¡Por favor oren por mí! | Por Alexander Cabezas

La renuncia de Benedicto XVI y la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez Frías, han sido quizás, las noticias más destacadas del presente año en curso.

El primero: Arzobispo de Roma, máximo jerarca de la Iglesia Católica y como delegado religioso, luego de ocho años de servicio; sorprendió al mundo al dimitir de su cargo (recordemos, la última vez que un Papa renunció ¡Cristóbal Colón no había pisado nuestras tierras!).

El segundo: Hugo Chávez, fue presidente de la República Bolivariana de Venezuela, político; con una carrera militar y una consigna socialista atípica. Amado por muchos, odiado por muchos. Chávez se preparaba para reiniciar su periodo presidencial cuando le sorprendió la muerte.

Pese a no ser católico, reconozco me he nutrido de varios pensadores, teólogos y biblistas que escriben desde el seno de la Iglesia Católica. Tengo amigos que sí lo son y nos une el amor y el compromiso por servir a Cristo. Tampoco soy venezolano, pero tengo algunos vínculos (mi esposa es venezolana). Además, he visitado esta nación en varias oportunidades y he forjado amistades chavistas y antichavistas (católicos y evangélicos), a quienes respeto sin distinción alguna.

Con estos antecedentes, me mueve a escribir la responsabilidad por reconocer que participo en una sociedad con ideas, pensamientos y opiniones, no soy un ente aislado o ajeno a la realidad nacional e internacional, ni en lo político o en lo religioso.

Por ello, más allá de las especulaciones escatológicas, las posturas maniqueas, o el análisis individualizado, hay varios desafíos presentes en el horizonte, aconteceres que no se pueden dejar pasar pues trascienden las fronteras geopolíticas y nos afectan a todos, pese a algunas tendencias por ignorarlas.

En el caso de la Iglesia Católica, mientras me preparaba para iniciar esta nota, escuché la noticia: ¡Roma ya tenía a su nuevo representante! Es el argentino Jorge Mario Bergoglio, ahora conocido como: el Papa Francisco. Dicho prelado tendrá la tarea por cargar sobre sus hombros los rumores sobre la renuncia del Papa saliente y estos son apenas la punta de un iceberg profundo y pocos quieren observar (¿lo hará Bergoglio?).

Algo es seguro, las acusaciones y denuncias no prometen disiparse tan fácilmente así como ¡el humo blanco que emanó hace pocos días de la Capilla Sixtina!

Claro está, las tensiones internas y externas se recrudecen por los diversos contextos y sectores sociales demandantes de respuestas claras a una Iglesia caracterizada por ser reservada, silente y poco dialéctica. En esta misma línea se encuentran otras expresiones evangélicas y otros grupos cristianos, quienes están en la mira por incansables denuncias (muchos casos quedan en el anonimato), por abuso sexual de niños y niñas, abuso espiritual, abuso del poder, la falta de rendición financiero. Razón tiene el nuevo prelado al solicitar con humildad:
«¡Pregate per me!» (En italiano: Por favor oren por mí).
En el otro extremo, la influencia chavista continúa siendo tema que «levanta pasiones». El gobierno de turno sigue apostando por la última voluntad de su comandante en jefe antes de partir a Cuba: «! Ustedes elijan a Nicolás Maduro…!».

La oposición por su lado, prepara su arsenal para dar batalla en medio de un escenario que igualmente deja una estela de inciertos, los cuales quizás comenzarán a aclararse en los próximos meses, algunos dudan sobre los procesos siguientes.

¿Volverá Venezuela a la normalidad?, se preguntan algunos. Aunque es difícil interpretar qué significa «normalidad» en suelo venezolano, cuyo efectos han marcaron la disyuntiva del: «antes y un después de Chávez», dividiendo a las familias, la nación, a la Iglesia y a un continente.

«¡Pregate per me!»

Fue también la solicitud del apóstol Pablo a la iglesia de Éfeso, reconociendo que la lucha no era contra «carne y sangre» y la encomienda requería de la intervención divina para presentar con valor el mensaje de vida en Cristo Jesús (Efesios 6:19).

Como Iglesia del Señor, bien haríamos en seguir el consejo del apóstol al solicitar oración. Más allá de cualquier aspiración banal, el establecimiento de sistemas o estructuras políticas y religiosas que siempre reflejarán la imperfección del ser humano en su intento por exaltarse, hemos sido llamados a glorificar a Dios.

Al ejercer nuestra vocación sacerdotal nos vemos como un solo cuerpo en Cristo Jesús listos para denunciar y abrazar. Denunciar: la iniquidad y todos aquellos proyectos de maldad. Abrazar: porque es el abrazo el que da calor, reconciliación, perdón, solidaridad y amor. ¡Nada más representativo que el abrazo de un padre a su hijo y viceversa!

Oremos pues por él, por ellos, nosotros, por la Iglesia, las naciones, así como por los líderes que están en autoridad, la recomendación es clara:
«Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad» (2 Tim. 2:3-4).
Todo esto se logra orando y sirviendo, a este este sueño Jesús llamó: el Reino.



Sobre el autor:
Alexander Cabezas es de Costa Rica.  Profesor del Seminario ESEPA, Coordinador de Relaciones  Eclesiásticas de Viva y miembro del equipo coordinador del núcleo de la FTL en Costa Rica.

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