El paradigma espacial | Por Abel García

Antes que nada, quiero evitar confusiones innecesarias. Al hablar de espacial no me refiero al universo sideral con sus estrellas, constelaciones, agujeros negros y demás cuerpos celestes, sino al emplazamiento de las cosas sagradas en un punto claramente establecido. Desde esta definición muchas preguntas pueden ser formuladas desde el inicio: ¿Le importa a Dios la localización teniendo en cuenta que es infinito y que Él está por encima de las clasificaciones dimensionales de los seres humanos? ¿Es substancial para Él la variable espacio, esa que según Einstein se comprime cuando el móvil avanza a velocidades que tienden cada vez más a la velocidad de la luz? ¿O quizá le concernió y ya no? ¿O no le interesó, y ahora sí? ¿O sólo fue algo trascendente para nosotros, personas circunscritas a la finitud?

La Palabra inspirada nos dice algunas cosas sobre el sentimiento de los judíos, anhelando la tierra abandonada mientras permanecían cautivos en tierras mesopotámicas. Está el sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de donde era el Salmista (RV60 adaptada libremente):


Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.
Lo mismo sucede con ese otro monumento a la añoranza que es el Salmo 126:

Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sión,
seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza;
entonces dirán entre las naciones:
grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros;
estaremos alegres.
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová;
como los arroyos del Neguev.
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.
Desde muy temprano encontramos ejemplos de la importancia de la localización en la Biblia. Dios plantó un huerto en Edén, donde colocó al hombre que había creado, desde el cual salía un río que se dividía en cuatro brazos (Pisón, Gihón, Hidekel y Eufrates) y en donde se encontraban los árboles de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida -resguardado estrictamente tras la caída- (Gen. 3:24). Es, sin embargo, cientos de años después, cuando el valor de la localización cobra relevancia en el momento que Dios se revela a Abraham diciéndole “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gen. 12:1)- Tras el anuncio, Abraham inicia un largo viaje a través de la media luna fértil desde Ur hasta Canaan. Posteriormente repite la promesa de la descendencia y una tierra a Isaac: “Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre” (Gen. 26:3). Su hijo Jacob (Gen. 28:10-22), vio en sueños la escalera que remontaba hasta el cielo por la que los ángeles subían y bajaban y oyó la voz de Dios que le hizo la misma promesa de la nación y de la posesión de la tierra. Al despertar él exclamó: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que Casa de Dios, y puerta del cielo” (v.17). Es con Moisés, sin embargo, que se acaba la cuenta regresiva y el momento de concretar el pacto con Abraham llegó viniendo, de paso, la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud egipcia.

Sin perder de vista la promesa de la tierra prometida, en el monte Sinaí Moisés recibe la instrucción de hacerle a Dios un santuario “para mí, y habitaré en medio de ellos” (Ex. 25:8) con detalles precisos del diseño de los utensilios, las medidas y los materiales de construcción. Al terminarlo, “una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová cubrió el tabernáculo” (Ex, 40:34). Tan santo era que “el extraño que se acercase morirá” (Num. 1:51), cosa corroborada en el relato bíblico cuando los filisteos roban el arca pero la devuelven poco tiempo después luego de la secuencia de maldiciones contra ellos (1 Sam. 5, 6).

En este punto es necesario hacer un alto. Desde Abraham, pasando por Moisés y llegando al inicio del período monárquico fue el tiempo en el que se forjaron dos elementos de localización: la tierra prometida, y el tabernáculo de reunión, donde moraba la gloria de Dios. Este último era móvil, pero al sedentarizarse el pueblo lo instalaron en Silo, al norte de Jerusalén en territorio de Efraín.

