10;38). El poder que aquí señala Pedro, es un poder que lucha contra el sufrimiento humano. Es Dios mismo en la persona de Jesús que lucha por doblegarle la mano al dolor.

Es verdad, Jesús no pudo sanar a todos los enfermos que habitaban su tierra, no pudo resucitar a todos los niños que morían, ni así también suplió el hambre de toda Galilea, pero tampoco fue indolente al sufrimiento humano cuando este se le atravesaba, en cuanto pudo intervino, ante la desgracia de gente que tanto físicamente, económicamente, socialmente y religiosamente no tenían más esperanza que la intervención de Dios.

Entonces, nuestra próxima búsqueda será justamente en los evangelios, y cómo estos intentan relatar aquello que llamamos "encarnación", y las implicancias que se derivan en la persona de Dios, cuando justamente el "trascendente" se hace inmanente en un ser humano como cualquiera, en la persona de Jesús de Nazaret.

Sobre el autor:

Ulises Oyarzún, chileno, ha sido conductor de radio, columnista de diferentes medios, pastor de jóvenes y precursor del "comedy stand up cristiano" en su país. Estudió Teología en el Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile. Ulises dice ser de sí mismo: "Experto en miserias y conflictos sin resolver, con un doctorado en turbulencias y tensiones existenciales. Soy feliz, tengo dos hijos y no tengo suegra".




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