«Francisco, vete y repara mi casa» (Versión revisada y ampliada después de vivir la sorpresa inicial) | Por Harold Segura

El Cardenal argentino, Jorge Mario Bergoglio fue nombrado nuevo Papa de la Iglesia católica. Ha escogido ejercer el pontificado de Roma bajo el nombre de Francisco.

Seguí la noticia por tres medios diferentes: el canal de TV nacional de Costa Rica, EWTN y el canal que habilitó el Vaticano para la trasmisión en directo. Por los tres se dijo lo mismo: «Annuntio vobis gaudium magnum; Habemus Papam: Eminentissimum ac reverendissimum Dominum Georgius Marius, Dominum Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Bergoglio, Qui sibi nomen imposuit Franciscus» [Os anuncio un gran gozo: Tenemos Papa: El eminentísimo y reverendísimo Señor Don Jorge Mario Cardenal de la Santa Iglesia Romana, Bergoglio. Que se ha impuesto el nombre de Francisco].

Necesitaremos tiempo para asimilar la noticia e interpretarla con calma. Pero, por ahora, diré que me alegra; que la recibo con esperanza y que me gusta saber que es una persona de nuestras tierras; que me complace saber que es un jerarca que ha acompañado a varios de mis buenos amigos pastores argentinos a celebraciones donde han orado por él y él ha orado por ellos. En una de esas celebraciones, en el Luna Park de Buenos Aires (2006), estuvo presente el conocido músico evangélico Marcos Witt. Recuerdo que en esa ocasión Witt se vio forzado a hacer una rueda de prensa para aclarar ante sus seguidores que él no era ecuménico. Decían que por haber estado junto a Bergoglio «buscaba arrastrar a la iglesia cristiana al ecumenismo satánico». (¡Para no creer! Ni la acusación, ni las palabras de defensa del músico).

Hace dos días recibí un mensaje de parte del exdirector del Movimiento de Lausana, Dr. Douglas Birdsall. Cuenta que en el 2008 el cardenal Bergoglio fue invitado por el Movimiento para que fuera el expositor bíblico en una reunión de algunos de sus líderes (la mayoría pastores y teólogos evangélicos) celebrada en Buenos Aires. Habló sobre Juan 21:15-19. Dice que en que en un momento de la conversación el Cardenal le dijo: «Hace cincuenta años, yo habría pensado en ti como un adversario. Hoy, les doy la bienvenida como mis hermanos».

Mi experiencia personal con el nuevo Papa es breve, pero también se suma a las razones de mi esperanza. Lo conocí en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada, como bien se sabe, en Aparecida, Brasil, en el 2007. Su papel fue protagónico, como arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina. A su cargo estuvo, por ejemplo, la homilía en la celebración eucarística del miércoles 16 de mayo. Lo escuché con atención. El evangelio del día era Juan 16:12-15, un texto misionero en el que Jesús invita a sus discípulos a cumplir la misión bajo la guía del Espíritu. Allí dijo: «El Espíritu es el que nos conduce, también nos lleva por el camino hacia toda periferia humana: la del no conocimiento de Dios de tanta gente, la de la injusticia, la del dolor, la de la soledad, la del sin sentido de la vida, tantas periferias existenciales que debemos evangelizar, pero es el Espíritu el que nos ha de llevar allí».

En Aparecida él fue presidente de la Comisión de Redacción del Documento Conclusivo de la Conferencia y quien presentó su versión final en los últimos días del encuentro. Soy testigo del respeto que le otorgaban sus demás hermanos obispos. Hacia nosotros, los observadores evangélicos que estuvimos allí (cuatro en total), tuvo gestos personales de suma amabilidad, saludos y conversaciones cortas en las que nos contó experiencias con las iglesias del protestantismo evangélico del continente. Fue cálido en su trato personal.

Con mi simpatía sé que corro el riesgo de parecer zalamero y quizá, para muchos, ingenuo. Reconozco el riesgo y sólo pido paciencia para explicar los motivos de mi optimismo (o de mi ingenuidad).

No desconozco su conservadurismo. Es un disciplinado alumno de la escuela de los dos últimos Papas. A esa escuela se ciñen su carácter pastoral, su posición teológica y sus opciones políticas. Tampoco desconozco, para peor suerte, las acusaciones que le hacen acerca de su infortunada participación durante la última dictadura militar argentina (1976-1983). He visto sus fotografías al lado del trágico general Jorge Rafael Videla (aunque compruebo, también asombrado, que algunas de ellas son fotografías alteradas). No he pasado de largo frente a estas y otras noticias que sigo de cerca con el fin de tener mayor y mejor información.

