Por si me tratan de conservador... | Por Manfred Svensson

Con la palabra “conservador” ocurren muchas cosas curiosas, que en parte pueden ser vistas con solo echar una mirada a un par de iglesias evangélicas. En efecto, no es nada extraño que en el mundo evangélico iglesias con una liturgia muy tradicional sean denostadas con el epíteto de conservadoras; pero también son las iglesias litúrgicamente más “modernas” las que una y otra vez son calificadas de conservadoras por las posiciones que muchas veces sostienen en discusiones morales. En efecto, el protestantismo presenta en muchos casos esta peculiaridad: parece (si bien no siempre es así) que a mayor conservadurismo litúrgico, mayor liberalismo moral, y viceversa. Supongo que a muchos católicos esto les debe resultar otro aspecto incomprensible (¡otro más!) del protestantismo: en la Iglesia Católica al menos se puede presumir que quien sigue el rito tridentino sigue también las enseñanzas de la encíclica Humanae Vitae; entre nosotros, en cambio, cualquier observador superficial podría imaginar que es exactamente al revés (y tendrá razón en un buen número de casos). Quienes intenten explicar esto, pueden responder que la cuestión se resuelve de un modo sencillo: la mayoría de los evangélicos está simplemente usando las formas de expresión y las tecnologías más avanzadas, para llevar adelante la difusión del mensaje antiquísimo de nuestra creación, caída y redención. Serían algo “progre” respecto de la forma, pero conservadores respecto del fondo -y en eso no habría problema alguno. Salvo, por supuesto, que tal separación de forma y fondo no sea tan sencilla como parece.

Con todo, esto no es un simple problema evangélico. Es todo el conservadurismo (también el político) del mundo moderno (y no hay otro: no existen conservadores medievales) el que tiene la peculiaridad de estar casi siempre en alianza con algo que parezca ser su opuesto, una alianza que al conservadurismo le parece ser un factor de supervivencia fundamental, pero que al mismo tiempo puede ser un elemento que lo corroe. Así ocurre, por ejemplo, con grupos que se describirían a sí mismos como “conservadores en moral, liberales en economía”. Si quien profesa tal credo ha leído a Marx, se habrá encontrado con que al revolucionar “los instrumentos de producción”, lo que se revoluciona son “todas las relaciones sociales” (Manifiesto Comunista). Y aunque haya mucho en que no podemos estar de acuerdo con Marx, sería poco sabio no escucharlo en este punto: si por la revolución comercial perpetua “todo lo estable se evapora” y “de la dignidad personal” se hace “un simple valor de cambio” (ibid.), la “alianza liberal-conservadora” se inclinará por siempre a su lado liberal. Los medios que uno use afectan también el fondo de lo que se transmite. (Todo esto también se puede aprender de gente más sabia que Marx, pero de todos modos le podemos agradecer el recordárnoslo). Un mero conservadurismo, sin alianzas, apenas existe; y un conservadurismo respecto del fondo aliado con una revolución respecto de las formas puede ser algo más autodestructivo de lo que imaginamos.

Pero ése no es el único motivo por el que la palabra “conservador” nos deba parecer algo inadecuada. Un poco de reflexión sobre los términos mismos nos debería hacer pensar. La mayoría de la gente que suele ser descrita como “conservadora” en realidad está tan descontenta con la sociedad actual, que describirlos como gente que está buscando “conservar” algo (salvo algunos su posición de privilegio) es francamente insólito. “Reaccionarios” tal vez sean (y eso no tiene por qué ser malo), pero no conservadores. Por lo demás, la pareja opuesta a “conservador” no es “liberal” –palabra que no tiene nada que ver con el desarrollo de la historia- sino “progresista”. Pero si bien conservador y progresista parecen opuestos, tienen algo llamativo en común: ambos términos presuponen la creencia de que hay algo así como una dirección en la que inexorablemente se está moviendo la historia. El “conservador” que no sepa describirse como más que conservador, es alguien que en el fondo comparte tal visión de la historia, aunque quisiera que avance más lento -no es más que un progresista mitigado, un progresista a fuego lento. El problema es, pues, todo lo que el conservador, al describirse a sí mismo como tal, está concediendo a la posición adversaria: que exista tal dirección de la historia es precisamente el mito fundacional del progresismo. Quien se declara conservador está ya concediendo que hay algo así como un desarrollo lineal de la historia, o Progreso, sólo que a él por algún motivo se le ha ocurrido ir más lento. La verdad es que si ese avance de la historia es hacia abajo, se comprende que un porcentaje significativo de personas quiera ir lo más lento posible. ¿Pero por qué conformarse con esas tácticas de dilación? ¿Por qué no intentar caminar algo en dirección contraria? Concedo, por supuesto, que también en nuestra vida política hay muchas cosas que merecen ser conservadas, y muchos avances deben realizarse a baja velocidad. ¿Pero cómo justificar que eso alcance para darle el nombre a un modo de pensar y vivir?

Ciertamente se puede elogiar, y yo lo elogio, que en las circunstancias presentes los creyentes se esfuercen por conservar el depositum fidei (latín: lengua no conservada por los conservadores), “la fe entregada una vez a los santos”. Si eso es ser conservador, y no hay otro término bajo el cual cobijarse (lo cual por las razones previamente señaladas espero no sea el caso), tendré que ser conservador. Pero es ciertamente insólito que para describir una práctica de la vida del creyente no consideremos tener nada mejor que un término proveniente de la vida política, término que ni siquiera ahí logra desempeñar un papel razonable. Hace más de un siglo Abraham Kuyper –un antirrevolucionario de tomo y lomo- escribía que “conservadurismo y ortodoxia, dos términos que con frecuencia suelen ser confundidos, hoy deben ser marcadamente distinguidos”. ¿Cómo sería un movimiento religioso tan interesante que nos fuerce a la creación de nuevas categorías, y que fueran éstas las que también acabaran imponiéndose en la clasificación de las tendencias políticas?

Sobre el autor:
Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de los Andes. Se dedica sobre todo a los "límites" de la filosofía medieval, su comienzo en Agustín, su fin en el siglo XVI o XVII, donde le interesan autores como Melanchthon, y Locke en el siglo siguiente -en pocas palabras: todo el problema de continuidad y descontinuidad entre mundo medieval-Reforma-modernidad. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas.
Sitio web de Manfred: Manfred Svensson

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