Es cuando David censa al pueblo (1 Cro. 21) que, ante su pecado y la destrucción que trajo el ángel de Jehová, se compra la tierra de Ornán jebuseo (en Jerusalén, específicamente el monte Moriah) y el rey anuncia que “aquí estará la casa de Jehová Dios, y aquí el altar del holocausto para Israel” (1 Cro. 22:1) aunque Dios no le permitió construir aquella morada que él deseaba para la cual inició la recolección de material (1 Cro. 22:2-19), sino que escoge a su hijo Salomón para estos propósitos. Salomón en su oración de consagración del flamante templo afirma que Dios dijo que “desde el día que saqué a mi pueblo de Egipto, ninguna ciudad ha elegido de todas las tribus de Israel para edificar casa donde estuviese mi nombre, ni ha escogido varón que fuese príncipe sobre mi pueblo Israel. Mas a Jerusalén he elegido para que en ella esté mi nombre” (2 Cro. 6:5-6a) enfatizando la importancia de la capital como sede del lugar sagrado recién construido, aunque es conciente que Dios no puede habitar en moradas humanas. Exclama que “Más, ¿es verdad que Dios habitará con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y la tierra no te pueden contener; cuánto menos esta casa que te he edificado?” (2 Cro. 6:18). Ya desde antes –cuando el Rey David instala su ciudad de residencia en uno de los montes jerosolimitanos-, pero más desde este momento, Jerusalén se convierte en el centro de la vida hebrea: en el centro de su mundo. Es este el tercer elemento de localización.

Mircea Eliade[i] analiza esta característica particular de los pueblos antiguos y encuentra una división de los espacios. Existe un espacio sagrado significativo que se comporta como eje de la vida y símbolo de la nación, y otros espacios no consagrados y, por consiguiente, sin estructura ni consistencia. Esto significa que el territorio no es homogéneo sino que hay una clasificación que permite la constitución del mundo, pues desde el espacio sagrado convertido en centro se concibe el eje medular de toda orientación futura. Desde este lugar pivote irrumpe lo sagrado, destacándose un territorio del medio cósmico circundante que es ontológicamente distinto, especial, único, hierático.

Lo interesante es que estamos frente a un encadenamiento de concepciones religiosas y de imágenes cosmológicas que se articulan con facilidad en un sistema cuyas características son las siguientes:

a) El lugar sagrado constituye una ruptura en la homogeneidad del espacio.

b) La ruptura simboliza una abertura gracias a la que se posibilita el tránsito de una región cósmica a otra, esencialmente del cielo a la tierra.

c) La comunicación con el cielo se expresa indiferentemente por cierto número de imágenes relativas en su totalidad al lugar sagrado: pilares, símbolos (como la piedra embadurnada con aceite de Jacob en Gen. 28:22) montañas (por ejemplo, el monte Gerizim o el monte Sinaí), árboles (en el Edén o en las visiones escatológicas juaninas), etc.

d) Alrededor del eje cósmico se extiende el mundo (que más explícitamente es nuestro mundo). Por lo tanto, el eje se encuentra en el medio, en el “ombligo” de la tierra.

¿Qué expresa todo este sistema? ¿Qué es lo implícito? Hay un mismo sentimiento, profundamente religioso: “nuestro mundo” es una tierra santa, porque es el lugar más próximo al cielo, porque desde aquí, desde nuestro país, se lo puede alcanzar. La imagen del mundo para el caso hebreo fue el país entero (Palestina), la ciudad específica (Jerusalén), o el santuario sagrado (el Templo de Jerusalén), los tres elementos de localización que hablé líneas arriba. Si el templo constituye una imagen del mundo, un centro, es porque el mundo es sagrado ya que es creación de Dios. Pero la estructura del templo trae consigo una nueva valoración religiosa: lugar santo por excelencia, casa de Dios, el Templo resantifica continuamente al mundo porque lo representa y al mismo tiempo lo contiene.

Esta es la concepción religiosa vigente de la localización en Palestina en los tiempos en que Jesucristo se encarnó. ¿Pasó algo después?

Al entrar en el Nuevo Testamento la figura parece cambiar. Aunque Jesús es obediente a los preceptos judíos asistiendo a las fiestas, participando de la vida religiosa y peregrinando con frecuencia a Jerusalén, eso no le impidió mostrarnos la esencia de su enseñanza y las implicaciones del acercamiento del reino de los cielos. Jesús dijo que no vino a eliminar la ley sino a darle su verdadero significado (Mt. 5:17). Por ello, hay que tomar con atención lo que dijo al inicio de su discurso escatológico: “¿Ven todo esto? –se refiere al Templo de Jerusalén- De cierto les digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mt. 24:2).

Concentrémonos en esta frase con detenimiento. Sabemos que Jesús está hablando de la toma de Jerusalén por el general Tito en el año 70 d.C. Pero anunciar escatológicamente la destrucción de la capital de la nación del pueblo de Dios y su templo no es poca cosa, sobre todo para la mente de los oyentes. ¡Era la aniquilación del lugar sagrado! ¡Del eje, del centro del mundo! Tan conmoción debió haber tenido esta afirmación en los apóstoles que dice el texto que lo abordaron aparte, discretamente, para preguntarle sobre el tiempo de estas cosas y las señales que las anunciarían.

