El cooperativismo como espacio de identidad política: una mirada teológica | Por Nicolás Panotto

Al hablar de cooperativismo, nos referimos a un movimiento que tiene una larga historia y que encierra en sí un sinnúmero de elementos. Desde una mirada más particular, nos podríamos retrotraer a los movimientos entre las clases obreras inglesas a fines del siglo XIX, donde nacen las primeras cooperativas de consumo como un intento de organización frente a los abusos sufridos por las lógicas mecanicistas de la economía capitalista vigente. Actualmente existe la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), una organización que nuclea diversos esfuerzos y promueve el cooperativismo como una alternativa de economía social.

Desde una perspectiva más amplia, podemos ver este movimiento no sólo como un modelo alternativo de economía social sino también como una propuesta de construcción ciudadana y de cosmovisión política. Esto lo vemos en los mismos principios que sustentan el movimiento -“ayuda mutua, responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad”- que reflejan el intento por reconstruir un sentido comunitario, a través de mecanismos de identificación con una nueva forma de ser y hacer frente a las prácticas económicas y políticas vigentes.
Hay tres elementos centrales que caracterizan los movimientos cooperativos: el lugar del trabajador como sujeto activo, la reconstrucción de las relaciones laborales en un marco democrático y la definición de un espacio de acción “micro” (a comparación del tipo macroeconómico capitalista), que acerca (o reintegra) el sentido de lo cooperativo a la cotidianeidad de sus miembros y que implica, a su vez, la construcción de una red con otros esfuerzos cooperativos, con la intención de satisfacer diversas demandas.

Estos elementos nos muestran cómo el cooperativismo es también una alternativa de construcción política, un espacio de representación y de subjetivación a partir de un contexto de participación conjunta donde todos y todas tienen voz, fundamentado en (o como reflejo de) las ideas de justicia e igualdad. De esta manera, “lo político” en tanto práctica se redefine, de una comprensión jerárquica, institucionalizada y diferencial a una participativa, comunitaria y plural. Más aún, lo político “vuelve a la mesa” frente a la apatía y la desilusión hacia las instituciones tradicionales.

Resumiendo, desde una perspectiva política, podemos identificar los siguientes elementos en el cooperativismo. En primer lugar, la apertura de un espacio de tensión y cuestionamiento frente a estructuras y prácticas institucionalizadas y masificadas, que subsumen los cuerpos y acallan las voces. En segundo lugar, la primacía del sujeto en tanto protagonista de su historia, por sobre cualquier marco institucional o ideológico. Tercero, la creación de un espacio plural que representa, por un lado, el mismo proyecto cooperativo (a través de su constitución democrática) y, por otro, la relación entre los distintos esfuerzos de cooperación, como una manera de crear una red donde se dialoga, se comparte y se socializa.

Desde una mirada teológica, y sin hacer una lectura forzada, podemos encontrar en los textos bíblicos ejemplos de prácticas cooperativas en el sentido hasta aquí analizado. Israel es llamado a ser un pueblo cuyas relaciones económicas y socio-culturales debían ser regidas en un marco de participación, equidad y justicia. Tales prácticas se diferenciaban tanto de las costumbres de los imperios circundantes como del modelo monárquico, con el cual entraban en tensión. Los textos proféticos reflejan claramente dicha tensión, entre las fuerzas políticas, religiosas y económicas que presumen un monopolio, y prácticas alternativas que llaman a volver a una configuración justa de la economía y del lugar de las minorías excluidas. Estas prácticas se proyectan hasta las primeras comunidades cristianas como espacios de construcción política que cuestionan las lógicas imperiales monopólicas (Hch. 2.41-47, 4.32-35).

