Deconstrucción del lenguaje teológico | Por Nicolás Panotto

Es casi una verdad de Perogrullo decir que el discurso teológico requiere pasar por el mismo marco de análisis que cualquier tipo de lenguaje. Más allá de tratar con una serie de objetos muy particulares, que presentan una limitación inherente por la dificultad en la determinación de su “historicidad”, como son Dios, la fe, el fenómeno religioso, etc., su construcción parte de los imaginarios, universos simbólicos y recursos discursivos que el contexto pone a disposición.

Este es un elemento que muchas veces damos por sentado, pero que es central no sólo para alcanzar una mejor comprensión del texto en sí sino, más aún, para analizar las prácticas que emergen de él. Esto último, partiendo del hecho de que un discurso es una “práctica discursiva” encarnada en un lenguaje que intenta formar un universo simbólico que sirva como plataforma de la acción. Es así que el lenguaje siempre contiene inherentemente implicancias políticas, en el amplio sentido del término: la intervención de un grupo de hombres y mujeres en su contexto concreto, con el propósito de crear un espacio de convivencia para la atención de sus necesidades y reclamos. Para llevar esto a cabo, se crea un juego donde las prácticas son determinadas por los universos simbólicos imperantes, que también van cambiando y mutando en un desarrollo acorde a los requerimientos y necesidades del grupo. Vemos también que muchas veces sucede lo opuesto: los imaginarios simbólicos y los procesos políticos se estancan y pierden su dinamicidad, intentando cercenar o ignorar la contingencia inherente de su proyecto, institucionalidad, contextos o sujetos que lo recrean.

De aquí que los universos simbólicos que nos ofrecen los discursos imperantes servirán como plataforma para la proyección política que posee el lenguaje teológico. Y es por eso que requerimos de la deconstrucción de los discursos para analizarlos y resignificarlos. Deconstruir es el ejercicio de decodificación de aquellas prácticas y discursos que se presentan como dadas, intentando demostrar lo indecible y multifacético inherente a su misma condición ontológica. Esto tira por tierra la supuesta homogeneidad, unicidad y sutura que presenta un discurso o una cosmovisión, llevando al mismo nivel de contingencia la práctica (política) que refleja y promueve. En resumen, tiene que ver con destejer el estatus de verdad que posee cualquier tipo de segmentación social, hegemónica, política o institucional.

Tomemos como ejemplo las teologías de la liberación latinoamericanas. ¿Qué nos viene a la mente cuando hablan del Dios que se dio a conocer a los campesinos de los alrededores de Egipto? ¿Y del Éxodo como acontecimiento teológico, donde Yahvé liberó al pueblo de la opresión del imperio? ¿Qué imaginamos cuando pensamos a Jesús como el Dios encarnado entre los oprimidos del pueblo? A simple vista, sabemos de qué hablamos. Y ciertamente que dicho abordaje posee cierta veracidad indiscutible. Pero deconstruyamos el lenguaje. ¿Acaso palabras como oprimidos, campesinos, imperio, opresores, liberación, no poseen una carga significativa particular, que responde a un contexto histórico concreto y que promociona un proyecto político concreto? Es interesante notar cómo dicha significación termina mimetizándose con el sentido mismo del lenguaje teológico: la liberación comprendida como un proyecto emancipador de parte de los grupos menos favorecidos, la historia como un proceso de conflictividad entre grupos de poder o clases sociales, etc.

Aquí no queremos referirnos al intento de encontrar el universo simbólico más apropiado para construir un lenguaje, en este caso teológico, sino más bien saber qué es lo que se juega, en muchos niveles (discursivos, políticos, sociales, etc.) con el uso de ciertos términos o discursos. Esto es deconstrucción. No decimos que el lenguaje asumido por las teologías de la liberación sea incorrecto; por cierto, han logrado poner en evidencia muchos elementos bíblicos y teológicos antes escondidos por otros esquemas teológicos a través del uso explícito de dicho marco significante. Lo que debemos remarcar es el hecho que estas teologías han optado por un tipo de discursividad que evoca a un tipo particular de proyecto político y cosmovisión histórica. ¿Acaso estos proyectos no son también contingentes y necesarios de revisión? ¿Qué implica ello para el lenguaje teológico in toto?

Esto nos lleva a plantear algunas cuestiones. Primero, que existe una relación intrínseca entre el replanteo discursivo y la proyección política. Es así que creo importante analizar la pertinencia de estos proyectos políticos inherentes a la discursividad en juego, con el propósito también de transformar el tipo de universo simbólico al que responde lo teológico. Pero en segundo lugar, y tal vez creo que es lo más importante, se encuentra el hecho de que por ser discurso, la teología, en tanto lenguaje, requiere ser puesta entre paréntesis; o sea, comprenderla desde la contingencia inherente que posee por ser lenguaje y por los proyectos políticos que promociona. La teología como cualquier otro discurso corre el peligro de fosilizarse en una forma o una propuesta específica, dejando de lado la necesidad de cuestionar y resignificar su lenguaje.

Tengamos cuidado: esto no tiene que ver con una simple “contextualización”, con un cambio de maquillaje del mensaje teológico sino con el hecho de explicitar su inherente porosidad. Es reconocer que no queda exento de determinismos y reduccionismos políticos o discursivos. Estos problemas surgen por la misma comprensión de su objeto principal: Dios. Visto como ese absoluto suprahistórico, corremos el peligro de determinar en el mismo nivel ontológico el lenguaje que utilizamos para describirle, olvidando su necesaria revisión. Lo interesante es ver que esto no sucede solamente por un vicio discursivo sino por la poca movilidad que poseen los proyectos políticos que intentamos promover a través de dichos discursos.

Este es uno de los desafíos que presenta la posmodernidad a la discusión teológica: cómo dejar atrás los vicios modernos de la seguridad en los grandes proyectos y relatos, y reconocer la inherente movilidad y pluralidad que poseen esas realidades hechas carne, cuerpo y acción a través del lenguaje y las prácticas discursivas. La iglesia, en tanto comunidad social, y la teología, en tanto lenguaje, responden a dicha dinámica. 

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 


COMENTARIOS:
 
El Blog de Bernabé © 2017 | Diseño de template creado por Chica Blogger | Volver arriba