¿Hay una intención secundaria en este anuncio de Jesús? Sí, la hay. Es la intención de nuestro maestro que en esta nueva etapa de acercamiento del reino de Dios modifiquemos el concepto de la localización que los judíos –y otros pueblos- habían seguido. Las condiciones ahora serán diferentes. El eje, el centro, no desaparecerá, pero ya no sería Jerusalén ni el templo. ¡Seríamos nosotros! ¡Los creyentes! Por ello Pablo afirma que “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?. Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a Él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16-17). Lo vuelve a repetir poco después cuando les dice a los corintios: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Co. 6:19), y lo mismo en la siguiente carta: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo de Dios viviente, como Dio dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, y ello serán mi pueblo” (2 Co. 6:16). Pero no todo queda en lo personal, porque Pablo enfatiza la importancia de la comunidad cuando exhorta que “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:20-22). Lo mismo el apóstol Pedro, cuando dice que “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe. 2:5)

Es un cambio radical de difícil aceptación que parece muy claro, pero en la práctica no fue así. La lógica espacial del Antiguo Testamento se trasladó a la iglesia cristiana, y no ha cambiado hasta el día de hoy. “Para un creyente esta iglesia participa de otro espacio diferente al de la calle donde se encuentra. La puerta que se abre hacia el interior de la iglesia señala una solución de continuidad. El umbral que separa los dos espacios indica al propio tiempo la distancia entre dos modos de ser: profano y religioso. El umbral es a la vez el hito, la frontera, que distingue y opone los dos mundos y el lugar paradójico donde dichos mundos se comunican, donde se puede efectuar el tránsito del mundo profano al mundo sagrado[ii]. Luego de los períodos de persecución, la iglesia rápidamente construyó iglesias, templos, basílicas y grandes catedrales que fungieron de pequeños centros del mundo. Cuando llegó la reforma protestante otra vez, de la misma forma que con la división religioso-laico, no rompimos con esta distorsión que persiste hasta la actualidad, aunque debe reconocerse que hay diferencias con la perspectiva católica. ¿Cómo se traduce esto hoy? Pues, en que es imprescindible que toda iglesia que se precie de serlo tenga un templo, así sea un local comercial, un antiguo cine de películas pornográficas, una vivienda, o un terreno con esteras y techo de cartón. No importa, la iglesia debe tener un templo. De allí la importancia de su construcción, a veces de forma onerosa en algunos lugares que nos llevan a preguntarnos qué tan moral es construir uno cuando quizá la iglesia no esté en la capacidad de hacerlo, poniendo en riesgo inclusive la economía familiar de los miembros.

Sin embargo, ¿Debe ser esto así? Pienso que no. Las iglesias no deben tener necesariamente un templo porque la familia en la fe lo es. Los patrones de localización y sacralización de lugares deben ser rotos en forma definitiva porque las comunidades cristianas no necesitan de un local para que sean reconocidas como tales ya que nosotros, como personas y como colectividad, somos el templo donde Dios se manifiesta. No requerimos un edificio de hermosa arquitectura, excelente iluminación y acústica armoniosa porque “donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí yo estoy” (Mt. 18:20). ¿Comprendemos la magnitud, la grandeza de esta afirmación? Cristo y su comunidad es más, mucho más que el ladrillo y el cemento. ¡La comunidad ES el centro desde donde irradia y esto más lo más grande de todo porque Cristo está presente! No hay palabras, el idioma es insuficiente, mi mente es corta para expresar la riqueza del significado de lo que nos expresa el Maestro. Dado esto, las comunidades que siguen los patrones trinitarios les debe bastar con las casas o los parques u otros lugares públicos para proclamar el mensaje del Señor y vivir intensamente su papel en la misión de Dios porque son ellas la esencia de la iglesia, de la vida, del cristianismo completo.

Notas:

[i] Las ideas de los siguientes tres párrafos se extraen de Eliade, Mircea. “Lo sagrado y lo profano”. Madrid: Ediciones Guadarrama. 1979. Pag. 26-63.[ii] Ibid. Pag. 30.



Sobre el autor:
Abel García García, es peruano. Estudió Ingeniería Económica en la UNI y Misiología en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica.
Es editor de la Revista Integralidad del CEMAA.
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Sitio Web de Abel: Teonomía

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