Un pasaje ejemplar en este sentido es Levítico 25, texto que trata las leyes del Jubileo en contraposición a las premisas del modelo monárquico de Israel (1). El «año del Jubileo» remite a la práctica de hacer descansar la tierra luego de seis años de trabajarla (vv.1-7), y se fundamenta en amplias normas comunitarias: la tierra debe servir al abastecimiento de las necesidades básicas de la comunidad (v.7), no puede ser utilizada como medio de transacción y de acumulación (vv.23-28), tampoco debe utilizarse para explotar a los más pobres (vv.16-17) sino estar al servicio —sin restricciones e intereses agregados— de los más necesitados y de los extranjeros (vv. 35-38). Es un año donde se reconoce la libertad de todos los habitantes (v.10), como declaración dignificante del lugar de cada persona en tanto sujeto que decide, y no de sumisión a estructuras o prácticas monopólicas. Todo esto se funda en un “sentido básico”: la tierra es de Dios, por lo cual ella, sus frutos y las mismas personas no pueden ser monopolizadas.

En otras palabras, las leyes del jubileo, más que “leyes” en el sentido de algo rígido, son una memoria (v.38) que cuestiona todo aquello que intenta establecerse como práctica expropiadora e injusta, y que coopta la libertad de la comunidad y de sus individuos. Esto mismo muestra quién es Dios: es el Dios cuya prioridad es crear un espacio de movimiento y no de cercenamiento en estructuras o prácticas opresoras; un lugar de construcción de sentido constante donde todos y todas tienen voz y deciden; una comprensión de la identidad siempre abierta a movimientos constantes. La creación de este espacio cuestionante y liberador es, precisamente, la enunciación de una forma de ser, de una identidad; o sea, de una política. Más aún, es una manera de entender a Dios mismo. Estas mismas prácticas significan la creación de una identidad teológica que se caracteriza por un constante movimiento que se opone a todo marco –económico, político, social y religioso- cuyo costo sea la sumisión de los cuerpos, las acciones, las mentes y los afectos.

Desde esta mirada teológica, podemos ver al cooperativismo como un movimiento cuya lógica implica el cuestionamiento de los fundamentos cercenantes de la impronta neoliberal en el capitalismo vigente (y también de ciertas corrientes progresistas), que encierran la acción humana en unas pocas leyes preestablecidas. Es un movimiento que abre un espacio a prácticas democráticas donde la identidad se crea en una heterogeneidad siempre abierta a las voces que la componen. Refleja, en palabras de Franz Hinkelammert, la tensión entre la ley (del mercado, de la ideología, de las estructuras políticas y religiosas) y el sujeto (la comunidad cooperante) (2). En la misma línea, Jung Mo Sung habla del reino de Dios como aquel horizonte utópico que abre la historia a un devenir constante, en donde los mismos sujetos adquieren tal condición frente a su posibilidad intrínseca de ir más allá de cualquier tipo de determinación legal, sea ideológica, religiosa, económica o política, de izquierda o de derecha. De aquí que el sujeto no es una sustancia sino una “‘ausencia que grita’, una potencialidad o un conjunto de potencialidades que posibilitan al ser humano oponerse y resistir a la reducción pretendida por el sistema social dominante” (3).

Los textos bíblicos nos muestran, entonces, un Dios que se opone a los intentos monopólicos de los poderes económicos, religiosos, políticos y culturales, promoviendo la creación de un espacio de inclusión, participación y libertad. Estas características representan la identidad del pueblo. Pero no cualquier identidad: es ciertamente una identidad teológica. Y es la apertura -si me permiten decirlo así- de este tipo de "espacio cooperativo" que refleja una noción radical de lo democrático: no una instancia legal dominada por una serie de prerrogativas sino un contexto plural de participación, donde todos pueden crear su historia en un marco de libertad, equidad, participación y justicia.

Notas
(1) Ver Nicolás Panotto, “Entre la (i)lógica del mercado y las leyes del jubileo” en Revista Kairós, Nro.21, Fundación Kairós, Buenos Aires, 2008, pp.20-21.
(2) Ver Franz Hinkelammert, El grito del sujeto, DEI, San José, 1998
(3) Jung Mo Sung, Sujeto y sociedades complejas, DEI, San José, 2005, p.68

Texto publicado en la revista Vida Abundante, Mayo/Junio 2011, Año 116, Nº3, pp.13-14

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Licenciado en Teología por el Instituto Universitario ISEDET, Buenos Aires. Actualmente realiza su Maestría en Antropología Social en la FLACSO Argentina. Nicolás es Miembro del Núcleo de la FTL en Buenos Aires
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 
 
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