La Espiritualidad para hoy | Por Víctor Rey

“Ser lo que se es. Hablar lo que se cree. Creer lo que se predica. Vivir lo que se proclama. Hasta las últimas consecuencias y en las circunstancias diarias” - Pedro Casaldáliga
Imagen: Pixabay
Cuando hablamos de espiritualidad estamos hablando de la búsqueda de la relación del ser humano con el ser supremo.

Para nosotros los cristianos este ser supremo es Cristo Jesús. Por lo tanto nuestra relación se da con Cristo que lo entendemos a partir de la perspectiva de nuestra fe que se fundamenta en la Palabra de Dios. Es un Dios viviente, activo en la historia y que está en medio nuestro.

Por lo tanto debemos reconocer que nuestra espiritualidad, es decir nuestra relación con Dios no siempre se hace dentro del marco correcto y que está viciado por nuestra propia vida y en nuestra relación con la Iglesia y el mundo. Esto muchas veces resulta en una falsa espiritualidad, ya que a veces se confunde espiritualidad con emocionalismo.

Para otros la espiritualidad es identificable con la proyección de sus pensamientos y sentimientos, a los cuales se reviste de un carácter sagrado.

Para otros la espiritualidad es un escapismo, es una especie de refugio donde guarecerse de las batallas de la vida, donde encontrarse mentalmente seguro en un mundo marcado por la inseguridad, la incertidumbre y el miedo.

Por lo tanto, esa espiritualidad con sentido de refugio, con sentido de ghetto, proyectada en el más allá, que no es coherente ni capaz de vivir en el más acá, es de mi perspectiva, una falsa espiritualidad.

Limitándonos a la acción y misión del Espíritu Santo hoy debemos decir que la penetración del Espíritu Santo en la historia y más específicamente en la Iglesia naciente, vino a ser como el gran comienzo del Reino de Dios entre nosotros. El Espíritu Santo que siempre estuvo presente - lo encontramos en toda la teología del Antiguo Testamento- se hace presente en una forma especial, con un dinamismo especial, a partir del acontecimiento histórico de Pentecostés.

Lo que Cristo había enseñado con su vida, hechos y palabras acerca del Reino, ahora la Iglesia debía practicarlo, vivirlo y esto solo le sería posible con el auxilio del Espíritu Santo.

El elemento que nos hace dar el salto cualitativo hacia el Reino de Dios es justamente el poder del Espíritu. Es el poder del Espíritu Santo el que nos permite poner dentro del marco de lo posible todo aquello que humanamente es imposible. Es atreverse a soñar, sabiendo que nuestros sueños pueden ser realidad por el poder del Espíritu Santo. Y eso es Buena Nuevas para hoy.

El Espíritu Santo esta en el mismo origen de la misión cristiana. El Espíritu Santo es el que nos da la fuerza para cumplir la misión y es el que nos garantiza el resultado de nuestra misión.

De nada vale que tomemos conciencia de cual es nuestra tarea misionera si no tenemos el poder para hacerla. Lamentablemente muchas de nuestras iglesias, muchas veces no llegan a ser más que "clubes de buena voluntad", y esto es debido a que no tienen el poder para hacer que esa buena voluntad sea efectiva. El libro de Hechos de los Apóstoles nos dice en 1:8 "...recibiréis poder cuando haya venido el Espíritu Santo entre vosotros". El Espíritu Santo ya vino. No es entonces con astucia o con fuerza humana, sino que es reconociendo el poder de Dios es que se realiza la misión. Un poder que se manifiesta en todos los ordenes de la vida.

Dios permita que en nuestra vivencia de fe, en nuestra espiritualidad, podamos poner nuestras fuerzas y nuestras capacidades de tal manera en las manos de Dios, que en una entrega sacrificial por su Reino seamos útiles a su causa, pero sabiendo en última instancia que nada podemos hacer si no es con el poder de Dios, el poder del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el que nos ayuda para que nuestra espiritualidad sea una espiritualidad comprometida. Es la única manera de que una espiritualidad pueda ser llamada cristiana.


Sobre el autor:
Víctor Rey es chileno. Director del Servicio de Estudios de la Realidad (SER). Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.




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