La voz de los invisibles | Por Abel García

Imagen: Pixabay
Jesús paró un día en un pueblo llamado Sicar, en territorio no amigo. Era mediodía, y sus discípulos se habían ido a buscar provisiones. Él, en un pozo, esperaba y al rato una mujer se acerca a buscar agua. De manera sorprendente, le dirige la palabra y tiene un largo diálogo con ella, cosa tan rara que se dice que los discípulos "se maravillaron de que hablaba con UNA mujer" (Jn. 4:27, RV60). Ella tiene todo en contra: mujer, samaritana, sin marido, apartada -buscaba agua sola, a la mitad del día- pero a ella le dice con una claridad pasmosa: "Yo soy [el Mesías], el que habla contigo" (Jn. 4:27, RV60). Se acerca a ella, la escucha, y a una invisible revela lo más maravilloso de su mensaje, la naturaleza de su ministerio.

Tiempo después, Jesús entra en su centro de operaciones de su ministerio galileo: Capernaum. Cerca de allí vivía un centurión romano, extranjero, del imperio opresor. Es cierto que era converso y piadoso con los judíos, pero eso no implicaba que su posición particular en el ejército fuera ignorada por los demás. Por eso los ancianos judíos enviados tratan de persuadir a Jesús al comienzo diciendo que "ama a la nación y edificó una sinagoga para nosotros" (Lc. 7:5). Extranjero, finalmente, no tenía voz por sí mismo. Jesús va, y ocurre un evento de fe maravilloso, tanto que exclama que ni siquiera entre los hijos de Israel había encontrado tanta fe (Lc. 7:9). Un extranjero, fuera del perímetro del pueblo de Dios, recibe la atención de Jesús y una sanidad excepcional.

Pero no fue la única historia con un extranjero. Hay una más, igual de impactante. Jesús estaba por Tiro y Sidón, tierras norteñas fuera de Palestina. Se le acerca una cananea, extranjera, mujer, invisible. Ella lo sigue, grita, ruega por la sanación de su hija. Debió ser un escándalo tremendo ya que los discípulos llegaron a pedirle a Jesús que, por favor, le conceda el milagro, "que viene gritando detrás de nosotros" (Mt. 15:23 BJ). Esta mujer no era conversa -en contraste con el centurión-, era pagana, por eso el uso del término "perrillos" del v.26 (los judíos llamaban perros a los paganos y Jesús lo usa en esta ocasión), pero luego, de nuevo lo sorprendente: las muros existen, pero pueden ser franqueados, así seas extranjera, adoradora de otros dioses, mujer, escandalosa. El milagro le fue dado.

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Quizá el desprecio que sentían los judíos por los extranjeros se intensificaba cuando alguien del propio pueblo decidía servir al imperio romano. Los publicanos eran lo más selecto en esta categoría del menosprecio. Jesús había sido provocador al elegir a un ex-publicano como Mateo en su grupo íntimo de doce discípulos, pero eso no era todo. Ya casi al final de su ministerio, Jesús hace su viaje ulterior a Judea y va a Jericó. Allí, las multitudes usuales, que clamaban por su cercanía. Entre ellos, Zaqueo, jefe de los publicanos, la concentración del vilipendio. A ese rico, pero marginal, Jesús le dice: "... conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc. 19:5 BJ). Por supuesto, de inmediato llegaron los murmullos y la desaprobación general (Lc. 19:7) pero de inmediato las palabras del Maestro fueron categóricas: Él ha venido a salvar lo que está perdido (Lc. 19:10). Lo perdido, a veces, está en esa condición por la propia presión de los salvos, del pueblo de Dios. Sí, para ellos también es la salvación. Dios también puede quedarse en la casa de esos que están en los márgenes.

Habían otros invisibles. Están, por ejemplo, los niños, que al ser traídos ante Jesús son tratados al margen y los trataron de poner a un lado los discípulos. Seguro había gente más importante a la cual atender. Pero Jesús no entiende eso, Él dice: "dejen a los niños que vengan a mí, porque de los que son como niños es el reino de Dios". Aplastante esta sentencia. También está la mujer con el flujo de sangre por doce años, por lo tanto, ceremonialmente impura (Lv. 15:25) y con una poderosa imagen de pecado (Ez. 36:17). Tan sólo el tacto hacía impuros a los demás, y a pesar de eso, y seguramente muy cubierta, se mete en la multitud para buscar el milagro. Toca a Jesús esta pecadora, esta apartada, esta invisible, y lo hace impuro. Por eso su temor y temblor (Lc. 8:47) al declarar lo que había hecho. Estaba en falta evidente, pero Jesús le dice: "tu fe te ha salvado, ve en paz". La fe y la misericordia por encima de nuestras barreras.

O la historia de la sanación del leproso (Mt. 8:1-4), tras el sermón del monte, cuando a pesar de que sería impuro, él toca al leproso que estaba de rodillas ante él, y lo sana. Un leproso era un apartado, un paria, un muerto viviente (Num. 12:12), su condición está vinculada a una condición pecaminosa que resaltaba con la pureza que tenía que tener el pueblo, tenía que vivir fuera de los pueblos y sin contacto con el resto de la gente. Las reglas con ellos eran estrictas (ver Levítico 13) pero Jesús lo toca. Lo dignifica, lo regresa a la comunidad, lo vuelve visible.

¿Qué nos queda entonces? ¿Qué hacemos? Siempre pienso que debemos recurrir a ese caso de misericordia máxima: el pasaje agregado juanino de Jesús y la mujer adúltera. Allí, Él, único con el derecho de apedrearla, queda solo ante ella, y en lugar de ejecutar el juicio da su sentencia: "yo tampoco te condeno. Ve y no peques más" (Juan 8:11).

Jesús les dio voz a los invisibles. Les dio su escucha, su revelación, sus milagros. Al pagano, al extranjero, a la mujer, a los niños. Sin embargo, hoy tenemos piedras en nuestras manos listos para apedrear al invisible de nuestros tiempos, al que consideramos como pecador, como indigno de nuestra aparente santidad. Nos creemos con derecho de ello, nos arrogamos la potestad de ser los poseedores del llamado divino, arriando banderas aparentemente justas pero lastimosamente nuestro móvil está lejos del amor cristiano, olvidando de algo que Jesús repitió varias veces: misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13, Mt. 12;7, ambos inspirados en Os. 6:6). Que la misericordia ante todos sea lo que mande nuestro andar por la tierra, antes que el juicio, acogiendo siempre a los invisibles del mundo.
 
Sobre el autor:
Abel García García, es peruano. Estudió Ingeniería Económica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), Finanzas en ESAN y Misiología en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA). Fue editor de la Revista Integralidad del CEMAA y enseña en varias universidades en Lima




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