¿Iglesias adulto-céntricas? | Por Nicolás Panotto

Es interesante constatar cómo los imaginarios sociales atraviesan la vida de las iglesias: las diferenciaciones entre grupos pertenecientes a distintos estratos socio-económicos, la relación varón-mujer, los tipos de modelos de organización institucional, entre otros aspectos que podríamos mencionar. Muchas veces concebimos a las comunidades eclesiales como pequeñas islas a las que no las afecta en su ser y hacer lo que sucede en la sociedad. Lejos de ello, son una expresión inevitable de los avatares, las complejidades, las hermosuras y las problemáticas que representan nuestro medio.

Esto mismo alcanza a la niñez y la adolescencia. Socialmente, dichos grupos etáreos cargan con una serie de estigmas que influyen tanto en su desarrollo como también en la actitud de terceros sobre ellos y ellas. Por ejemplo, la idea evolutiva sobre lo humano que ubica a la niñez y la adolescencia en un estadio de «cuasi-adultez», lo cual se podría traducir como una condición «cuasi-humana». También la relevancia que se le da a la «lógica adulta» por sobre aquellas que representan a los niños, las niñas y los adolescentes: la razón por sobre lo emocional, la distancia individualista por sobre la espontaneidad de lo corporal, la técnica por sobre lo lúdico, etc.

La vida del adulto se representa, entre otras cosas, con la madurez, la frialdad en las decisiones, la superación de las inestabilidades, la siembra de la razón, la efectividad de los resultados. Y es en la rigidez de estos estereotipos donde muchas veces nos perdemos la sorpresa de la espontaneidad, la frescura del roce de los cuerpos y la riqueza de caminos que abre nuestra intrínseca libertad. En otros términos, nos olvidamos de la condición lúdica que caracteriza la vida humana y social. Es esta condición la que nos impide «ir más allá» y abrir horizontes. Necesitamos ser como niños y niñas que juegan. Como dice Rubem Alves, «En el juego, el hombre encuentra significado, y por tanto diversión, precisamente en el hecho de suspender las reglas del juego de la realidad, que le convierten en un ser serio y en tensión constante. La realidad nos pone enfermos. Produce úlceras y depresiones nerviosas. El juego, sin embargo, crea un orden salido de la imaginación y por tanto producto de la libertad».1

Por todo esto, la niñez es un desafío para el ser de las iglesias. Me podrán decir: «Pero, ¿si casi todas las iglesias poseen programas de trabajo entre niños, niñas y adolescentes?». Eso es verdad, sin embargo, trabajar con la niñez y la adolescencia no implica «hacer programas». Precisamente, muchas veces dichas actividades pueden transformarse en mecanismos para alejar a los niños, las niñas y los adolescentes de los supuestos «espacios centrales» de la vida de la iglesia: desde la toma de decisiones hasta un protagonismo activo en las áreas más «importantes».

¿Qué roles cumplen nuestros niños, niñas y adolescentes en las iglesias? ¿Su presencia pasa por una actividad en el fondo del templo o tienen un lugar protagónico en nuestras liturgias? ¿Nos preguntamos si las actividades que realizamos tratan temas o dinámicas pertinentes a sus necesidades actuales, o queremos continuar con «lo que siempre se hace» para mantenernos alejados de las complejidades de la realidad? ¿Por qué no pensar en dejar nuestra lógica adulta, organizada e institucionalizada de ser iglesias, para adentrarnos a dinámicas inclusivas, lúdicas y dinámicas donde los niños y niñas se sientan parte, y nosotros aprendamos con ellos?

Tomar en serio la niñez es dejar de ver a los niños y las niñas como un «estadio incompleto» de la vida humana, es dejar de crear espacios de contención y entretenimiento mientras los adultos nos encargamos de «las cosas serias». Los niños y las niñas nos presentan una lógica de vida cuya importancia reside en sí misma, no en comparación con la nuestra como adultos.

Asumir la riqueza de lo lúdico en la vida implica comprender que las estructuras institucionalizadas pueden ser cambiadas, que los seres humanos no son valiosos por poseer un lugar sino por las infinitas posibilidades de moverse y de crear cosas nuevas. También involucra el aprendizaje de ver a Dios, no desde reglas y preconceptos fijos sino desde su movimiento constante en nuestra vida cotidiana. Como dice Edesio Sánchez Cetina, «Lo peculiar del juego es la creación de un momento en el que lo que cuenta es el sujeto del juego, no las reglas. Estas se cambiarán en el próximo juego. Por ello, la teología que surge en este contexto no puede sistematizarse. Lo único seguro en el juego es lo novedoso, lo sorpresivo, la libertad que se vive. Y ese momento del juego, aunque parezca efímero, por ser “evangelio” se convierte en eternidad».2

Hacer un quiebre con el adulto-centrismo de las iglesias implica alejarnos de una lógica que se ha naturalizado en nuestras sociedades, que responde al etnocentrismo y a la tecnificación y la racionalización típicas del capitalismo occidental, el cual deposita en el «hombre adulto» toda capacidad para «cambiar el mundo», para crear el camino del «progreso», para no dejar espacio al imprevisto. Es precisamente esta misma lógica la que ha creado mecanismos de segregación, opresión y pobreza, afectando mayoritariamente a grandes masas de niños, niñas y adolescentes, como grupos marginados y vulnerables.

Por lo tanto, si no cambiamos nuestra lógica de vida y nuestra manera de ser iglesia, todos nuestros programas de trabajo pueden terminar siendo sólo paliativos frente a un contexto que nos abruma en su violencia. Necesitamos ir a fondo. Todo emprendimiento de trabajo con la niñez y la adolescencia implica, de parte de los adultos, un acto de humildad y de cambio de posición, dejando de lado las tarimas del poder y del supuesto conocimiento para arriesgarse a cuestionar los espacios de seguridad y repensar las rigideces institucionalizadas. Es en la incuestionabilidad adulta de lo establecido donde encontramos la violencia marginalizante que oprime a nuestros niños y niñas.

Recordemos la acción de Jesús en Marcos 9.36: «Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos…». Este niño representa —en su cuerpo, mirada, pensamiento, sentimientos— la imagen misma del Reino. Un pequeño, que en su presencia tira por tierra las elucubraciones teológicas de los adultos discípulos que, en su afán de buscar constantes explicaciones, no observaban, no sentían, no participaban de las acciones del Maestro, así como aquellos niños que, sin importarles qué dijeran los demás, se tomaban del brazo de Jesús para escucharlo y sentirlo.

Seamos como niños: ése es el desafío. Como dijo Ernesto Sábato, recientemente fallecido: «Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, cuenta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez y de los hombres que llamamos primitivos, y por eso provocan la risa de los estúpidos» (La resistencia).

Notas:

1 Rubem Alves, Hijos del mañana, Sígueme, Salamanca, 1976, p. 112.
2 Edesio Sánchez Cetina, «Para un mundo mejor… El niño es el mejor protagonista» en Seamos como niños, FTL, Ediciones Kairós, Buenos Aires, 2007, p. 80.

Artículo publicado en Revista Kairós, Año 11, Nro. 27, Jul. 2011, pp.12-15

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Licenciado en Teología por el Instituto Universitario ISEDET, Buenos Aires. Actualmente realiza su Maestría en Antropología Social en la FLACSO Argentina. Nicolás es Miembro del Núcleo de la FTL en Buenos Aires
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 

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