¿Dios de reconciliación o Dios de temor? | Por Alexander Cabezas

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Quizás el juicio más insólito -o el ardid política más creativo- para evidenciar la total desaprobación de la religión por parte de un Estado; fue la vez que Dios fue juzgado. Esto ocurrió un año después del triunfo de la Revolución Rusa, el 16 de enero de 1917. Este juicio inverosímil, contó con todos los detalles legales para asegurar un proceso verosímil: los fiscales, las pruebas, los abogados defensores… Era evidente, se estaba juzgando “al Dios de los cristianos”, pues se colocó en el banquillo de los acusados una Biblia (no sabemos si era una versión Reina Valera).

Después de cinco horas de deliberación, el tribunal declaró culpable a Dios de los cargos que se le acusaba por ¡genocidio y crímenes contra la humanidad! Una fría mañana del 17 de enero de 1918, a las 6.30, se escucharon algunas ráfagas contra el cielo de Moscú, ¡la sentencia había sido ejecutada!

¿Murió Dios ese día? Ciertamente no. Décadas después, según registros, en el 2007, el senador de Nebraska, en Estados Unidos, Ernie Chambers, volvió a “sentar a Dios,” en un banquillo cuando lo demandó por permitir las inundaciones, los terremotos, los huracanes y otras calamidades: "el demandado (Dios), no ha mostrado ni compasión ni remordimiento", argumentó Chambers.

Como vemos, en el fondo de estos argumentos, quitando todo espectáculo, hay una idea que tal parece, se teje entrelazando la concepción de un Dios que es indolente, injusto, castigador y se goza azotando a su creación.

De allí que si los modelos humanos de autoridad pueden representar una figura distorsionada, ¿qué decir entonces de esa mala representación que se hace de Dios cuando lo mostramos como implacable, déspota y cargado más de ira que de amor?

Cierta vez alguien me decía, “es mejor que las personas, aunque impulsadas por el temor, se acerquen a Dios antes que se pierdan”. Sé que en el fondo de este argumento se encuentre el anhelo por el bienestar de nuestras familias, conocidos y no conocidos, pero de ninguna manera se justifica la promoción de un mensaje sobre la base del temor para coaccionar la búsqueda de Dios.

Recuerdo que hubo una época que en muchas iglesias se hacían las típicas campañas y proyectaban la película “El infierno”. Al final del filme se podían ver muchas manos levantadas de personas aterradas buscando escapar de ese infierno, esto ¡pese a los pésimos efectos especiales y a la baja producción de la película! El problema, es que la mayoría de esos “compromisos” se realizaron bajo el temor, algo que con el tiempo se notó no tenía mucha base ni era sostenible. En la actualidad ocurre lo mismo solo que con el avance de las tecnologías los efectos son más completos aunque el mensaje sigue siendo un mensaje coaccionador con películas sobre trama del Armagedón, el mal llamado Rapto entre otras.

Qué diferente con la invitación de Jesús hacia el pueblo, era basada en la gracia, el perdón, la esperanza y la reconciliación.

Los mismos discípulos tuvieron que ser confrontados por el Maestro sobre los métodos que ellos querían usar. Santiago y Juan, por ejemplo, pidieron consentimiento para mandar fuego del cielo y consumir a los samaritanos por no mostrar hospitalidad (Lucas 9:54), de inmediatamente el Señor los reprende. Sin embargo, ellos tan solo respondían a las enseñanzas y tradiciones religioso con la fueron moldeados por siglos, según la interpretación de la ley. Los seguidores de Jesús poco a poco fueron conociendo en la práctica los otros rostros de Dios que había minimizado las leyes.

Ministerio de reconciliación y no condenación, es lo que nos enseña Pablo en 2 Corintios 5:19, por ende, un Dios de amor y no de temor, es el llamado que se nos ha conferido anunciar. Siendo que Dios es un Dios de amor ante todo, a ese segundo, quizás sí deberíamos sentarlo en el banquillo de acusados, porque como vimos, no refleja el Dios Padre que Jesús anunció.

Sobre el autor:
Alexander Cabezas Mora es costarricense, Profesor de varios seminarios teológicos y miembro del núcleo continental de la FTL. Tiene un bachillerato en Educación Cristiana, una licenciatura y una maestría en Teología.
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