El profesor Fortunato Mallimacci, exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires afirmó tiempo atrás que al Cardenal «La historia lo condena: lo muestra como alguien opuesto a todas las experiencias innovadoras de la Iglesia y, sobre todo, en la época de la dictadura, lo muestra muy cercano al poder militar».

No ignoro nada de lo anterior. Como no hay por qué ignorar las acusaciones que en su momento se le hicieron al papa Benedicto XVI por su pertenencia a las juventudes hitlerianas y participación en la II Guerra Mundial construyendo sistemas de protección anti-tanque (él mismo en su autobiografía menciona este episodio y aclara su participación). Como tampoco hay que desconocer la controversia por el silencio del Vaticano ante el holocausto en el período del papa Pio XII y sus supuestas simpatías hacia el nacionalsocialismo. Esto para no hablar de Papas de siglos remotos cuando la Iglesia sufrió el desenfreno de sus mayores jerarcas y vio sufrir su imagen de servidora de Cristo.

Nada de eso lo desconozco. Pero quiero creer que algo nuevo se puede esperar (¿asunto de fe?) no por lo que el Cardenal Bergoglio ha sido, ha hecho o ha dejado de hacer, sino por lo que Francisco podrá ser y podría llegar a hacer. Quiero ver puertas allí precisamente donde otros están viendo paredes, como le oí decir en estos días a mi buen amigo el Dr. Valdir Steuernagel (Brasil). Y espero mucho de Francisco porque no espero mucho del papado (no sobra aclarar que soy pastor evangélico).

Esta esperanza que me acompaña nace, en parte, de la siempre falible, pero casi siempre confiable experiencia de la vida. En cincuenta y cinco años de vida he visto hacer las cosas que nunca pensé que se harían, de la mano de los que menos pensé que las harían. A los conservadores los he visto hacer lo que se esperaba de los progresistas (¿no fue acaso ese el caso de Monseñor Óscar Arnulfo Romero?) y a los llamados liberales y progresistas los he visto abandonar causas cuando más esperábamos de ellos.

También, esta esperanza terca me viene de mis frecuentes lecturas del viejo maestro alemán Franz Hinkelammert. Ese visionario incansable dijo, y ha vuelto a decir por estos días, que no corren hoy «los viejos esquemas de izquierda y derecha, ni de conservadores y progresistas… Creo que la vieja confrontación [entre] progresistas y conservadores, desaparece». Y luego confiesa: «Provengo de un ambiente de conservadurismo católico y siempre he defendido la posición conservadora como una posición de posible apertura»(1). A esta posibilidad de apertura me aferro. Por ella creo que pueden venir con Francisco nuevos tiempos para la Iglesia católica, para el diálogo fraterno entre ella y las demás expresiones de la fe, para el trabajo de cooperación que interprete los sufrimientos del mundo como campo común de misión, para una fe solidaria y una Iglesia que sirva al mundo en nombre de Jesús y de su Reino. Creer es eso: ver lo que no se ve y esperarlo como si ya viniera (Hebreos 11:1).

El cardenal Bergoglio (primer Papa jesuita) ha escogido el nombre de Francisco. Y al santo de Asís pertenece esta historia: un día entró a la Iglesia de San Damián, por ese entonces derruida y abandonada. Entró para orar y pedir la dirección del Espíritu. Estando allí, en ese trance, la imagen del Crucificado desplegó sus labios y le habló: «Francisco, le dijo el Cristo, vete y repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Y Francisco se levantó para obedecerle y a esa causa dedicó su vida.

¡Y qué tal si se repitiera la historia! Que viniera la voz y él la escuchara: «Francisco, che, vete y repará mi casa que, como ves, se viene del todo al suelo».

Notas:

(1) Franz Hinkelammert (José Duque, Germán Gutiérrez, editores), Itinerario de la razón crítica: Homenae a Franz Hinkelammert en sus 70 años, DEI, Costa Rica, 2001, pp. 37-38.

Sobre el autor:

El pastor y teólogo Harold Segura es colombiano, radicado en Costa Rica. Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International y autor de varios libros.
Anteriormente fue Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional de Colombia.



 
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